Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

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Por senderos que la maleza oculta de Knut Hamsun, en Libertad Digital

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Después de una guerra siempre hay procesos de represión contra los defensores del anterior régimen. No fue distinto tras la Segunda Guerra Mundial, cuando, junto con Nazis, miembros de la Gestapo y colaboracionistas responsables de la muerte de adversarios e inocentes, se produjo la persecución de varios intelectuales que simpatizaron con Alemania durante la contienda.

Maurice Pujo fue condenado a cinco años de cárcel. Charles Maurras, que casi tenía 80 años, a cadena perpétua y a la expulsión de la Academia Francesa (los académicos tuvieron la decencia de no nombrar un sucesor hasta su muerte, que se produjo ocho años después). Céline tuvo que marchar al exilio en Dinamarca hasta que se benefició de una amnistía. A Jünger le prohibieron publicar durante cuatro años, y a Heidegger enseñar durante seis. A Ezra Pound lo encerraron durante trece años. La lista es larga y bochornosa.

Uno de los casos más sonados fue el de Knut Hamsun, Premio Nobel de literatura y uno de los novelistas más brillantes del siglo pasado. Imbuído del espíritu neoromántico que se plasmaría en el Blut und Boden y un filogermanismo que le acompañó desde su juventud, Hamsun vio con buenos ojos el aumento de poder de la Alemania hitleriana. En 1943, consiguió una audiencia con Hitler después de regalarle su Premio Nobel a Göbbels. Cuentan las crónicas que Hamsun se pasó la audiencia reclamando la liberación de ciudadanos noruegos, y que el Führer alemán tardó tres días en reponerse de la cólera que le produjo aquel noruego que parecía ignorarle por completo (Hamsun era sordo).

Hamsun siguió firme en su filogermanismo, e incluso tras la muerte de Hitler, escribió un panegírico en su favor. Los aliados ganaron la guerra y el escritor vio cómo pasaba de héroe nacional a apestado: la turba quemó sus libros en la calle y fue arrestado a los 86 años. Pasó tres años entre un manicomio y un centro de ancianos hasta que por fin un juez dictó sentencia. Ésta se quedó en una multa, y oficialmente se consideró al anciano demente.

Por senderos que la maleza oculta es el texto que escribió Hamsun durante sus tres años de cautiverio. Queda claro tras leerlo que el noruego estaba en plenas facultades literarias y mentales. Refleja el deterioro de un hombre viejo pero sano, quien, tras soportar exámenes y hasta manipulaciones a manos de los psiquiatras, acaba hundido.

Mezcla de autobiografía, relato enmarcados y protesta contra su situación, el libro refleja el lento pasar del tiempo en el cautiverio del anciano. Habla de Silvio Pellico, quien durante su encarcelamiento adoptó a un ratón:

“Yo escribo sobre algo parecido, por temor a lo que pudiera sucederme si escribiera sobre otra cosa.”

Con este estilo lleno de silencios, de realidades que se esconden bajo la superficie, Hamsun nos narra episodios como el de un juez que le pregunta si le parece que el alemán es un pueblo culto. El noruego no contesta. Similarmente arbitrario será el resto del proceso, con sus inexplicables cancelaciones y recovecos. Cuando la justicia se pone al servicio del poder y juzga a sus ciudadanos por motivos políticos, surge el esperpento. Mientras, Hamsun se hunde en la depresión:

“También mi padre tuvo una vez un hijo prometedor.”

Recuerda algunos momentos de su vida, habla con alguna gente, se justifica diciendo que pensó estar haciendo lo mejor para Noruega con sus artículos. Pasada la histeria de los primeros momentos del proceso, es evidente que el gobierno noruego quiere acabar con el problema y tras tres años dicta la cómoda sentencia que condena a Hamsun a pagar una multa por ser un loco. ¿En qué país deben pagar los enajenados por serlo? La guerra lo justifica todo.

Como señalaron en su día Thomas Mann, Isaac Bashevis Singer o Ernest Hemingway, la prosa de Hamsun es indispensable. Tenemos los lectores en castellano la inmensa suerte de que se encarguen de las traducciones del noruego Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo, cuyo trabajo es siempre impecable. Por senderos que la maleza oculta no es una novela como Pan, La bendición de la tierra o la Trilogía del vagabundo, obras maestras de Hamsun, sino un texto heterodoxo que mantiene muchas de las esencias de esos escritos.

Si bien conserva su capacidad para crear una atmósfera, para observar y para plasmar esas sensaciones que acompañan a todos los hombres en todos los lugares del mundo; en este caso Hamsun lucha por aferrarse a las pequeñas disciplinas diarias que acompañan a sus personajes. A pesar de que se adivine su desánimo, el autor confía siempre en que su “prudencia campesina” lo ayudará a salir adelante, y hace sinceros esfuerzos por no caer en la autocompasión. Aunque asistir a esta lucha resulte a menudo desgarrador, leer al genio noruego es obligación del aficionado a la buena literatura.

Daniil Kharms, escritor perseguido por Stalin – El Crítico

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Daniil Kharms representa una reacción al estalinismo diametralmente opuesta a la del premio Nóbel recientemente fallecido Aleksandr Solzhenitsyn. Mientras que éste se dedicó a reunir una crónica de los acontecimientos en su Magnum Opus, Archipiélago Gulag, en un esfuerzo consciente de relatar, denunciar y en último término, dar esperanza, Kharms murió en 1942 el psiquiátrico Número 1 de la prisión de Leningrado, hambriento y enloquecido. Una lectura de sus relatos frente a los de otros escritores en su época y situación, como Shalamov o el ya mencionado Solzhenitsyn, clarifican lo poco que puede llegar a sorprender que ellos sobrevivieran al estalinismo mientras que él no lo consiguiera.

Es inimaginable pensar en un iconoclasta como Kharms convertido en un sí mbolo como Solzhenitsyn, y su relego al olvido (no ha sido editado en España más que en catalán, por Edicions de 1984) es muy acorde con una vida y una escritura sin concesiones, excesiva, sin un solo indicador del deseo de posteridad. Se podrí a decir que Kharms es uno de esos individuos que son inevitablemente los primeros en ser eliminados bajo sistemas polí ticos autoritarios (uno piensa en Sakharov), condenados en condiciones óptimas a ser vistos como raros y amablemente tolerados. Ya en 1924 fue expulsado del Electrotechnicum de Leningrado por “falta de participación en actividades sociales”, y su conducta irracional le valió la consideración de loco oficial en el circuito literario de la ciudad.

Poco a poco, su situación fue empeorando. Fue arrestado como parte de un grupo de “escritores de literatura infantil antisoviéticos” (tuvo gran éxito con sus cuentos para niños) y sus escritos fueron utilizados para incriminarle. Su lógica absurda y su negativa a inspirar valores sociales a través de sus escritos le condenaron como corruptor de la infancia. Sus relatos, siempre breví simos, recogen situaciones absurdas y frecuentemente violentas narradas sin ninguna pretensión estilí stica. Buscan lo fragmentario, el devenir cotidiano en el que uno se implica y se desentiende a los pocos segundos. Así , su obra debe leerse como una entidad donde la unidad y la totalidad tienen el mismo sentido, cuentan lo mismo, y es la acumulación la que, como en un sistema de John Cage, modifica la reacción del receptor.

En “La historia de los hombres que luchaban”, Aleksey Alekseyevich y Andrey Karlovich están en plena pelea. El improbablemente llamado Alekseyevich:

“Cayó al suelo, lo que aprovechó Andrey Karlovich para sentarse a su lado, sacarse la dentadura de la boca y darle a Aleksey Alekseyevich tal repaso con ella que Aleksey Alekseyevich se levantó del suelo con la cara completamente mutilada y la aleta de la nariz desgarrada. Sujetándose el rostro con las manos, Aleksey Alekseyevich se fue corriendo.

Así , Andrey Karlovich se masajeó la dentadura, la insertó en su boca con un clic y, habiéndose satisfecho del emplazamiento de sus dientes miró a su alrededor, y, no viendo a Aleksey Alekseyevich, se fue en su busca.”

El relato termina allí, sin clarificar jamás por qué peleaban ambos personajes ni qué sucederá luego. Las situaciones que presenta Kharms no están nunca justificadas por un contexto, sino que parecen siempre narradas, con una rigurosa objetividad, por observadores externos. La perplejidad que podría causar una escena así no se detalla, sino que Kharms permite al lector experimentarla por sí­ mismo.

No es exactamente asombro ante lo cotidiano, sino más bien extrañamiento. Se trata también de estrechar los lí mites de lo diario, exagerando la falta de consecuencias de los actos o donde la manera de narrar un acto causa que éste tome otras dimensiones. Por ejemplo, en “Un Linchamiento”, una multitud escucha a un orador exponer las ventajas de sustituir un parque por un rascacielos, y está de acuerdo. Al final del acto, la multitud le arranca la cabeza a un hombre de mediana altura que le hace una pregunta al orador, antes de marcharse a casa satisfechos. O en “Un Encuentro”, donde dos hombres se encuentran por la calle y “eso es todo lo que hay que contar”.

No debe sorprender esta ruptura de las consecuencias: Como hemos dicho, Daniil Kharms es un clásico de la literatura infantil en Rusia. Su literatura para adultos, salvo por su extrema violencia, se basa en los mismos principios que los cuentos infantiles, es decir, introducir elementos fantásticos o exagerados en la realidad. El hecho de que la realidad sea la Rusia soviética, modifica los hechos fantásticos que puedan aparecer en la narración. Ambos elementos están conectados.

Podemos encontrar asimismo excelentes ejemplos de sátira a lo largo de las narraciones. En “Lo que venden en las tiendas estos dí as”, un personaje mata a otro golpeándolo con un pepino gigante. En lugar de referirse a la violencia, Kharms exalta el tamaño de los pepinos que se venden en Rusia. Este tipo de razonamiento espectacular no le era ajeno al estalinismo (ni a ningún gobierno soviético), y Kharms lo recoge con un ejemplo de su humor salvaje.

Ciertamente, la calidad literaria de Daniil Kharms palidece en presencia de la de sus compatriotas, tan bien representados en el Olimpo de los escritores. Kharms representa valores extremos, los mismos que algunos maestros como Céline oPhilip K. Dick y que otros de menos envergadura, como BukowskiPalahniuk. Como “outsider”, Kharms no tiene precio, y su lectura resulta interesante aunque irrite con su falta de concesiones incluso al lector más curtido. Y es que leer a Daniil Kharms debe ser como un paseo por el Leningrado soviético: enajenante, incómodo y en última instancia, lleno de absurdos. Puede que Kharms sea, en última instancia, un escritor más realista de lo que parece.

Finalmente, el único colectivo con el que Kharms mostró un compromiso firme fue OBERIU, la organización absurda de artistas y escritores, integrada también por Konstantin Vaginov, cuya última novela, Harpagoniana, fue confiscada y destruida por las autoridades, Nikolay Zabolotsky, que pasó 7 años en Siberia, y Alexander Vvedensky, acusado de introducir mensajes antisoviéticos en su poesí a fonética y enviado a Siberia. Murió de disenterí a antes de llegar. Teniendo en cuenta el destino de los miembros de OBERIU en general y de Kharms en particular, la lectura de un relato como “El destino de la mujer de un profesor” cobra un tenebroso sentido:

“De pronto una llamada al timbre. ¿Qué es eso? Algunas personas entran y dicen — Vámonos.

— ¿Dónde? — la mujer del profesor.

— Al manicomio — responden.

La mujer del profesor empezó a gritar y a resistirse, pero las personas le agarraron y se la llevaron al manicomio(…). La mujer de este profesor es meramente un penoso ejemplo de cuántos desafortunados hay en la vida que no ocupan la posición que deberían de ocupar”.

Pero también nos recuerda que si el gobierno soviético no tuvo ninguna compasión por Kharms, Kharms tampoco tuvo ninguna compasión por el gobierno soviético.

Fuente: El Crítico

La literatura de Corea del Norte

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Casi nada se puede decir de la literatura del país más totalitario del planeta, de donde no nos llegan sino retazos ocasionales de algo que no es información, sino anécdotas o imágenes kitsch de culto al líder. Corea del Norte, donde hasta los viajes de extranjeros están organizados por el gobierno, es la gran incógnita de nuestra sociedad de la información. No han sido pocos los esfuerzos de occidentales por conocer algo del país, pero dadas las circunstancias, la mayor parte de ellos han chocado contra la prohibición o la propaganda. De los pocos ejemplos que hemos podido encontrar, destacan la novela gráfica “Pyongyang”, del canadiense Guy Delisle (publicada en España por Astiberri, 2005), en la que se narra de forma autobiográfica un viaje a la capital de Corea del Norte, y el documental “Welcome to North Korea”, de los cineastas holandeses Peter TetterooRaymond Feddema, que ganó el Emmy en su categoría en 2001. Ambos son intentos de conocer algo, de comprender, pero generalmente no consiguen más que ofrecernos sospechas o intuiciones de lo que sucede bajo el régimen de Kim Jong-il.

En cuanto a la literatura del país, aprendemos sin sorpresa que todo lo que allí se publica se hace a través del gobierno, especialmente en la revista literaria “Chosôn Munhak”, la más importante del país. Gracias al trabajo de Stephen Epstein, profesor de estudios asiáticos en la universidad de Victoria (Nueva Zelanda) y aHa-yun Jung, escritora y traductora surcoreana, conocemos un poco de la literatura que allí se hace. El trabajo de ambos puede encontrarse en la revista digital “Words Without Borders”, que en los últimos años se ha dedicado a dar a conocer literatura internacional (para ellos, que no esté en inglés), centrándose en la medida de lo posible en los países que George W. Bush calificó como “eje del mal”: Irán, Irak y Corea del Norte. También han publicado recientemente traducciones al inglés de Rubén DaríoAntonio Muñoz Molina.

¿Quiénes son los autores más importantes de Corea del Norte? Por haber conseguido una mínima relevancia fuera de su país, habría que destacar a Hong Sok-chung, autor de la novela “Hwangjini”, único libro importado oficialmente a Corea del Sur y que fue un éxito de crítica y público, llegando incluso a ganar un importante premio literario en ese país. Esta difusión fue posible por tratar el libro un tema histórico – la vida de Hwang Jin-i, una legendaria kisaeng (similares a las geishas del Japón) coreana del siglo XVI, famosa por su belleza, inteligencia y habilidad escribiendo sijos, breves composiciones poéticas de carácter bucólico o metafísico que se estructuran siempre de la misma manera: presentación del tema – elaboración – conflicto – resolución. Reproducimos dos de los sijos más importantes de Hwang Jin-i a continuación:

Si pudiera capturar la esencia de esta profunda noche invernal
Y doblarla suavemente en la bocanada de una colcha de luna de primavera,
Después abrirla con ternura en la noche del regreso de mi amado.

Respetable Byuk Kye-Soo, no alardees de marcharte tan pronto.
Cuando salgas al mar, será difícil el regreso.
La luna llena y brillante sobre la montaña vacía, qué te parece quedarte aquí a descansar.

A pesar de que existe poca evidencia histórica de la existencia de Hwang Jin-i, es un icono cultural en el Norte, y gracias a la novela de Hong Sok-chung, ahora también en el Sur. Tanto es así que el año pasado se rodó una película surcoreana basada en su libro. La necesidad que tiene el régimen de Kim Jong-il por presentar a sus ciudadanos una cultura propia, diferenciada de la de sus vecinos del sur, hace que se espolee la creación de este tipo de obras historicistas que se apropian de figuras coreanas para la causa. Pero más allá de este bestseller y otros ejemplos del género de la novela histórica, la información se vuelve aún más exigua. Existe una extraña web con dirección de contacto en Canadá llamada North Korea Books (www.north-korea-books.com), que ofrece libros norcoreanos traducidos al inglés y publicados por dos editoriales: Kum Song Youth Publishing House, de la que no se encuentra prácticamente información en internet, y Foreign Languages Publishing House, una editorial de Corea del Norte que se dedica a la difusión de obras de su país y de la Rusia soviética en el extranjero. Sin embargo, la información disponible en la red tampoco es muy aclaratoria. Vemos, eso sí, que las novelas que se traducen al inglés son siempre anónimas, salvo las supuestamente escritas por Kim Jong-il y por su padre, Kim Il-sung. Entre ambos, oficialmente han escrito varios miles de libros.

Los autores norcoreanos aún en activo que se conocen, aparte de Hong Sok-chung, son sólo tres: Kim Byung-hunKim Hong-ikHan Ung-Bin. No existe información biográfica de ninguno de los tres, pero sí existen versiones en inglés de sus relatos, traducidos por Ha-yun Jung y Epstein. ¿Cómo podemos realizar su crítica? Epstein indica que el análisis de la literatura de Corea del Norte “casi invariablemente comienza con discusiones sobre su relación a las políticas del arte oficial, ya que más que en cualquier lugar del mundo la producción artística está sumergida por directivas que vienen desde arriba. El régimen proclama con entusiasmo que su arte no sirve para el entretenimiento sino para la ideología, y que sus autores, en una frase notoria que Kim Il-sung tomó prestada de la Rusia soviética de los años 30, deben ser “ingenieros del alma”. Los estudios de literatura norcoreana en occidente son escasos y sus enfoques centrados en la relación con el desarrollo de la ideología Juche y el culto a la personalidad de Kim ha excluido en ocasiones un análisis detallado de textos individuales. Hasta los estudios más frecuentes provenientes de Corea del Sur que tratan trabajos en profundidad tienden a utilizarlos primordialmente como vehículo para comprender a la sociedad de la RPDC más que para examinar cómo funcionan literariamente. No sorprende quizás que en general una mala evaluación de la calidad de la literatura de la RPDC también haya contribuido a la escasez de análisis detallado: Kwon Young-min, por ejemplo, se queja de que las directrices oficiales establecidas por la teoría del arte y la literatura Juche han eliminado la creatividad individual”.

Nosotros queremos darle otro giro basándonos en una pregunta que se hace Tetteroo en su documental: ¿Verdadero o falso? Esta incógnita se puede aplicar a todos los aspectos de la vida norcoreana. ¿Son los escritores de ese país críticos con el régimen, o no? ¿Hay sutilezas en sus textos que los censores no detectan? ¿Está la política tan omnipresente en la literatura como cabría sospechar? Desde luego no parece así cuando se lee un relato como “Deseos de buena fortuna”, de Han Ung-bin. La historia trata de un hombre que viaja al pueblo de su esposa para hacer de celestina de su nuera. Con un tono intimista, chejoviano (si algo ha llegado a Corea del Norte han sido los rusos), el relato comienza con un diluvio: “Rápidamente me cobijé bajo un árbol al lado de la carretera, que me mantuvo seco durante un rato, pero con el paso de los minutos, sus hojas se llenaron de lluvia y comenzaron a echarme agua encima una tras otra.” Pero la influencia de la primera literatura coreana, de origen chamánico y también budista, no sólo se aprecia en pasajes como éste. También: “El silencio era más difícil de soportar para mí que la conmoción. El ensordecedor rugido del viento y el arroyo del valle parecían ahondar en el silencio, haciéndome sentir como si mi propia existencia se hubiera convertido en parte del viento o el agua, sin la habilidad del lenguaje.”

Las voces de los demás personajes se oyen a lo lejos. Es ésta una historia solitaria y orgánica, hecha de agua y de barro. Ni una referencia al régimen, todo lo contrario que en el relato “Segundo encuentro”. Aquí, un guía para extranjeros nos narra un encuentro que tuvo con un periodista cuya procedencia no se llega a mencionar. A pesar de abusar del diálogo, el cuento está muy bien estructurado y hace una crítica tan buena del gobierno como de los extranjeros “salvadores”. Así, mientras la tesis del relato parece claramente marxista, la aparición de un amigo de infancia del protagonista es la clave encubierta de la historia. El narrador recuerda una inspección que se llevó a cabo en su colegio:

“Al final del encuentro, “mi amigo” se estaba durmiendo y uno de los inspectores se dio cuenta. – No dormiste bien anoche, hijo? – (…)
– No señor, no dormí bien.
– ¿Y por qué es eso?
– Estaba recogiendo la clase.
– ¿Que tipo de limpieza estabas realizando que tardaste toda la noche?
Su respuesta nos vertió agua helada por la espalda.
– Porque nos dijeron que venían a inspeccionarnos.” El extranjero, que hace demasiadas preguntas, no debe hablar con el amigo de infancia. Las razones están claras. Eso sí, el narrador se refiere a su amigo como un tonto, un hombre simple que no sabe lo que puede y no puede ser dicho. De esta forma, el tonto también se lleva la reprimenda de su jefe: “¡No te hagas el inocente! Estábamos a mitad de la primera prueba exitosa de nuestro sistema automático, y tú dices que si yo hubiera dado mi visto bueno antes, podría haber sucedido hace 3 meses. ¿No te quedas a gusto a no ser que estropees cada ocasión con ese tipo de comentarios?
Mi amigo pestañeó con violencia. – ¿Por qué es eso un insulto? Se me pasó por la cabeza y era verdad…”.

Verdad, la palabra clave. Lo verdadero y lo falso. El que dice la verdad es tratado como un paria. El problema es que nadie quiere conocerla, y mucho menos el periodista extranjero, demasiado preocupado por encontrar fallos superficiales en el sistema que es incapaz de ver los más profundos: “Ahhhhh- El largo sonido emitido por mi compañero reflejaba no admiración, sino una considerable decepción por la posesión de mi amigo de un trabajo y una casa.” Por lo demás, el cuento relata con sorprendente franqueza la diferencia entre la buena situación económica del país en los 80 y la crisis de los 90, y lo hace a través del optimismo de su narrador, cuya esperanza es que regresen los buenos tiempos, en los que la URSS financiaba el país. De cómo podría suceder esto, no se nos da ninguna pista. Al final del relato, en el que hasta el periodista ha declarado su admiración por Corea del Norte en un periódico, sólo un personaje permanece preocupado (kôkchôngsûre). Se trata de la hija del narrador, de la que se nos cuenta que va a ir a vacunarse un momento después del cierre de la historia, sin más referencia a ello. Epstein aclara la ambigüedad lanzando la siguiente pregunta: ¿está preocupada por el miedo a las agujas, o por los problemas sanitarios de una nación con índices de mortandad anormalmente elevados?

Otro relato donde la política hace aparición, aunque de forma menos central, es “Él está vivo”, de Kim Hong-ik. Los acontecimientos tienen lugar el día de la muerte de Kim Il Sung y están narrados desde el punto vista de una anciana cuya existencia está dedicada a cuidar de un jardín que el dictador visitó hace años. El día de su fallecimiento, toda la gente de su pueblo viene a pedirle flores para llevar a Pyongyang. Pero ella les pide que no lloren, “Nuestro Gran Líder no ha muerto. Prometió que regresaría aquí. He estado cuidando de estas flores para dar la bienvenida a Nuestro Gran Líder el día que venga, así que ¿cómo voy a dejar que os las llevéis?”. Todo el relato ahonda en el sentimiento generalizado de histeria y descreimiento que produjo la muerte de Kim Il Sung, y cuando al final Kim Byung-hun nos dice que la anciana “fue una de esas personas que abarrotaron la ciudad de Pyongyang durante diez días y diez noches”, nos entra la duda de si toda esa gente no habrá viajado allí para comprobar si la muerte es real. Unos días después de su fallecimiento, el gobierno norcoreano declaró que Kim Il Sung no había muerto, sino que estaba durmiendo en su monumental mausoleo.

Otros ejemplos de literatura norcoreana contemporánea que hemos leído están por debajo del nivel mostrado en estos dos autores. Tal es el caso de “Amigos en el camino”, de Kim Byung-hun, un relato sobre el azar y el amor de tono cursi y recursos facilones (“las lágrimas cayeron de sus ojos como gotas claras de rocío, como si fuera incapaz de aguantar la irrefrenable felicidad y gratitud. (…) Supongo que las lágrimas no son sólo expresiones de tristeza, sino también de otras profundas emociones”) o la propagandística biografía de la vida de Kim Il-sung escrita por Baik Bong. En el otro extremo está Song Hye-rang, escritora autobiográfica (con una fuerte influencia de Chéjov) y tía de un hijo ilegítimo de Kim Jong-il, exiliada de Corea del Norte y que vive en un lugar desconocido de Europa bajo una identidad falsa desde que su hija fuera asesinada. O Baek Sok, padre de la poesía modernista coreana que tuvo que dejar de escribir cuando su dialecto fue prohibido por el gobierno. Todos ellos, los autores buenos y malos, viven en un anonimato pynchoniano (en más de un sentido). Son el tipo de personajes marginales que podrían aparecer en un manual como “La literatura nazi en América”, de Roberto Bolaño, o en algún delirio de Rodolfo Wilcock, empujados a los bordes de la literatura por las extrañas circunstancias del país del que proceden. Lo único que sabemos de Han Ung-bin es que fue minero antes de enviar sus relatos a una revista estatal y ser contratado por el gobierno. Ahora sabemos que vive mejor que un minero y que algún día probablemente podamos tener acceso a sus obras completas traducidas al inglés. ¿Y no debería ser así la literatura?

Fuente: El Crítico

Written by pursewarden

mayo 30, 2008 at 5:22 pm

Relatos de Kolimá de Varlam Shalamov – El Crítico

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Los horrores del siglo XX han dejado atrás un género literario propio, un género que habla del mal absoluto, que se plantea el por qué de la supervivencia individual y en última instancia del de toda la raza humana. Los “Relatos de Kolimá”, de Varlam Shalámov, son un claro exponente de un género que también han contribuido a crear novelas como ‘Si esto es un hombre’, de Primo Levi (El Aleph – 1998) o ‘Un día en la vida de Ivan Denisovich’ (Plaza & Janés – 1970) y ‘Archipiélago Gulag’ (Tusquets — 2005), ambos de Alexander Solzhenitsyn.

¿Cómo abordar la crítica de un género de estas características? ¿Se pueden entender obras como éstas como sucesos aislados, desde fuera de la historia? Está claro que si así fuera, si tratáramos a estos libros como si fueran solamente piezas de ficción, quizá fuéramos más capaces de juzgar su valor puramente literario (y no el ético-histórico, que es irrelevante en muchas obras maestras de la literatura); pero estaríamos ignorando el tema mismo que tratan los autores.

En los relatos de Kolimá, el tema es el insoslayable filtro a través del cual existe esta obra. La necesidad que tiene Shalámov de relatar sus experiencias en el GULAG de Kolimá bajo la cruenta dictadura de Stalin es responsable de la génesis, el estilo y el formato del libro. ¿Cómo obviar así el contexto histórico en que se desarrollan los acontecimientos? ¿Cómo no convertirlo en el centro mismo de la lectura?

Varlam Shalámov pasó 17 años en campos de trabajo: Primero por difundir el testamento de Lenin, un documento muy crítico con Stalin (2 años de internamiento), luego por “actividades trotskistas antirrevolucionarias” (5 años) y finalmente por decir de Ivan Bunin que era “un escritor ruso clásico” (comentario que podría parecernos meramente descriptivo pero por el que Shalámov recibió su condena más larga, de 10 años). Conociendo estos datos y sabiendo que incluso llegó a participar en la fiesta del 10º aniversario de la revolución soviética con una pancarta que decía “Abajo Stalin”, cabría esperar una mayor politización en los textos de Shalámov. Sin embargo, éste se centra en las condiciones de los campos de trabajo y traza una biografía del GULAG a través de personas y objetos (así, los relatos se llaman ‘el paquete’, las bayas’, ‘el pan’, la corbata’). La única mención que se hace a Stalin aparece en una descripción de ‘la conspiración de los juristas’: “(…) ya teníamos que entrar, movernos por la enorme habitación con el retrato de Stalin que ocupaba toda la pared, detenernos ante una mesa escritorio de dimensiones descomunales, contemplar la cara pálida y pelirroja de un hombre que se había pasado toda la vida en los despachos, en despachos como aquel”.

Kolimá es un libro de geografías perfectas, donde de un lado, en “la isla”, están los presos, con sus propias normas, hábitos, objetos y comida, poca. Del otro, “el continente”, o el resto de Rusia, un tétrico amasijo inundado de lo que Pynchon llamaría smegma burocrático; y entre ambos el frío y el hambre, como barrera infranqueable. Toda la URSS parece ser un gran purgatorio blanco regido por un sistema arbitrario y cruel. “La Serpantínnaya era la célebre cárcel de instrucción del Kolimá, donde tantos hombres habían caído el año pasado. Sus cuerpos aún no habían tenido tiempo de descomponerse. Aunque aquellos cuerpos, cadáveres de tierras perpetuamente congeladas, siempre se mantendrían incorruptos.” Un enorme purgatorio donde el tiempo no pasa, quizás a causa de esas barreras que todo lo pueden.

El estilo de los relatos es directo, como de crónica, con aliento corto y frases duras. “Había perdido la salud para siempre. Sería un inválido de por vida”. Las intrusiones en la cotidianeidad del GULAG dan lugar a unos finales contundentes, que dejan una sensación de prisa y de vacío. Esta forma de narrar produce cierta descompensación estructural en algunos relatos que no afectan el resultado final, ya que parece que estos se escriben con la idea de que los leamos todos y que unos complementen a otros. No son cuentos que acaban con una idea ni la evolución de un personaje, sino por necesidades más puramente narrativas: Cae la noche, el protagonista es liberado, el narrador consigue pan. Es todo. Porque en Kolimá los personajes no avanzan ni retroceden, sino que se adentran en una espiral deshumanizadora que Shalámov describe paciente e implacable. “Fue entonces cuando observé un hecho sorprendente: en aquel inacabable esfuerzo resultaban duras e insoportablemente agotadoras sólo las seis o siete primeras horas. Después perdías la noción del tiempo y lo único que tu subconsciente controlaba era que no te quedaras helado: sacudías los pues y agitabas la pala, sin pensar ni confiar en nada.”

Los personajes de este libro aparecen y desaparecen, a veces inexplicablemente, dentro de los propios relatos. Shalámov parece decirnos que Alexandr Yevguénievich, Fadéyev y todos los demás estuvieron allí, con él. No sufrieron ninguna epifanía, ni iluminación, ni nada. Simplemente sufrieron. El narrador a veces ofrece datos sobre sí mismo y otras veces no, y a menudo vemos la 1ª persona del plural explicando el destino de ese grupo de personas que se morían “tan lentamente que habían dejado de comprender que se estaban muriendo”. O como Andréi Fiódorovich Platónov, “guionista en su primera vida, (…) murió como mueren muchos: levantó el pico, se tambaleó y cayó de bruces contra las rocas.”

Varlam Shalámov se retractó de todo lo narrado en sus relatos de Kolimá en 1972, presionado por el gobierno de Leonid Brezhnev. Aún así murió desahuciado a causa de su salud deteriorada en 1982, sin ver su libro editado en la URSS, algo que sólo ocurriría bajo la Glásnost de Gorbachev 5 años más tarde. Ahora en España la editorial Minúscula, en una excelente edición, nos ofrece la primera parte de las 6 que componen la obra de Shalámov. Un libro que merece ser recordado tanto por su valor humano e histórico como por su categoría de obra cumbre de la literatura.

Fuente: El Crítico

Written by pursewarden

febrero 15, 2008 at 5:30 pm