Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

Archive for the ‘Artículos musicales’ Category

John Cage: Lo más lento posible – Letras Libres

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Se celebró el viernes en la Iglesia de San Burchard de Halberstadt un cambio de acorde en la composición de John Cage As slow as possible. Se trata de una pieza para órgano que se lleva tocando en una iglesia alemana desde 2001 y que durará hasta el año 2639. Los cambios de acorde – como la del viernes – se pueden producir con una diferencia de unos meses o de varios años, y son verdaderos acontecimientos. Aunque se puede reservar online para asistir a un cambio de acorde, no hay ninguna plaza libre hasta el 2091.

Hace trece años, el organista sueco Hans Ola Ericsson y el compositor alemán Jacob Ullman idearon la representación de As slow as possible, montando la maquinaria para que un órgano pudiera mantener un sonido constante durante 638 años y buscando un lugar ideal para la representación. Lo encontraron en la Iglesia de San Burchard del pueblo alemán de Halberstadt, que tras unos gloriosos comienzos templarios y posteriormente cistercienses, vivió una serie de infortunios – que incluyen 3 inundaciones, varios fuegos, rapto y asesinato de monjas en la Guerra de los 30 Años y la secularización forzosa de Napolén – que culminaron en la transformación en porqueriza que llevaron a cabo los comunistas tras la Segunda Guerra Mundial.

Recuperada la iglesia, la representación comenzó con una pausa de dos años, algo propio de la música de Cage, quien definía la música diciendo que su material “es sonido y silencio. Integrar estos elementos es componer”. Hasta tal punto llegaría su interés por el silencio que en 1952 compondría la célebre obra 4’33’’, en la que se mantiene un silencio de 4 minutos y 33 segundos. En sus silencios, como en sus notas mantenidas ad infinitum, Cage pretende que el público descubra alguna cosa. No algo que esté, ciertamente, dentro de la obra, sino dentro de ellos mismos: la obra es el espacio ritual que permite este descubrimiento.

Así, los multitudinarios eventos que se forman para presenciar un cambio de acorde en As slow as possible no podrían estar más alejados de la estética de Cage, aunque sí estarían directamente relacionados con su sentido del humor juguetón. Pero el alma de la obra, por así decirlo, se encuentra en todos esos días en los que no hay un cambio de acorde, sino que un sonido constante emana de la Iglesia de San Burchard, recordando a las Isocrátimas (notas graves que acompañan una melodía de música bizantina) o los cuencos tibetanos, cuyo sonido prolongado invita a la meditación y hasta al trance.

Aunque Cage mismo se negaría a invitar a nada en particular. Él defendía el aburrimiento como principal estimulante del genio. ¿Qué puede haber más aburrido que un silencio prolongado o una nota que dura varios años? Inmersa en ese tedio, la mente comienza a vagar, y en tal estado puede dar con alguna ocurrencia genial. O nos daremos cuenta de algo diferente: “Si algo resulta aburrido tras dos minutos, pruébalo durante cuatro minutos. Si sigue siendo aburrido, durante ocho. Luego dieciséis. Luego treintaidós. Antes o después uno descubre que no es en absoluto aburrido.” Habla de descubrir la esencia del silencio y del ruido.

Lo que otros consideraban ruido, Cage creía digno de ser escuchado, asegurando que cualquier sonido resulta fascinante si se presta la atención adecuada. El sujeto pasivo puede pasar a ser activo ante el el estruendo de una fábrica, con sus ritmos escondidos; o en una representación del 4’33’’, en la que el oyente se dará cuenta que ese supuesto silencio es en realidad inexistente porque queda el movimiento de una silla, la respiración, el latir del corazón.

Preguntado uno de los organizadores por el sentido de la obra, responde: “No significa nada, simplemente está allí”. La respuesta resulta muy adecuada tratándose de una obra de Cage, a la que tendrá que otorgar un sentido cada miembro del público. Éste irá desde el desprecio hasta la apreciación por el original uso que hace el compositor de su material, pasando por una ocurrencia cualquiera que florece en un momento de aburrimiento de los muchos que disfrutaremos hasta el próximo cambio de acorde en julio del año que viene.

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Los Grandes de la Copla de Manuel Román, en Libertad Digital

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Repaso indispensable a la historia de la copla

Manuel Román ha publicado un estudio de la copla monumental, completísimo y no por ello menos entretenido. Una obra esencial para aficionados y curiosos de la canción española.

‘Los Grandes de la Copla’ se publicó por primera vez en 1993, pero la edición que hoy nos ocupa ha sido corregida, aumentada y puesta al día. Desde los primeros pasos del cuplé hasta nuestros días, Román traza un retrato de los protagonistas del género, de Imperio Argentina a Isabel Pantoja pasando por todas las leyendas: Conchita Piquer, Antonio Molina, Lola Flores, Imperio de Triana o Rocío Jurado. Esto no le impide repasar la trayectoria de intérpretes menores y sobre todo de ser capaz de dibujar la relación entre la copla y otros ámbitos de la vida española.

Así, el lector podrá repasar la relación entre la copla y otros géneros musicales, como el flamenco, la rumba o la música sinfónica, repasando la biografía de Peret y tratando a compositores como Albéniz o Granados; entre la copla y la poesía, haciendo Lorca, Alberti y otros su aparición en estas páginas; entre la copla y el cine, ya que se tratan extensamente los trabajos cinematográficos de varios intérpretes de la canción española; entre la copla y los toros (Román también es autor de un libro específico del tema, titulado ‘La Copla y los Toros’); y sobre todo entre la copla y la política. En este sentido, quizá lo más interesante sea ver cómo tanto Franco como Negrín, los políticos del régimen y los exiliados republicanos disfrutaban por igual de la canción española, ya fuera de Celia Gámez o de Miguel de Molina.

Román escribe como habla, lo cual como sabe cualquier oyente de su programa esCopla, es un elogio. El lector puede disfrutar de su estilo directo, claro y castizo, que recuerda a escritores como Díaz Cañabate, y de su particular prosodia, muy oral, como decimos. Gracias a este estilo dota a la narración de una agilidad que invita a no dejar el libro ni un momento, y las casi 500 páginas con las que cuenta no se le harán pesadas al lector: todo lo contrario.

Dividido en 12 capítulos cronológicamente ordenados, el libro hace un estudio de la copla a través de sus protagonistas, con apuntes biográficos y artísticos de estos. Y aunque Román no es enemigo de tratar las controversias y rencillas entre artistas, es encomiable su alergia al amarillismo y su manejo respetuoso de algunos conflictos sonados.

Lógicamente, son los capítulos iniciales y centrales los más luminosos del libro, mientras que los finales tratan un género en decadencia. Como dice el propio autor: “Tres cuartos de siglo cumplirá pronto la copla. No hemos de quejarnos si hoy suena, a veces, con otros ecos diferentes a los de su nacencia. La vida sigue y hay que condescender a veces con los nuevo tiempos. Lo importante es que no se apague nunca la llama de este género tan español como popular”.

El libro viene completo con una selección discográfica y una bibliografía básica, aunque se echa de menos, y mucho, un índice onomástico. Pensamos que es éste el requisito que le falta a ‘Los Grandes de la Copla’ para ser un libro definitivo, aunque confiamos en que una nueva reedición subsane este detalle y nos brinde un estudio, ahora sí, incontestable. De lo que no cabe duda es que este trabajo contibuirá de forma decisiva a mantener viva esa llama a la que hace referencia Román.

Versión no editada del artículo aparecido en Libertad Digital.

Una breve historia de los crooners soviéticos – Letras Libres

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Cuando un planificador central lo controla todo, como sucedía en la URSS, tiene que ocuparse no sólo de temas económicos, sociales y políticos, sino de algunos mucho más graves. Del ocio, por ejemplo. La intelectualidad marxista de Europa occidental se hartó en su día de ensalzar a los grandes directores de cine y al puñado de escritores y compositores que dio la Unión Soviética. Pero no siempre iba a vivir el proletariado de Eisenstein, Gorki o Prokófiev. Porque, no nos engañemos, estos artistas gustan más al intelectual progre que al obrero medio, que tras un duro día de asemblar piezas para el Zaporozhet, previsiblemente no tendrá el estómago de soportar las tres horas de metraje de Solaris. Estados Unidos, el otro actor en la escena del imperio mundial por aquellos días, libró a sus dirigentes, mediante el libre mercado, de tener que planificar el asueto de sus conciudadanos. Estos, a pesar de profesores y estudiantes de universidad, eligieron ignorar a John Cage y Steve Reich mientras se despiporraban en los conciertos de grandes crooners como Frank Sinatra, Dean Martin o Nat King Cole.

El sino de Rusia en ese siglo XX fue darse cuenta tarde de que tenía que seguir el camino, a su manera y a su pesar, que iba marcando Estados Unidos. El régimen comprendió que no podía alimentar las ansias de recreo de su masa de asalariados con sinfonías de Shostakovich. Así, comenzó a organizar festivales de canto en los que se adaptaba el estilo crooner occidental a temas soviéticos, con algún toque regional según el lugar de procedencia del intérprete. Ejemplo de esto es el nuevo fenómeno viral en internet protagonizado por el crooner Eduard Khil, de ya casi 80 años. El vídeo en cuestión muestra a Khil interpretando en la televisión soviética su tema Я очень рад, ведь я, наконец, возвращаюсь домой (“Me siento dichoso, ya que por fin regreso al hogar”) y ha recibido varios millones de visitas en Youtube.

El propio Khil explica que originalmente, él y su compositor habían escrito una letra para la canción, que al final no desvelaron por miedo a la censura. De allí los extraños arreglos vocales y el rebautizo que ha hecho la comunidad 2.0 de la canción: “Trololo”.

Khil, desde hace unos meses el crooner soviético más famoso del planeta, no siempre ha disfrutado de este lugar de preferencia. Ese honor lo mereció antes Georg Ots, crooner estonio sobre el que se produjo un biopic que se estrenó el año pasado. Los productores, estonios y rusos, esperaban con este film mejorar las relaciones entre ambos pueblos, tensas desde la caída del muro y la independencia de Estonia. Ots, que sigue estando entre los artistas más vendidos, no sólo de Estonia, sino también de Finlandia, murió en 1975, víctima de un cáncer. Su carrera, que comenzó como intérprete de ópera en el Bolshoi, y que pasó también por el cine, está marcada por la búsqueda de las raíces musicales del folk estonio y ruso. Tal es su popularidad, que científicos rusos le pusieron su nombre a un planeta. Su voz, a pesar de ser considerado “el Sinatra soviético”, es mucho más académica y grave que la del italo-americano, y algo menos expresiva.

Más comunicativa, procedente del jazz y el pop, es la voz de Muslim Magomayev, como se puede apreciar en esta versión de “My Way”. Beneficiado con el título de más lustro de su país, Artista del Pueblo de la URSS, Magomayev también compuso la música de varias bandas sonoras de películas soviéticas y disfrutó de un gran éxito en el teatro Olympia de París a finales de los años sesenta. La Francia del 68, en los albores del antiamericanismo, se entusiasmaba con los rivales de Sinatra. Magomayev vendió 4 millones y medio de copias de su disco y acudió a Cannes para recibir un disco de oro. Varias casas discográficas occidentales le hicieron ofertas, pero el Ministerio de Cultura le negó el permiso, aduciendo que Magomayev tenía que regresar a la URSS para cantar al pueblo ruso. Regresó a Moscú en 1969, sin contrato, y murió en 2008 en su apartamento.

El único crooner soviético que ha rivalizado con Muslim Magomayev y Georg Ots, no sólo en popularidad, sino por el título de “Sinatra soviético”, es Iosif Kobzon. Nacido en Ucrania, llegó a cantar frente a Stalin, y aunque fue expulsado del Partido Comunista en 1983 por interpretar canciones judías, se mantuvo leal al régimen. Prueba de ello es que fue la primera celebridad en acudir a Chernobil para animar a la población, a la que brindó un concierto gratuito. Tras la caída del muro siguió su compromiso hacia la madre patria. Ha sido elegido parlamentario de la Duma ininterrumpidamente desde la caída de la URSS, a pesar de haberse enfrentado a acusaciones, como Sinatra, de mantener un trato demasiado amistoso con la mafia de su país. Kobzon, como Sinatra, se defendió diciendo que él cantaba para quien le pagara, sin importar a qué se dedicara. En 2002 negoció con terroristas chechenos durante la crisis de los rehenes en un teatro de Moscú, consiguiendo la liberación de cinco de los capturados. Y al igual que Ots, un homenaje luce para él en el firmamento, en la forma del asteroide 3399 Kobzon. Su voz, grave y operística como la de Ots, consigue sin embargo ser más conmovedora y melosa; a pesar de su actividad política, sigue desplegándola para sus admiradores varias veces al año.

Eduard Khil, nuestro héroe viral, ya ha tenido ofertas para irse a dar conciertos en los Estados Unidos. Confiesa que su mujer es reticente, ya que para ella aquel país sigue siendo el enemigo Número Uno. El gobierno ruso ya no se pronuncia, por supuesto. Pero a su edad, es posible que se le haya pasado el momento de dar el salto. Confiesa que ya pocas veces es capaz de cantar su “Trololo”, técnicamente muy complejo. Él es de los pocos crooners soviéticos que quedan ya, perteneciente a un país y una época sin régimen y con una fama que resurge hacia el final de su vida. Khil se toma su fama crepuscular con humor y dice disfrutar de la publicidad que reciben sus conciertos gracias a una canción “optimista”. “Cada país, y cada ser humano, entiende esta canción de forma diferente,” dice Khil, que ha pedido a sus seguidores que le envíen propuestas para poner al fin letra a “Trololo”. Y promete que, aunque le cueste, cantará la nueva versión y la colgará para deleite de sus seguidores en ese mundo abierto que es internet.

Fuente: Letras Libres