Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

El puño invisible de Carlos Granés, en Libertad Digital

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Paseando por París hace unas semanas, vi en una galería de la rive gauche una pequeña escultura de un superhéroe crucificado. Diseñada para escandalizar, tuvo en mí otra reacción muy diferente: tratar de recordar todas las variaciones de la crucifixión que me había ido encontrando en obras pretendidamente artísticas a lo largo de mi vida.

Cantantes de pop en la Cruz, televisores en forma de cruz, cruces con signos del dólar, osos de peluche crucificados… Innovar resultaría laborioso en el mundo del artista contemporáneo y blasfemo. Menos mal que no se trata de ser original, sino de “remover conciencias” y transmitir una imagen benévola de cualquier minoría más o menos pintoresca.

Este proceso, el que media entre hacer un arte acerca de lo inefable y otro con “mensaje” (Billy Wilder les mandaría a la oficina de correos), es el que examina Carlos Granés en El puño invisible.

Nace el nuevo arte como hijo del materialismo, como concepto filosófico y político. Si no hay nada impreciso porque todo se explica mediante las ciencias, tampoco puede haber un arte que hable de lo inconmensurable. Y si la finalidad hacia la que apuntan todas las ciencias es la de hacer la revolución, el arte deberá ponerse también a su servicio. Las vanguardias, pues, beben de las utopías e -ismos (anticlericalismo, comunismo, anarquismo, republicanismo…) hasta el punto de adoptar la misma nomenclatura: surrealismo, letrismo, situacionismo.

Pero la revolución fracasa, y tras la Segunda Guerra Mundial el mundo del arte vanguardista parece pasar a formar parte de lo más marginal de la sociedad: Granés nos explica los vínculos filosóficos o reales entre ciertas escuelas artísticas y los grupos terroristas de extrema izquierda de los sesenta y setenta: Baader Meinhof, Panteras Negras, Weathermen… Estas doctrinas alternativas no consiguen desestabilizar a la sociedad, sino que el mundo capitalista y liberal las absorbe y las convierte en parte del mainstream: Daniel Cohn Bendit se hace europarlamentario; Angélica Liddell recibe 50.000€ de manos de Pedro J. Ramírez por sus histéricas invectivas contra el capitalismo; la organización de los JJOO de Londres elige a un joven de estética punk para promocionar a la ciudad. Rebelarse vende, y el alternativo pasa de ser un apestado a convertirse en un Damien Hirst, una Naomi Klein, un Stéphane Hessel: un multimillonario.

La contracultura ha encontrado su refugio natural en la universidad, donde una pléyade de departamentos de estudios feministas, negros, homosexuales y transgéneros han tenido efectos perniciosos descansando en dos falacias. Primero, que la identidad sea cuestión de la melanina y las hormonas. Para homogeneizar la experiencia de las llamadas minorías, hay que crear víctimas, y los académicos se ponen manos a la obra fabricando un discurso del perseguidor y el perseguido. Segundo, que el arte tiene que mostrar una imagen positiva de un colectivo. Paradójicamente, este tipo de estudios han encontrado una gran fuente de financiación desde el poder, interesado siempre en volcar el apoyo de un colectivo hacia sí mismo.

Del maridaje entre arte contestatario y universidad ha surgido una pantalla que protege y enriquece al incapaz:

“El sentido común advertiría que aquello era simple y mera trampa pero, para suerte de los artistas sin talento. la década de los setenta dejó un lodazal de teorías y conceptos con los cuales legitimar cualquier cosa. (…) La obra está deconstruyendo los estereotipos culturales norteamericanos, por ejemplo. O: es una crítica al concepto de autoría. O: muestra la lógica del simulacro.”

La jerga incomprensible es el único método de presentar ideas incomprensibles. Hubo un premio, tristemente extinto, que se otorgaba a la frase peor escrita por un académico, y que recaía inevitablemente en dignos herederos de Derrida. Valga como ejemplo esta intraducible frase de Judith Butler, profesora feminista y queer:

“The move from a structuralist account in which capital is understood to structure social relations in relatively homologous ways to a view of hegemony in which power relations are subject to repetition, convergence, and rearticulation brought the question of temporality into the thinking of structure, and marked a shift from a form of Althusserian theory that takes structural totalities as theoretical objects to one in which the insights into the contingent possibility of structure inaugurate a renewed conception of hegemony as bound up with the contingent sites and strategies of the rearticulation of power.”

Mientras combatía el consumismo, el sexismo, el racismo y la homofobia, el académico posmoderno ha defendido, cuan teólogo protestante, la santidad de la opinión del individuo; todas ellas tienen el mismo valor. No han conseguido con ello un mundo con más igualdad, sino que la ausencia de juicios han convertido el arte en un vertedero de banalidad, donde un “artista” gana el Premio Turner gracias a una habitación vacía con luces que se encienden y se apagan.

Finaliza el ensayo estudiando las nuevas revoluciones, es decir, el 15-M y similares. Granés señala que se trata del primer movimiento ciudadano burgués, ya que la mayoría de los manifestantes quieren tener las mismas oportunidades que sus padres. Al contrario que los sesentaiochistas, lo que quieren es que nada cambie. Su mantra de que el poder económico no debe dominar al político fue formulado por primera vez por Karl Popper con el objetivo de combatir a Marx: la idea de que el poder económico tome preponderancia sobre el político sólo lo ha defendido él, como base del comunismo, y los anarquistas de mercado o anarcolactantes. Que muchos indignados se autodenominen marxistas no es más que el normal batiburrillo de anhelos y ocurrencias que suelen encontrarse en estos eventos, según nos recuerda Granés, quien los identifica con el hombre-masa orteguiano, cuyo impulso revolucionario sólo es comparable a su odio a las élites cultivadas.

Alabado por Fernando Savater y Mario Vargas Llosa, Carlos Granés ha escrito un ataque al arte y el pensamiento subjetivos que ha resultado merecedor del Premio de Ensayo Isabel de Polanco 2011. Su estilo, que recuerda al de Paul Johnson, se apoya también en premisas sencillas que elabora, apoya con ejemplos y argumenta de forma convincente. Lo que hizo Paul Johnson en política con Tiempos modernos lo ha hecho Granés con el mundo del arte en El puño invisible. El resultado es un ensayo bien hilado, sugerente y que consigue ordenar y plasmar la sensación de perplejidad que dejan ciertas obras contemporáneas en el sufrido espectador.

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