Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

Prólogo de Siberia, la nueva novela de Juan Soto Ivars

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Conocí a Juan Soto Ivars en un ciclo de conferencias sobre Knut Hamsun organizadas por la Universidad Católica de Lovaina. En aquella época yo vivía en Berlín y estaba enfrascado en la redacción de Pitcairn, mi primera novela. Él vivía en Madrid y se peleaba con una extensa narración coral sobre Tánger, la ciudad en la que pasó su adolescencia. Yo acudía a las conferencias como excusa para visitar a un amigo de un amigo, que esperaba que me concediera un beca en la universidad. Juan, sin embargo, mostró ser un auténtico conocedor de la obra del noruego, y sus ingeniosas intervenciones en las conferencias y mesas redondas le granjearon la simpatía de varios profesores y conferenciantes, cosa que luego descubrí habitual en él. Volví a Berlín sin beca pero con lo que ya era una fuerte amistad.

Pasamos los siguientes meses carteándonos semanalmente, y a mi regreso a Madrid, Juan y yo acordamos buscar un piso juntos. En aquel apartamento de la calle Fidias terminamos sendas novelas, conocimos innumerables bares de la capital y duramos un año, tras el cual yo me fui a vivir con una chica a Barcelona (no una chica cualquiera: ahora es mi mujer) a la vez que su relación con una novia se rompía y se quedaba, por primera vez en años, soltero. Los próximos meses los pasé en relativo aislamiento, y poco supe de Juan. Su hermano, un prometedor guitarrista flamenco, se había puesto gravemente enfermo. Regresé a Madrid e intenté llamarle, pero, cosa también habitual en él, había desaparecido sin dejar rastro. Pasaron más meses y oí unas pocas noticias: su hermano estaba ya sano, seguía soltero, estaba bien.

Un día me llamó. Iba a mudarse a Barcelona. Volvimos a quedar y a conocer bares, pero hablamos poco del par de años que habíamos pasado sin vernos. Sólo me confió en una noche de borrachera que había escrito en ese tiempo una novela titulada Siberia. En subsiguientes días, traté de que me enviara el manuscrito, pero se negó. Tras mucho insistir, me convencí de que sólo me la mandaría cuando se dieran una serie de circunstancias misteriosas para todos salvo para Juan. Conocimos más bares.

Cualquiera que haya tenido la mala fortuna de vivir una noche de San Juan en Barcelona sabe que lo mejor que se puede hacer es tomar el mismo camino que yo: pasarla en una masía de Gerona, solo y leyendo los Sinónimos de San Isidoro de Sevilla. A la vuelta, me encontré con un voluminoso sobre en el correo: se trataba del manuscrito de Siberia. Le acompañaba una breve nota: “Como odias la novela autobiográfica, piensa que esto lo ha escrito otro”. Es cierto que Juan y yo siempre discutíamos acerca de Hambre, la novela autobiográfica de Hamsun que él considera una obra maestra y que yo no tengo en muy alta estima. Pero ambos habíamos pasado horas charlando acerca de las Confesiones del santo Agustín y algunas otras excepciones al general hastío que me produce la autobiografía.

Me senté en el sofá de mi casa del Tibidabo y leí Siberia en una tarde. Es un libro escrito con las entrañas, brillante porque al contrario que la mayoría de textos más o menos autobiográficos, escritos para quedar bien o mal con el lector, éste lo ignora despiadadamente. Es puro exorcismo, un duro texto en el que nada parece impostado a pesar de que sí hay en él mucho de ficción. Ya no tengo la sensación de haber pasado dos años prácticamente sin hablar con Juan. Como tras leer En Busca del Tiempo Perdido uno vive bajo la ilusión de haber conocido a Marcel, Siberia dejará al lector con la certeza de que se ha cruzado una persona física en su vida.

Creo que este prólogo es la única forma de explicar Siberia, dejando entrever que es un texto escrito en un momento oscuro de la existencia y brutalmente honesto a pesar del qué dirán. He sido testigo de cómo un editor tras otro ha rechazado la novela, no por consideraciones literarias sino por la incomodidad que ciertos pasajes puedan producir en lectores medrosos. Juan se ha negado a tocar un coma por esa razón y ha esperado a que un editor valiente publicara Siberia sin trampa ni cartón.

No hace falta explicar más. Está el lector ante una novela como un combate de boxeo: a algunos les fascinará y a otros les repulsará. Considérense afortunados quienes, como yo, pertenecen al primer grupo.

Éste es el prólogo que escribí – y que aparecerá – en Siberia, la nueva novela de Juan Soto Ivars (Ed. El Olivo Azul).

Por senderos que la maleza oculta de Knut Hamsun, en Libertad Digital

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Después de una guerra siempre hay procesos de represión contra los defensores del anterior régimen. No fue distinto tras la Segunda Guerra Mundial, cuando, junto con Nazis, miembros de la Gestapo y colaboracionistas responsables de la muerte de adversarios e inocentes, se produjo la persecución de varios intelectuales que simpatizaron con Alemania durante la contienda.

Maurice Pujo fue condenado a cinco años de cárcel. Charles Maurras, que casi tenía 80 años, a cadena perpétua y a la expulsión de la Academia Francesa (los académicos tuvieron la decencia de no nombrar un sucesor hasta su muerte, que se produjo ocho años después). Céline tuvo que marchar al exilio en Dinamarca hasta que se benefició de una amnistía. A Jünger le prohibieron publicar durante cuatro años, y a Heidegger enseñar durante seis. A Ezra Pound lo encerraron durante trece años. La lista es larga y bochornosa.

Uno de los casos más sonados fue el de Knut Hamsun, Premio Nobel de literatura y uno de los novelistas más brillantes del siglo pasado. Imbuído del espíritu neoromántico que se plasmaría en el Blut und Boden y un filogermanismo que le acompañó desde su juventud, Hamsun vio con buenos ojos el aumento de poder de la Alemania hitleriana. En 1943, consiguió una audiencia con Hitler después de regalarle su Premio Nobel a Göbbels. Cuentan las crónicas que Hamsun se pasó la audiencia reclamando la liberación de ciudadanos noruegos, y que el Führer alemán tardó tres días en reponerse de la cólera que le produjo aquel noruego que parecía ignorarle por completo (Hamsun era sordo).

Hamsun siguió firme en su filogermanismo, e incluso tras la muerte de Hitler, escribió un panegírico en su favor. Los aliados ganaron la guerra y el escritor vio cómo pasaba de héroe nacional a apestado: la turba quemó sus libros en la calle y fue arrestado a los 86 años. Pasó tres años entre un manicomio y un centro de ancianos hasta que por fin un juez dictó sentencia. Ésta se quedó en una multa, y oficialmente se consideró al anciano demente.

Por senderos que la maleza oculta es el texto que escribió Hamsun durante sus tres años de cautiverio. Queda claro tras leerlo que el noruego estaba en plenas facultades literarias y mentales. Refleja el deterioro de un hombre viejo pero sano, quien, tras soportar exámenes y hasta manipulaciones a manos de los psiquiatras, acaba hundido.

Mezcla de autobiografía, relato enmarcados y protesta contra su situación, el libro refleja el lento pasar del tiempo en el cautiverio del anciano. Habla de Silvio Pellico, quien durante su encarcelamiento adoptó a un ratón:

“Yo escribo sobre algo parecido, por temor a lo que pudiera sucederme si escribiera sobre otra cosa.”

Con este estilo lleno de silencios, de realidades que se esconden bajo la superficie, Hamsun nos narra episodios como el de un juez que le pregunta si le parece que el alemán es un pueblo culto. El noruego no contesta. Similarmente arbitrario será el resto del proceso, con sus inexplicables cancelaciones y recovecos. Cuando la justicia se pone al servicio del poder y juzga a sus ciudadanos por motivos políticos, surge el esperpento. Mientras, Hamsun se hunde en la depresión:

“También mi padre tuvo una vez un hijo prometedor.”

Recuerda algunos momentos de su vida, habla con alguna gente, se justifica diciendo que pensó estar haciendo lo mejor para Noruega con sus artículos. Pasada la histeria de los primeros momentos del proceso, es evidente que el gobierno noruego quiere acabar con el problema y tras tres años dicta la cómoda sentencia que condena a Hamsun a pagar una multa por ser un loco. ¿En qué país deben pagar los enajenados por serlo? La guerra lo justifica todo.

Como señalaron en su día Thomas Mann, Isaac Bashevis Singer o Ernest Hemingway, la prosa de Hamsun es indispensable. Tenemos los lectores en castellano la inmensa suerte de que se encarguen de las traducciones del noruego Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo, cuyo trabajo es siempre impecable. Por senderos que la maleza oculta no es una novela como Pan, La bendición de la tierra o la Trilogía del vagabundo, obras maestras de Hamsun, sino un texto heterodoxo que mantiene muchas de las esencias de esos escritos.

Si bien conserva su capacidad para crear una atmósfera, para observar y para plasmar esas sensaciones que acompañan a todos los hombres en todos los lugares del mundo; en este caso Hamsun lucha por aferrarse a las pequeñas disciplinas diarias que acompañan a sus personajes. A pesar de que se adivine su desánimo, el autor confía siempre en que su “prudencia campesina” lo ayudará a salir adelante, y hace sinceros esfuerzos por no caer en la autocompasión. Aunque asistir a esta lucha resulte a menudo desgarrador, leer al genio noruego es obligación del aficionado a la buena literatura.

Atención: su lenguaje ha sido desinfectado – Letras Libres

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Lo reconozco: estudio filología. Uno de los temas que más me ha interesado en estos años ha sido el de los sinónimos; y es que cuando tienes un nexo afectivo con una lengua, aprendes que el sinónimo exacto no existe. Esta sencilla reflexión nos dice mucho acerca del lenguaje, principalmente, que tenemos con los idiomas una relación íntima a la vez que los utilizamos para comunicarnos en sociedad. Expresa nuestras vivencias, actitudes, intenciones, educación y hasta estado de ánimo. Casi todo lo mostramos por cómo nos expresamos.

El 30 de enero pasado, recibí de mi universidad, la UNED, el siguiente correo electrónico:

“Estimadas compañeras y estimados compañeros,

La Oficina de Igualdad pone a vuestra disposición La Guía de Lenguaje no Sexista [http://portal.uned.es/pls/portal/docs/PAGE/UNED_MAIN/LAUNIVERSIDAD/VICERRECTORADOS/GERENCIA/OFICINA_IGUALDAD/GUIA_LENGUAJE.PDF].
Para más información consultar nuestra página Web: www.UNED.es/oficinadeigualdad

Recibid un cordial saludo.”

Que un sindicato me hiciera llegar este correo me parecería normal (es una de las muchas razones por las que no estoy afiliado a uno), pero que lo hiciera la segunda universidad más grande de Europa me preocupaba. Comencé a redactar respuestas, aclarando que los encabezamientos de las cartas en español van seguidos de dos puntos (:), y no de una coma (,); o que el imperativo que pretendía utilizar no debía ser “consultar” sino “consultad”. Quizá debía centrarme sólo en las múltiples contradicciones de la guía. Al final, por falta de tiempo, me contenté con enviar una serie de clarificaciones de la RAE que debían ayudar al redactor del vademécum a comprender la diferencia entre género gramatical y biológico, entre otros valiosos conocimientos.

En los últimos años, han proliferado las guías de lenguaje no sexista, elaboradas por gobiernos locales, sindicatos y otras fuerzas del progreso. Contienen recomendaciones como la de cambiar el sustantivo colectivo por otras fórmulas que van desde el esperpéntico “Estimadas compañeras y estimados compañeros” de la UNED hasta el no menos aberrante “Compañero@s”. Una de mis favoritas, elaboradas por el gobierno socialista de Andalucía, recomendaba en un informe de 71 páginas de lenguaje “ecofeminista” a cambiar la palabra ‘futbolista’, considerada machista, por el término “quienes juegan al fútbol”.

Hace unos días, la RAE por fin se pronunció contra los muchos engendros gramaticales plasmados en estas guías. Las críticas a éstas se pueden enfocar desde tres puntos de vista. El primero es puramente gramatical: los autores de las mismas confunden constantemente el género gramatical y el sexo e ignoran el principio de economía en el lenguaje, entre otras cosas. El segundo es práctico. El informe citaba la constitución de Venezuela como ejemplo:

“Sólo los venezolanos y venezolanas por nacimiento y sin otra nacionalidad podrán ejercer los cargos de Presidente o Presidenta de la República, Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Presidente o Presidenta y Vicepresidentes o Vicepresidentas de la Asamblea Nacional, magistrados o magistradas del Tribunal Supremo de Justicia, Presidente o Presidenta del Consejo Nacional Electoral, Procurador o Procuradora General de la República, Contralor o Contralora General de la República, Fiscal General de la República, Defensor o Defensora del Pueblo, Ministros o Ministras de los despachos relacionados con la seguridad de la Nación, finanzas, energía y minas, educación; Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de los Estados y Municipios fronterizos y de aquellos contemplados en la Ley Orgánica de la Fuerza Armada Nacional.”

Si el lenguaje sirve para comunicarse, no parece ser éste el camino. El tercer punto de vista es que los intentos que han existido a lo largo de la historia por dictar una forma de hablar desde el poder o desde una institución han fracasado. Producen risa las gramáticas normativas británicas del siglo XVIII, cuando bajo los embrujos de la Ilustración algunos lingüistas pensaron que sus guías de lenguaje podían dotar de unas reglas consistentes al inglés. Cualquiera que haya intentado estudiar o enseñar este idioma podrá corroborar el fracaso de estos valientes.

Lo que hacen las Academias, de forma más o menos acertada, es recoger el habla de su momento e intentar poner claridad en ella, lo cual es radicalmente distinto a lo que tratan de hacer estas guías de lenguaje no sexista. Las Academias intentan plasmar un cambio en el idioma, incluso preservar una forma que consideran correcta, pero no pretenden hacer progresar nuestra manera de hablar. Las pequeñas modificaciones de la gramática de la RAE producen unas controversias fuertes y a menudo justificadas. ¿Qué polémicas no va a suscitar un texto que ni siquiera ha sido redactado por filólogos? ¿Se imaginan una normativa hospitalaria redactada por historiadores del arte?

Las reacciones al comunicado de la RAE han sido variopintas. Incluso los partidos políticos – cómo no – se han pronunciado, generalmente criticando la postura de los académicos. Que los partidos políticos apoyen o rechacen lo que diga la RAE es tan inconsecuente como si sacan un texto contra la teoría de la relatividad. La lingüística tiene unas reglas – tendencias, si prefieren – que no puede alterar un manual. A pesar de que los políticos de todos los partidos en España llevan años abriendo sus mítines con un cacofónico “compañeros y compañeras”, aún no he visto que la fórmula se utilice en la calle (salvo cuando un indignado se hace con un megáfono y pretende emular a los políticos a quienes critica).

Las guías de lenguaje no sexista convierten a nuestro pobre idioma en herramienta ideológica, en lugar de una expresión que se puede estudiar incluso para diagnosticar una actitud social problemática como es el machismo. Tratar de modificar el lenguaje en lugar de la actitud es como querer cortarle la cabeza a un enfermo de migraña.

El puño invisible de Carlos Granés, en Libertad Digital

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Paseando por París hace unas semanas, vi en una galería de la rive gauche una pequeña escultura de un superhéroe crucificado. Diseñada para escandalizar, tuvo en mí otra reacción muy diferente: tratar de recordar todas las variaciones de la crucifixión que me había ido encontrando en obras pretendidamente artísticas a lo largo de mi vida.

Cantantes de pop en la Cruz, televisores en forma de cruz, cruces con signos del dólar, osos de peluche crucificados… Innovar resultaría laborioso en el mundo del artista contemporáneo y blasfemo. Menos mal que no se trata de ser original, sino de “remover conciencias” y transmitir una imagen benévola de cualquier minoría más o menos pintoresca.

Este proceso, el que media entre hacer un arte acerca de lo inefable y otro con “mensaje” (Billy Wilder les mandaría a la oficina de correos), es el que examina Carlos Granés en El puño invisible.

Nace el nuevo arte como hijo del materialismo, como concepto filosófico y político. Si no hay nada impreciso porque todo se explica mediante las ciencias, tampoco puede haber un arte que hable de lo inconmensurable. Y si la finalidad hacia la que apuntan todas las ciencias es la de hacer la revolución, el arte deberá ponerse también a su servicio. Las vanguardias, pues, beben de las utopías e -ismos (anticlericalismo, comunismo, anarquismo, republicanismo…) hasta el punto de adoptar la misma nomenclatura: surrealismo, letrismo, situacionismo.

Pero la revolución fracasa, y tras la Segunda Guerra Mundial el mundo del arte vanguardista parece pasar a formar parte de lo más marginal de la sociedad: Granés nos explica los vínculos filosóficos o reales entre ciertas escuelas artísticas y los grupos terroristas de extrema izquierda de los sesenta y setenta: Baader Meinhof, Panteras Negras, Weathermen… Estas doctrinas alternativas no consiguen desestabilizar a la sociedad, sino que el mundo capitalista y liberal las absorbe y las convierte en parte del mainstream: Daniel Cohn Bendit se hace europarlamentario; Angélica Liddell recibe 50.000€ de manos de Pedro J. Ramírez por sus histéricas invectivas contra el capitalismo; la organización de los JJOO de Londres elige a un joven de estética punk para promocionar a la ciudad. Rebelarse vende, y el alternativo pasa de ser un apestado a convertirse en un Damien Hirst, una Naomi Klein, un Stéphane Hessel: un multimillonario.

La contracultura ha encontrado su refugio natural en la universidad, donde una pléyade de departamentos de estudios feministas, negros, homosexuales y transgéneros han tenido efectos perniciosos descansando en dos falacias. Primero, que la identidad sea cuestión de la melanina y las hormonas. Para homogeneizar la experiencia de las llamadas minorías, hay que crear víctimas, y los académicos se ponen manos a la obra fabricando un discurso del perseguidor y el perseguido. Segundo, que el arte tiene que mostrar una imagen positiva de un colectivo. Paradójicamente, este tipo de estudios han encontrado una gran fuente de financiación desde el poder, interesado siempre en volcar el apoyo de un colectivo hacia sí mismo.

Del maridaje entre arte contestatario y universidad ha surgido una pantalla que protege y enriquece al incapaz:

“El sentido común advertiría que aquello era simple y mera trampa pero, para suerte de los artistas sin talento. la década de los setenta dejó un lodazal de teorías y conceptos con los cuales legitimar cualquier cosa. (…) La obra está deconstruyendo los estereotipos culturales norteamericanos, por ejemplo. O: es una crítica al concepto de autoría. O: muestra la lógica del simulacro.”

La jerga incomprensible es el único método de presentar ideas incomprensibles. Hubo un premio, tristemente extinto, que se otorgaba a la frase peor escrita por un académico, y que recaía inevitablemente en dignos herederos de Derrida. Valga como ejemplo esta intraducible frase de Judith Butler, profesora feminista y queer:

“The move from a structuralist account in which capital is understood to structure social relations in relatively homologous ways to a view of hegemony in which power relations are subject to repetition, convergence, and rearticulation brought the question of temporality into the thinking of structure, and marked a shift from a form of Althusserian theory that takes structural totalities as theoretical objects to one in which the insights into the contingent possibility of structure inaugurate a renewed conception of hegemony as bound up with the contingent sites and strategies of the rearticulation of power.”

Mientras combatía el consumismo, el sexismo, el racismo y la homofobia, el académico posmoderno ha defendido, cuan teólogo protestante, la santidad de la opinión del individuo; todas ellas tienen el mismo valor. No han conseguido con ello un mundo con más igualdad, sino que la ausencia de juicios han convertido el arte en un vertedero de banalidad, donde un “artista” gana el Premio Turner gracias a una habitación vacía con luces que se encienden y se apagan.

Finaliza el ensayo estudiando las nuevas revoluciones, es decir, el 15-M y similares. Granés señala que se trata del primer movimiento ciudadano burgués, ya que la mayoría de los manifestantes quieren tener las mismas oportunidades que sus padres. Al contrario que los sesentaiochistas, lo que quieren es que nada cambie. Su mantra de que el poder económico no debe dominar al político fue formulado por primera vez por Karl Popper con el objetivo de combatir a Marx: la idea de que el poder económico tome preponderancia sobre el político sólo lo ha defendido él, como base del comunismo, y los anarquistas de mercado o anarcolactantes. Que muchos indignados se autodenominen marxistas no es más que el normal batiburrillo de anhelos y ocurrencias que suelen encontrarse en estos eventos, según nos recuerda Granés, quien los identifica con el hombre-masa orteguiano, cuyo impulso revolucionario sólo es comparable a su odio a las élites cultivadas.

Alabado por Fernando Savater y Mario Vargas Llosa, Carlos Granés ha escrito un ataque al arte y el pensamiento subjetivos que ha resultado merecedor del Premio de Ensayo Isabel de Polanco 2011. Su estilo, que recuerda al de Paul Johnson, se apoya también en premisas sencillas que elabora, apoya con ejemplos y argumenta de forma convincente. Lo que hizo Paul Johnson en política con Tiempos modernos lo ha hecho Granés con el mundo del arte en El puño invisible. El resultado es un ensayo bien hilado, sugerente y que consigue ordenar y plasmar la sensación de perplejidad que dejan ciertas obras contemporáneas en el sufrido espectador.

Hildegarda de Bingen: la reforma mediante la belleza – Libertad Digital

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El 18 de diciembre saltaba la noticia: el Papa Benedicto XVI canonizará y nombrará Doctora de la Iglesia a Hildegarda de Bingen, una abadesa alemana del siglo XII. Podría parecer una noticia destinada exclusivamente a eruditos y teólogos, pero la extraordinaria naturaleza de la implicada la acerca a los fieles y no tan fieles de hoy en día. Así corresponde a la figura de un Doctor de la Iglesia, nombrado por la vigencia de su pensamiento. Sólo hay 33 hasta la fecha (más el español Juan de Ávila, que será nombrado este año), de los cuales tres son mujeres.


La cuarta, Hildegarda, es una mística que se dedicó a la medicina, la biología, la teología, la literatura y la música. De lo mucho que legó, empezando por sus tratados científicos y continuando por la lengua que inventó y que llamó lingua ignota (lengua desconocida), lo que ha sobrevivido mejor al paso del tiempo son sus extraordinarias composiciones musicales y tres libros de visiones: Scivias, Liber divinorum operum y Liber vitae meritorum. En cada uno de ellos aparecen dibujadas sus visiones, junto con una explicación teológica de cada uno.


Por lo tanto, de Hildegarda de Bingen se han podido decir muchas cosas, unas más acertadas que otras: que ha sido una protofeminista, una visionaria, una sabia, una naturista o una profeta, entre otras. Aunque algunas de estas cuestiones se deben discutir y precisar,  aquí queremos rescatar a Hildegarda especialmente como profeta privilegiada que revela las maravillas de Dios y que por tanto es una amante de la belleza, una trovadora de Dios.


La profecía es definida por Abelardo como “la gracia de interpretar y exponer las palabras divinas” y por Hugo de San Víctor como “una inspiración divina que hace conocer el advenimiento de cosas escondidas en su verdad inmutable”. Hildegarda se presenta en este sentido como esa voz ‘elegida’ en un momento turbulento (recordemos que en esta época proliferan los profetas y las corriente heréticas)  que expone las palabras divinas para guiar y conducir al hombre en el mundo. El hecho de que Eugenio III y San Bernardo de Claraval (también Doctor de la Iglesia éste último) aprobaran las visiones de Hildegarda, no puede sino entenderse sino como el reconocimiento de que ella era un canal de Dios, lo que la valió el apodo de la ‘Sibila teutonica (o renana)’.


Precisamente, su figura ha interesado a Benedicto XVI por su trabajo como reformadora. Como destacó el Papa, los cátaros proponían reformar la Iglesia para combatir los abusos del clero. Ella les reprendió por querer subvertir la naturaleza misma de ésta, alegando que la verdadera renovación no se consigue derribando las estructuras, sino mediante un espíritu de penitencia y un camino continuo de conversión.


Este espíritu de reforma sólo puede entenderse a través del testimonio que deja de sus revelaciones. Su Liber divinorum operum,  por ejemplo, nos descubre una cosmovisión en la que predominan la poética y belleza. Su primera visión reza: “Yo contemplé entonces, en el secreto de Dios, en el corazón de los espacios aéreos del sur, una maravillosa figura. Tenía apariencia humana. La belleza, la claridad de su rostro eran tales que mirar al sol hubiera sido más fácil que mirar ese rostro (…)”. En esta misma obra, Hildegarda expone su concepción sobre el hombre y la mujer, que también preña de belleza y que ha supuesto según algunos críticos la primera teoría completa sobre la complementariedad de sexos: “la mujer es en quien el hombre se reconoce, forma de gran belleza, y ninguno de ellos puede vivir separado del otro. El hombre designa la divinidad del Hijo de Dios, y la mujer, Su humanidad”.


Sin duda, en esta complementariedad total, indisoluble de principios, podemos encontrar la determinación de Hildegarda por reivindicar la unidad cosmológica en todos los planos: macrocosmos-microcosmos, Dios-humanidad, hombre-mujer, forma-idea. En este juego de correspondencias tan propio del medievo, la forma de entender la belleza reluce con especial fuerza.


Los rituales que realizaba en su congregación, en los que se disfrazaban cual primorosas novias de Dios con claros vestidos y adornos en el pelo; su música, sus celebraciones y descripciones de la naturaleza no son sino la cristalización de este espíritu. Es decir, que mediante la acción, mediante la afirmación de la vida – de la creación de Dios – Hildegarda pretendía corregir las desviaciones dentro y fuera de la Iglesia, cuyos miembros demasiado a menudo vivían (viven) de espaldas a las esencias del mundo. En otras palabras, no realizaban ese continuo camino de conversión al que se refería Benedicto XVI, cuya base sería afirmar la creación divina.


Pese a ser una mujer reformadora y notable en su tiempo por su valía, hasta el punto de granjearse envidias por abades que en la jerarquía eclesiástica estaban por encima de ella, no hay que confundir sus logros y caer en lecturas feministas que poco corresponden al momento. Aunque muchos se han empeñado en ver en Hildegarda una rara excepción que contrariaba la concepción aristotélica de la mujer y el hombre, ella no se contemplaba a sí misma ni mucho menos como una revolucionaria, sino como una paupercula feminea forma (una pobre criatura femenina) a través de la cual Dios obra en tiempos de caos. Si salió indemne de los enfrentamientos que tuvo con cierta jerarquía eclesiástica es porque siempre encontró poderosos defensores. Su historia, así, es similar a la de innumerables santos y reformadores como San Francisco de Asís o San Juan de la Cruz.


Hildegarda es ya santa y fue una de las primeras personas a quien Roma aplicó el proceso de canonización, pero éste se topó con tantas trabas que se paralizó del todo. Ahora Benedicto XVI por fin formalizará esta santificación antes de nombrar a Hildegarda Doctora de la Iglesia, una distinción que, teniendo en cuenta que honra la erudición y distingue a quienes han sentado las bases de la doctrina, no puede ser más pertinente.

Diana Barnes Pardos y Alejandro García Ingrisano

Roumeli de Patrick Leigh Fermor en La Gaceta

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A mediados de la II Guerra Mundial, el ejército británico reclutó a un grupo de personas que debían permanecer de incógnito en Creta y organizar la resistencia contra los alemanes. Se trataba de aventureros e intelectuales que hablaban con fluidez el griego y sabían lo suficiente de las costumbres cretenses como para pasar desapercibidos. Uno de ellos fue Patrick Leigh Fermor.

Roumeli es uno de los muchos libros de viajes escritos por Leigh Fermor, quien con 18 años anduvo desde Holanda hasta Estambul y no paró, practicamente, hasta su muerte este año. Considerado el mejor escritor de viajes de su tiempo, o “un cruce entre Indiana Jones, James Bond y Graham Greene”, el británico participó en el asombroso secuestro del General Kreipe, comandante de Creta. Su estancia allí le dejó un recuerdo imborrable y un amor por la zona que se extendería a toda Grecia. Si en Mani, libro de la misma colección, Leigh Fermor nos guiaba por las montañas que fueron refugio de los espartanos tras su derrota ante Roma, en Roumeli viajamos por el norte del país.
Queda constatado en el texto la habilidad del autor para codearse con la misma facilidad con aristócratas británicos que con pastores griegos. Su erudición – especialmente en los campos de la historia, las costumbres locales y la filología – no le aleja de su entorno, sino que le integra con la gente que le rodea. Gracias a ella, el lector percibe los ambientes y los detalles de los viajes del escritor, disfrutando además de toda la fascinante información que maneja éste.
Si los vastos conocimientos de Leigh Fermor no nos distancian de la narración y del personaje, sino todo lo contrario, también su prosa es exquisita. Un monasterio es una “enorme florescencia gris azulada que emergía como una ballena tomando el sol”. Unas piedras aisladas se hinchan y se reúnen “como silentes tropas de mamuts que se hubieran detenido a meditar en los lindes de la tundra”. La expresiva prosa del británico evoca con toda claridad la zona de Roumeli. Llevándonos a través de sus tribus nómadas, sus monasterios, sus costumbres y sus pueblos, consigue exponer una visión total de una región tan ignota como interesante.
Merece una mención aparte la excelente labor de traducción de Dolores Payás, quien enfrentada a un autor de prosa barroca, vocabulario extenso y aliento largo, ha salido airosa. Su buen hacer garantiza que el texto de Leigh Fermor llegue al lector español manteniendo las esencias que lo convierten en una obra indispensable.

Written by pursewarden

enero 12, 2012 at 10:40 am

Heinz Wolff y su Care4Care: buscando soluciones en la comunidad – Gradientes

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El futuro para el profesor Heinz Wolff, fundador del Instituto Brunel de biotecnología de la Universidad de Brunel, se resume en dos palabras: frugalidad y mutualidad. De la frugalidad ya estamos teniendo pruebas en los países occidentales, pero ¿qué propuestas concretas existen en relación a la mutualidad? La iniciativa Care4Care, ideada por Wolff, podría ser un ejemplo del camino a seguir en el futuro.

Wolff sugiere que los países occidentales no van a poder competir en el futuro con los emergentes. En términos económicos, las razones que los están llevando a superarnos son las mismas por las que se mantendrán en una posición dominante. Sin embargo, Occidente, gracias a siglos de pensamiento y la sofisticación de nuestros centros de enseñanza, podemos competir en otras áreas: la cultura y la organización social.

Es más, Wolff propone que en el siglo XXI no serán la ciencia y la tecnología los factores de bienestar más decisios, sino la organización de la sociedad y lo que él llama sostenibilidad social. Se trata de utilizar la tecnología que tenemos a mano para depender menos de las estructuras económicas globales.

El plan de Care4Care consistiría en estimular a los jóvenes a realizar trabajos útiles para la comunidad a cambio de una contabilización de horas trabajadas. Estas horas podrán ser canjeadas en el futuro por la posibilidad de ser beneficiarios de los mismos trabajos sociales, realizados por generaciones posteriores. Estas actividades irían desde hacer compañía a personas mayores, acompañarlas de paseo, control de toma de medicamentos o asistencia con tareas cotidianas; hasta más especializadas, que requerirían una pequeña formación. Una hora trabajada equivaldría a una hora de asistencia en el futuro.

Wolff considera importante que éste no sea un esfuerzo gubernamental, sino un plan impulsado a más pequeña escala para que el empeño de las comunidades tuviera un impacto máximo. El gobierno seguiría concentrado en financiar el sistema de salud social, mientras que Care4Care (que sería una mútua) ocuparía el lugar de centros de mayores, en menor medida, pero sobre todo haría una labor de asistencia a personas mayores que de momento no cuentan con ella; un problema que sólo se verá agravado con el envejecimiento de la población.

Artículo originalmente aparecido en Gradientes.

Written by pursewarden

enero 11, 2012 at 11:37 am

Ejército Enemigo de Alberto Olmos, en Libertad Digital

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En una entrevista concedida al diario ABC, Alberto Olmos declaraba que el progre “es una persona que disfruta de todas las ventajas de estar en la clase alta, pero que no quiere asumir ninguna culpa y entonces manifiesta supuestas emociones solidarias con todos los que sufren. El problema de los progres es que creen que los pobres quieren la igualdad, pero lo pobres no quieren la igualdad, quieren ser ricos. Todos sabemos que vivir bien es mejor que vivir mal, y que el dinero te hace feliz. La gente no quiere igualdad, la gente quiere ser rica.”

–La opinión la podría suscribir Santiago, protagonista de Ejército Enemigo, sexta novela de un autor que ya busca la consagración tras un segundo puesto del Premio Herralde (ganado ese año por Roberto Bolaño), un Ojo Crítico de RNE y ser nombrado uno de los mejores narradores jóvenes hispanos por Granta. Para dar el salto de una editorial independiente (Lengua de Trapo) a una grande (Mondadori), Olmos ha decidido atizar a la izquierda caviar sin piedad.

Cuando José Jiménez Lozano escribía que la solidaridad con las víctimas de una desgracia tiene la función de dejarnos impolutos, no se refería sólo a una actitud individual, sino a una verdadera medicina (¿opiáceo?) colectiva. Santiago/Olmos ahonda en el mundo de la solidaridad; en la solidaridad como ocio, como negocio, como bálsamo, como expositor de hipocresía. No siguiendo, desde luego, la estela escéptica y cristiana de Jiménez Lozano, sino mediante un nihilismo irreverente que exige lectores con estómago.

Santiago es un publicista cuyo padre se dedicaba al reparto de comida y bebida para los bares. Tiene dos aficiones: es adicto a la pornografía y mantiene una discusión permanente acerca de la solidaridad con Daniel, un viejo amigo progre. Pero un día, Daniel muere asesinado y Santiago se ve impelido a hablar con quienes rodeaban a su amigo para desentrañar un misterio que se agranda mientras el protagonista descubre las verdaderas opiniones y ocupaciones del difunto.

El tono de la novela es duro, realista y chabacano. Olmos es un verdadero indignado cuyo protagonista ha podido mejorar su vida gracias al capitalismo y desprecia a quienes provienen de familias acomodadas y en cambio critican el sistema que encumbró a sus padres (quienes les pagan los viajes a Davos); aquellos a los que Pablo Molina bautizó acertadamente con el nombre de Borja Lenin. Contra ellos descarga toda su ira, escribiendo mediante sentencias que a menudo se nos quedan grabadas:

“¿Quién se toma en serio una protesta que se hace el domingo por la tarde? ¿Quién hace algo en serio los domingos? Dime dónde estás los lunes y te diré por qué el sistema funciona.”

El misterio procede de una observación que le hizo Santiago al asesinado: “La solidaridad ha fracasado”. A partir de esa idea nuestro protagonista descubrirá cómo cambiaron las ideas de su amigo a lo largo de los últimos meses de su vida. En su investigación, Santiago se ve inmerso en el privilegiado mundillo del perroflauta del barrio Salamanca. Él, en cambio, ha vivido  atado siempre a su barrio de toda la vida, desde el que nos regala observaciones cínicas acerca del fracaso del multiculturalismo, el otro gran objetivo de su ira. Informa a la hermana de su amigo de que sólo tira papeles al suelo en su propio barrio, “porque el fracaso es una adicción” y la integración y la convivencia, una mentira que esconde la inhabilidad de algunas personas para salir adelante. El problema “de los jóvenes concienciados y activistas sociales y votantes del partido comunista” (Olmos dixit) es que

“ayudar, apadrinar, concienciar, manifestarse, defender, donar, reciclar, solidarizarse… Suenan bien. Seguramente el persianero, el padre de tu amigo (…) no hace nada de eso, ni apadrina negritos ni lleva una pegatina en el coche de ‘Ahorro Agua’ o lo que sea. Y cuando vosotros, con perdón, hacéis proselitismo, siempre dáis la impresión de situaros en un plano moral superior, de estar a la vanguardia de algo que, sin duda, es mejor que lo que tenemos, y de tener que aguantar el lastre de muchas personas que no hacen nada para mejorar el mundo. Sin embargo, ese tío arregla persianas, y e otro mete cajas de cerveza o barriles en un bar, y el otro conduce el autobús. Eso no sólo es hacer algo, sino que es hacer lo mínimo necesario para que el mundo, joder, funcione un poco.”

Escapa de su barrio adentrándose en el mundo de Internet y convirtiéndose en una suerte de hikikomori (que es, además, el nombre del blog de Olmos en la vida real), todo ello sin abandonar su investigación. La decadencia de Santiago, aunque pronunciada, es menos perceptible de lo que cabría esperar porque no hace sino integrarse en el mundo que percibe: más que descender, el personaje acaba por completar el dibujo del mundo que ya estaba trazado en su mente.

Gracias a unos personajes muy creíbles y un notable ojo para el detalle, Olmos sale airoso de una narración deliberadamente cargada y rabiosa, que intercala con reflexiones sobre el mundo de la publicidad e Internet generalmente clarividentes. Ejército Enemigo es una novela sorprendente y despiadada, más cercana a Camilo José Cela o a Francisco Umbral que a cualquier autor de su generación. Es decir, que Olmos está aquí para escribir, y no para hacer amigos, medrar o ganar premios. Más allá de sus aciertos u errores, eso es lo que atraerá a los lectores a su obra.

Defensa de la hispanidad de Ramiro de Maeztu en Libertad Digital

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El pensamiento tradicionalista español ha sufrido tres derrotas. La primera, contra un liberalismo que lo venció. La segunda, bajo un franquismo que lo anuló; y la tercera, bajo una democracia que lo ignora. La editorial Homo Legens recupera una de sus obras más emblemáticas con la publicación de Defensa de la Hispanidad de Ramiro de Maeztu, otro esfuerzo por rescatar al tradicionalismo de la irrelevancia.

Estamos ante una obra dominada por el pensamiento de Marcelino Menéndez Pelayo, cuyos estudios y teorías impregnan lo escrito por Maeztu. Idea clave del santanderino es la que asegura que donde no se conserve la herencia de lo pasado, no puede surgir un pensamiento original y duradero. Maeztu recoge esta idea y expone la tradición como camino que hay que seguir para encontrar las claves para el futuro. Ante las visiones simplistas que se tienen del tradicionalismo, Maeztu explica la disyuntiva de Menéndez Pelayo:

“Sus compatriotas estaban divididos, desde hacía más de un siglo, en dos grupos: los que seguían la tradición patria en la línea del tiempo, pero vueltos de espaldas a lo que en el mundo acontecía y como temerosos de que les fuera dado porvenir tan enemigo como en el pasado; y los que vivían con las miradas fijas en el mundo exterior, dispuestos en cualquier momento a aceptar sus ideas y dar a la novedad el valor de la verdad, pero ignorantes y despreciadores de su propio pasado.”

En esta mirada al pasado, Maeztu rescata, además de a Menéndez Pelayo, a otros pensadores como Francisco de Vitoria, Solórzano Pereira, Jaime Balmes, Fray Juan González Arintero o Donoso Cortés; y reconociendo que un pensamiento eminente no puede estar disociado de una historia gloriosa, Maeztu defiende la hispanidad como concepto histórico y cultural. El autor realiza una defensa cerrada de la monarquía hispana, a la que atribuye la cualidad fundamental de ser católica y, por lo tanto, misionera. El pensador vasco rechaza la idea de que España acudió a las indias con otra intención que no fuera la de la prédica, y aunque evidentemente reconoce que se produjeron abusos por parte de los colonizadores españoles en América, recalca que

“se prohibió la esclavitud, se proclamó la libertad de los indios, se les prohibió hacerse la guerra, se les brindó la amistad de los españoles, se reglamentó el régimen de encomienda para castigar los abusos de los encomenderos, se estatuyó la instrucción y adoctrinamiento de los indios como principal fin e intento de los reyes de España, se prescribió que las conversiones se hiciesen voluntariamente y se transformó la conquista de América en difusión del espíritu cristiano.”

Maeztu proclama las bondades del imperio hispano frente a las naciones del resto de Europa, que acudieron a América, África y Asia con ánimo explotador y actitud racista; creyéndose intrínsecamente superiores por ser temporalmente más poderosas. El mestizaje biológico y cultural del mundo hispano, desde luego, no se ha reproducido en otros imperios. Como concepto central, el vitoriano habla de las distintas actitudes frente a la idea de igualdad, y explica que mientras que otras naciones cristianas y laicas han creído en el dogma de la igualdad de cuerpos, España ha defendido la igualdad de almas:

“Hay algo anterior al amor al prójimo, y es que al prójimo se le reconozca como tal, es decir, como próximo”.

Tras elogiar esta actitud misionera que emana de la monarquía y que impregna a todo el pueblo, Maeztu reconoce que la cosmovisión que hizo grande a España está en crisis, y advierte que toda esa energía misionera tiene que dedicarse ahora a reconquistar a las gentes de nuestro país.

– Las afinidades de Maeztu –

A pesar de que adscribimos a Maeztu decididamente dentro de la corriente del tradicionalismo, su pensamiento no debería ahuyentar a otro tipo de lectores. Maeztu y su Defensa de la Hispanidad se ganaron los elogios de personajes tan diversos como Ortega y Gasset, Antonio Machado, Gabriela Mistral, Josep Plá, Eugenio d’Ors, Azorín o Pérez de Ayala. Su perspectiva también encontrará acomodo con cierta corriente que ve en el pasado la consumación del respeto a las libertades del hombre, como la defendida por el particular liberalismo de Ángel López Amo. Dice Maeztu:

“No hay quien custodie a los custodios; no hay quien nos proteja contra el estado que debe protegernos. Y es el ideal mismo que inspiró la creación de los Estados modernos lo que está en entredicho. La Edad Media se fundaba en una armonía de sociedades (communitas communitatum), que era también un equlibrio de principios, en el que se contrapesaban la autoridad y la libertad, el poder espiritual y el temporal, el campo y las ciudades, los reinos y el Imperio. Se rompió la armonía.”

Su idea de la renovación social y política es elitista pero tiene como base el respeto al hombre. Así, critica tanto al comunismo como al liberalismo, que han convertido el trabajo en una actividad fisiológica, no espiritual. Su defensa del orden medieval y el trabajo complejo que dignifica al hombre lo acercan a filósofos como Chesterton o Heidegger; pero al contrario que estos encuentra la encarnación de estos valores positivos en el mundo hispano.

La vocación universal de éste no es caprichosa. Las naciones no surgen por la voluntad, sino por una serie de circunstancias históricas que configuran una nación o a un grupo de naciones en torno a una serie de conceptos. Si lo esencial del catolicismo hispano es la universalidad, las naciones que lo componen comparten una cultura que es compartida e ineludible. Prueba de la fuerza de esta tesis son los esfuerzos de los nacionalismos periféricos por dar una versión de la historia que justifique una supuesta singularidad.

– Vida y muerte –

Fue Zacarías de Vizcarra quien propuso el término ‘hispanidad’ para designar las esencias compartidas por las personas y las naciones de lo que habían formado parte del Imperio Español. Como concepto ideológico, enfatizaba el catolicismo, la monarquía y la igualdad racial desde una concepción teológica. Ramiro de Maeztu, a través de la revista Acción Española, fue el encargado de propagarlo, y con éxito, a pesar de haberse enfrentado a cierto ostracismo a causa de su defensa de la dictadura de Primo de Rivera. Defensa de la Hispanidad recogió sus escritos en la revista, que explican con un estilo heterodoxo, accesible y erudito las bases del concepto de la hispanidad en forma de alegato.

Llegó su éxito el 13 de octubre de 1934, mismo día en que los revolucionarios asturianos destruyeron las aulas, los archivos y la biblioteca de la Universidad de Oviedo. El arzobispo Gomá se refería al concepto de la hispanidad y a Maeztu, quien recibió las palabras del prelado con regocijo. Pero los hechos de Asturias, de los que tuvo noticia después, le llevaron a profetizar con insistencia su propia muerte de forma violenta.

Fue asesinado el 29 de octubre de 1936 junto con Ramiro Ledesma Ramos por milicianos del Frente Popular. Su alegato a favor de la hispanidad quedará quizá como su obra más perdurable por su exhaustividad, relevancia y vigencia.

Prólogo de Pitcairn, por Juan Soto Ivars

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El abuelo de Alejandro García Ingrisano fue uno de los primeros aviadores estadounidenses y descubrió por qué morían los pilotos al alcanzar cierta altura con aquellas escobas voladoras aparatosas. Hoy comienza la carrera literaria de un escritor que contará ésta y muchas otras historias a lo largo de su obra.

 

Ya la primera vez que lo vi supe que ese personaje estrambótico era un escritor, pero no que me encontraba frente al que sería un gran amigo. ¿Cómo se puede descubrir a un escritor a primera vista? Sencillo: él estaba rematadamente borracho entre los asistentes a un congreso sobre escritores traidores en Alemania, tenía diecinueve años mal cumplidos y vegetaba en un sofá de tamaño geológico. Estaba hablando solo pero lo hacía en mi idioma, así que me acerqué un poco. Escuché: un tipo con aspecto de snob se me está acercando. Me quedé estupefacto y oí: me mira con cara de imbécil. Hice un gesto con la mano, que rápidamente fue descrito por el borracho. Decidí largarme, y el narrador apuntó rápidamente mi quiebro. Observándolo desde la distancia me di cuenta de que narraba todo cuanto le pasaba por delante, ejercicio bastante habitual entre sus manías, que son muchas y suelen divertir a quien las descubre. Pensé que no volvería a verlo, pero la vida da muchas vueltas.

 

Un tiempo después manteníamos una intensa correspondencia manuscrita y yo dirigía una gacetilla universitaria. Le propuse participar y Alejandro, que sobrevivía comiendo patatas para pagarse los carísimos calcetines de rombos que serán, imagino, una constante en su vida y en su literatura, me envió un artículo erudito y muy denso sobre Frank Zappa. Estaba escrito a mano porque el autor no podía soñar con pagarse un ordenador.

 

De aquella revista apenas conservo otro recuerdo que el de la tarde de trascripción con la que tuve que cargar mientras la necesidad de seguir leyendo se hacía más y más grande.

 

La vida de Alejandro en Berlín era misteriosa. Había abandonado la carrera de Historia del Arte en Madrid antes de terminar su primer curso, metió en la maleta alguna ropa de etiqueta (que compraba entonces en mercadillos de segunda mano) y se fue para allá. Desde el congreso de literatura a mi viaje a Berlín, ya con la amistad epistolar edificada, se extiende un periodo cuya reconstrucción resulta totalmente infructuosa: he perdido muchas de aquellas cartas, y en muchas otras no había más que fantaseos, ideas dispersas, listas interminables de las composiciones que escuchaba (Ligeti, por alguna razón que todavía no comprendo) y algunas propuestas, como la de compartir piso cuando él regresara a España. De tanto en cuando, una noticia sobre sus progresos con una novela que finalmente descartaría por enloquecida.

 

Pero toda aquella vida de mendigo elegante de Alejandro en Berlín sí cristalizaría en una novela, y la prueba es este libro que usted sostiene entre las manos y que es, a partes iguales, la causa de mi admiración y de una envidia incontrolable.

 

Una novela sobre todo aquello que Alejandro imaginaba que podía ser la vida mientras las patatas y el tabaco escaseaban. Una historia de personajes originales y distinguidos que se ven obligados a abandonar su apacible dolce far niente y correr por el mundo huyendo de un dictador, profundizando entretanto en sus relaciones gentiles y al mismo tiempo traicioneras.

 

Insólita. Así es esta novela en España. Así entre las primeras novelas de los escritores. Insólita por la madurez, por la estructura (creo que acabo de entender por qué escuchaba a Ligeti) y por el carisma de sus personajes. Por la potencia de la voz de un narrador que sabe mucho más de lo que dice y diserta sin cuidado sobre lo que sabe. Porque la originalidad en ningún momento se come al sentido del texto, porque no está disfrazado y está lleno de máscaras. Porque se puede leer de nuevo, impulso natural cada vez que la memoria rescata algún fragmento.

 

Para mí es mucho mejor la publicación de esta novela que la de mis propios textos literarios, y sospecho que para la literatura española va a ser una alegría inesperada y duradera. La botella con la que se inaugura la nave literaria de Alejandro contiene el mismo champán que beben sus protagonistas: el más caro del mundo. El más exquisito.

 

Juan Soto Ivars, Reikjavik, verano de 2011

 

 

Prólogo a mi novela Pitcairn, editada en El Olivo Azul

Written by pursewarden

noviembre 2, 2011 at 9:41 am