Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

Archive for the ‘El Crítico’ Category

Viaje a Rusia de Joseph Roth – El Crítico

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“Te habrás dado cuenta ya que estamos derivando hacia grandes catástrofes. Aparte de las privadas – nuestra existencia literaria y financiera ha sido destruida – todo lleva hacia una nueva guerra. No apostaría nada por nuestras vidas. Han establecido un reino de barbarismo con éxito. No te engañes. El infierno reina.”

Tales eran las proféticas palabras que escribía Joseph Roth a su amigo Stefan Zweig en 1933, seis años antes de morir. Representan el estado de ánimo de un hombre cansado y decepcionado. Cansado porque nunca llegó a conseguir el éxito como novelista de, por ejemplo, Zweig, y decepcionado tras observar el fracaso tanto de las democracias occidentales como del socialismo. Fue la falta de éxito que le obligó a continuar escribiendo artículos durante toda su vida en lugar de poder centrarse en sus novelas, y fueron estos artículos los que le llevaron a emprender su viaje a Rusia en 1926, enviado por el Frankfurter Zeitung.

Roth llegó a Rusia con vago entusiasmo por la Revolución, un optimismo del que ya se habían desprendido otros intelectuales occidentales como Walter Benjamintras haber realizado sus propias expediciones al país soviético. Los primeros artículos de Viaje a Rusia muestran ese entusiasmo a cuentagotas (El Frankfurter Zeitung no era precisamente de ideología bolchevique), con una verdadera vocación de imparcialidad. Aunque Roth critica pequeñas miserias de la vida diaria de los rusos, ensalza la energía y las buenas intenciones del nuevo sitema político, y sobre todo el buen trato que por esa época aún se le brinda a los ciudadanos judíos. Hay un sólo país en el mundo en el que Roth ve una vitalidad y una tolerancia comparables a la soviética: los Estados Unidos.

Pero con el avance de la crónica, se despliega la tesis central del viaje de Roth: que la desaparición de la antigua clase privilegiada ha dado lugar a una nueva burguesía. La Nueva Política Económica de Lenin está deshaciendo los principios de una revolución que de otra manera estaría en la bancarrota. Enemigo de la burguesía, por la que sentía desprecio, Roth vuelve de Rusia y da una devastadora conferencia sobre el país, incluida en la presente edición: “Tras el terror de la Revolución activa – rojo, extático, sangriento – sobrevino, en Rusia, el terror de tinta de la burocracia, sordo, tranquilo, negro. Se podría decir: “A quien Dios le da un cargo en Rusia, le da también una psicología burguesa”.” Así, llega a declarar que la Revolución Rusa no es una revolución proletaria, sino burguesa, y confiesa a Benjamin que aunque había llegado a Rusia como un bolchevique convencido, se marchaba como monárquico.

Los capítulos del libro, correspondientes a cada artículo, tratan temas que empiezan por los exiliados de Rusia (“El príncipe ruso que hace de chófer en un taxi parisino conduce directamente rumbo a la literatura. Su destino puede ser horrible, pero es literariamente aprovechable”) y que pasan por el sexo (“en Rusia el pecado es tan aburrido como entre nosotros la virtud”), la iglesia (“el Día de Elías, quien, según la creencia de los campesinos, tiene la facultad de decidir sobre la tormenta y el rayo, todavía se celebra en la nueva Rusia de forma oficial, si bien con el nombre del Día de la Electrificación”), la mujer (“Es reaccionario hacerla únicamente libre, sería revolucionario hacerla libre y bella”) o la censura (“Tan solo de los escritos de Lenin es posible extraer un sinnúmero de consignas de gran efecto acústico. […]Poco a poco, el lema se va aferrando al cerebro y sustituye al argumento”).

Resulta loable el esfuerzo por mostrarlo todo, por hablar de todos los temas sin pudor ni una agenda política definida a priori. La crónica informa con sinceridad de la situación social y política del momento, divierte y a veces, conociendo eventos históricos como el genocidio ucraniano o la persecución de los judíos, hiela la sangre. Por ejemplo: “En Rusia, de entre todos los postulados de la democracia y del socialismo, el referente a la igualdad de derechos de las minorías nacionales se ha llevado a cabo de forma brillante y modélica”.

Sean cuales sean las interpretaciones de Roth, los textos de Viaje a Rusia están escritos con el estilo cuidado y evocador, y la sensibilidad para el detalle que caracteriza a sus novelas. En Astracán hay “helados que destellan bajo una oscilante lámpara de arco, frutas y mazapán visibles tras nupciales velos de gasa. Yo rogaba que se calmara la plaga de polvo. Al día siguiente, Dios envió un aguacero. El techo de mi cuarto del hotel, acostumbrado al polvo, al viento y a la sequedad, se cayó al suelo espantado.”

Recientemente hemos podido ver cómo Acantilado ha publicado “La rebelión” y “Judíos errantes”. A la vez, Minúscula editaba “Crónicas berlinesas” y “Viaje a Rusia”. Éxito, al fin, para Roth.

Fuente: El Crítico

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septiembre 9, 2008 at 5:30 pm

Daniil Kharms, escritor perseguido por Stalin – El Crítico

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Daniil Kharms representa una reacción al estalinismo diametralmente opuesta a la del premio Nóbel recientemente fallecido Aleksandr Solzhenitsyn. Mientras que éste se dedicó a reunir una crónica de los acontecimientos en su Magnum Opus, Archipiélago Gulag, en un esfuerzo consciente de relatar, denunciar y en último término, dar esperanza, Kharms murió en 1942 el psiquiátrico Número 1 de la prisión de Leningrado, hambriento y enloquecido. Una lectura de sus relatos frente a los de otros escritores en su época y situación, como Shalamov o el ya mencionado Solzhenitsyn, clarifican lo poco que puede llegar a sorprender que ellos sobrevivieran al estalinismo mientras que él no lo consiguiera.

Es inimaginable pensar en un iconoclasta como Kharms convertido en un sí mbolo como Solzhenitsyn, y su relego al olvido (no ha sido editado en España más que en catalán, por Edicions de 1984) es muy acorde con una vida y una escritura sin concesiones, excesiva, sin un solo indicador del deseo de posteridad. Se podrí a decir que Kharms es uno de esos individuos que son inevitablemente los primeros en ser eliminados bajo sistemas polí ticos autoritarios (uno piensa en Sakharov), condenados en condiciones óptimas a ser vistos como raros y amablemente tolerados. Ya en 1924 fue expulsado del Electrotechnicum de Leningrado por “falta de participación en actividades sociales”, y su conducta irracional le valió la consideración de loco oficial en el circuito literario de la ciudad.

Poco a poco, su situación fue empeorando. Fue arrestado como parte de un grupo de “escritores de literatura infantil antisoviéticos” (tuvo gran éxito con sus cuentos para niños) y sus escritos fueron utilizados para incriminarle. Su lógica absurda y su negativa a inspirar valores sociales a través de sus escritos le condenaron como corruptor de la infancia. Sus relatos, siempre breví simos, recogen situaciones absurdas y frecuentemente violentas narradas sin ninguna pretensión estilí stica. Buscan lo fragmentario, el devenir cotidiano en el que uno se implica y se desentiende a los pocos segundos. Así , su obra debe leerse como una entidad donde la unidad y la totalidad tienen el mismo sentido, cuentan lo mismo, y es la acumulación la que, como en un sistema de John Cage, modifica la reacción del receptor.

En “La historia de los hombres que luchaban”, Aleksey Alekseyevich y Andrey Karlovich están en plena pelea. El improbablemente llamado Alekseyevich:

“Cayó al suelo, lo que aprovechó Andrey Karlovich para sentarse a su lado, sacarse la dentadura de la boca y darle a Aleksey Alekseyevich tal repaso con ella que Aleksey Alekseyevich se levantó del suelo con la cara completamente mutilada y la aleta de la nariz desgarrada. Sujetándose el rostro con las manos, Aleksey Alekseyevich se fue corriendo.

Así , Andrey Karlovich se masajeó la dentadura, la insertó en su boca con un clic y, habiéndose satisfecho del emplazamiento de sus dientes miró a su alrededor, y, no viendo a Aleksey Alekseyevich, se fue en su busca.”

El relato termina allí, sin clarificar jamás por qué peleaban ambos personajes ni qué sucederá luego. Las situaciones que presenta Kharms no están nunca justificadas por un contexto, sino que parecen siempre narradas, con una rigurosa objetividad, por observadores externos. La perplejidad que podría causar una escena así no se detalla, sino que Kharms permite al lector experimentarla por sí­ mismo.

No es exactamente asombro ante lo cotidiano, sino más bien extrañamiento. Se trata también de estrechar los lí mites de lo diario, exagerando la falta de consecuencias de los actos o donde la manera de narrar un acto causa que éste tome otras dimensiones. Por ejemplo, en “Un Linchamiento”, una multitud escucha a un orador exponer las ventajas de sustituir un parque por un rascacielos, y está de acuerdo. Al final del acto, la multitud le arranca la cabeza a un hombre de mediana altura que le hace una pregunta al orador, antes de marcharse a casa satisfechos. O en “Un Encuentro”, donde dos hombres se encuentran por la calle y “eso es todo lo que hay que contar”.

No debe sorprender esta ruptura de las consecuencias: Como hemos dicho, Daniil Kharms es un clásico de la literatura infantil en Rusia. Su literatura para adultos, salvo por su extrema violencia, se basa en los mismos principios que los cuentos infantiles, es decir, introducir elementos fantásticos o exagerados en la realidad. El hecho de que la realidad sea la Rusia soviética, modifica los hechos fantásticos que puedan aparecer en la narración. Ambos elementos están conectados.

Podemos encontrar asimismo excelentes ejemplos de sátira a lo largo de las narraciones. En “Lo que venden en las tiendas estos dí as”, un personaje mata a otro golpeándolo con un pepino gigante. En lugar de referirse a la violencia, Kharms exalta el tamaño de los pepinos que se venden en Rusia. Este tipo de razonamiento espectacular no le era ajeno al estalinismo (ni a ningún gobierno soviético), y Kharms lo recoge con un ejemplo de su humor salvaje.

Ciertamente, la calidad literaria de Daniil Kharms palidece en presencia de la de sus compatriotas, tan bien representados en el Olimpo de los escritores. Kharms representa valores extremos, los mismos que algunos maestros como Céline oPhilip K. Dick y que otros de menos envergadura, como BukowskiPalahniuk. Como “outsider”, Kharms no tiene precio, y su lectura resulta interesante aunque irrite con su falta de concesiones incluso al lector más curtido. Y es que leer a Daniil Kharms debe ser como un paseo por el Leningrado soviético: enajenante, incómodo y en última instancia, lleno de absurdos. Puede que Kharms sea, en última instancia, un escritor más realista de lo que parece.

Finalmente, el único colectivo con el que Kharms mostró un compromiso firme fue OBERIU, la organización absurda de artistas y escritores, integrada también por Konstantin Vaginov, cuya última novela, Harpagoniana, fue confiscada y destruida por las autoridades, Nikolay Zabolotsky, que pasó 7 años en Siberia, y Alexander Vvedensky, acusado de introducir mensajes antisoviéticos en su poesí a fonética y enviado a Siberia. Murió de disenterí a antes de llegar. Teniendo en cuenta el destino de los miembros de OBERIU en general y de Kharms en particular, la lectura de un relato como “El destino de la mujer de un profesor” cobra un tenebroso sentido:

“De pronto una llamada al timbre. ¿Qué es eso? Algunas personas entran y dicen — Vámonos.

— ¿Dónde? — la mujer del profesor.

— Al manicomio — responden.

La mujer del profesor empezó a gritar y a resistirse, pero las personas le agarraron y se la llevaron al manicomio(…). La mujer de este profesor es meramente un penoso ejemplo de cuántos desafortunados hay en la vida que no ocupan la posición que deberían de ocupar”.

Pero también nos recuerda que si el gobierno soviético no tuvo ninguna compasión por Kharms, Kharms tampoco tuvo ninguna compasión por el gobierno soviético.

Fuente: El Crítico

La literatura de Corea del Norte

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Casi nada se puede decir de la literatura del país más totalitario del planeta, de donde no nos llegan sino retazos ocasionales de algo que no es información, sino anécdotas o imágenes kitsch de culto al líder. Corea del Norte, donde hasta los viajes de extranjeros están organizados por el gobierno, es la gran incógnita de nuestra sociedad de la información. No han sido pocos los esfuerzos de occidentales por conocer algo del país, pero dadas las circunstancias, la mayor parte de ellos han chocado contra la prohibición o la propaganda. De los pocos ejemplos que hemos podido encontrar, destacan la novela gráfica “Pyongyang”, del canadiense Guy Delisle (publicada en España por Astiberri, 2005), en la que se narra de forma autobiográfica un viaje a la capital de Corea del Norte, y el documental “Welcome to North Korea”, de los cineastas holandeses Peter TetterooRaymond Feddema, que ganó el Emmy en su categoría en 2001. Ambos son intentos de conocer algo, de comprender, pero generalmente no consiguen más que ofrecernos sospechas o intuiciones de lo que sucede bajo el régimen de Kim Jong-il.

En cuanto a la literatura del país, aprendemos sin sorpresa que todo lo que allí se publica se hace a través del gobierno, especialmente en la revista literaria “Chosôn Munhak”, la más importante del país. Gracias al trabajo de Stephen Epstein, profesor de estudios asiáticos en la universidad de Victoria (Nueva Zelanda) y aHa-yun Jung, escritora y traductora surcoreana, conocemos un poco de la literatura que allí se hace. El trabajo de ambos puede encontrarse en la revista digital “Words Without Borders”, que en los últimos años se ha dedicado a dar a conocer literatura internacional (para ellos, que no esté en inglés), centrándose en la medida de lo posible en los países que George W. Bush calificó como “eje del mal”: Irán, Irak y Corea del Norte. También han publicado recientemente traducciones al inglés de Rubén DaríoAntonio Muñoz Molina.

¿Quiénes son los autores más importantes de Corea del Norte? Por haber conseguido una mínima relevancia fuera de su país, habría que destacar a Hong Sok-chung, autor de la novela “Hwangjini”, único libro importado oficialmente a Corea del Sur y que fue un éxito de crítica y público, llegando incluso a ganar un importante premio literario en ese país. Esta difusión fue posible por tratar el libro un tema histórico – la vida de Hwang Jin-i, una legendaria kisaeng (similares a las geishas del Japón) coreana del siglo XVI, famosa por su belleza, inteligencia y habilidad escribiendo sijos, breves composiciones poéticas de carácter bucólico o metafísico que se estructuran siempre de la misma manera: presentación del tema – elaboración – conflicto – resolución. Reproducimos dos de los sijos más importantes de Hwang Jin-i a continuación:

Si pudiera capturar la esencia de esta profunda noche invernal
Y doblarla suavemente en la bocanada de una colcha de luna de primavera,
Después abrirla con ternura en la noche del regreso de mi amado.

Respetable Byuk Kye-Soo, no alardees de marcharte tan pronto.
Cuando salgas al mar, será difícil el regreso.
La luna llena y brillante sobre la montaña vacía, qué te parece quedarte aquí a descansar.

A pesar de que existe poca evidencia histórica de la existencia de Hwang Jin-i, es un icono cultural en el Norte, y gracias a la novela de Hong Sok-chung, ahora también en el Sur. Tanto es así que el año pasado se rodó una película surcoreana basada en su libro. La necesidad que tiene el régimen de Kim Jong-il por presentar a sus ciudadanos una cultura propia, diferenciada de la de sus vecinos del sur, hace que se espolee la creación de este tipo de obras historicistas que se apropian de figuras coreanas para la causa. Pero más allá de este bestseller y otros ejemplos del género de la novela histórica, la información se vuelve aún más exigua. Existe una extraña web con dirección de contacto en Canadá llamada North Korea Books (www.north-korea-books.com), que ofrece libros norcoreanos traducidos al inglés y publicados por dos editoriales: Kum Song Youth Publishing House, de la que no se encuentra prácticamente información en internet, y Foreign Languages Publishing House, una editorial de Corea del Norte que se dedica a la difusión de obras de su país y de la Rusia soviética en el extranjero. Sin embargo, la información disponible en la red tampoco es muy aclaratoria. Vemos, eso sí, que las novelas que se traducen al inglés son siempre anónimas, salvo las supuestamente escritas por Kim Jong-il y por su padre, Kim Il-sung. Entre ambos, oficialmente han escrito varios miles de libros.

Los autores norcoreanos aún en activo que se conocen, aparte de Hong Sok-chung, son sólo tres: Kim Byung-hunKim Hong-ikHan Ung-Bin. No existe información biográfica de ninguno de los tres, pero sí existen versiones en inglés de sus relatos, traducidos por Ha-yun Jung y Epstein. ¿Cómo podemos realizar su crítica? Epstein indica que el análisis de la literatura de Corea del Norte “casi invariablemente comienza con discusiones sobre su relación a las políticas del arte oficial, ya que más que en cualquier lugar del mundo la producción artística está sumergida por directivas que vienen desde arriba. El régimen proclama con entusiasmo que su arte no sirve para el entretenimiento sino para la ideología, y que sus autores, en una frase notoria que Kim Il-sung tomó prestada de la Rusia soviética de los años 30, deben ser “ingenieros del alma”. Los estudios de literatura norcoreana en occidente son escasos y sus enfoques centrados en la relación con el desarrollo de la ideología Juche y el culto a la personalidad de Kim ha excluido en ocasiones un análisis detallado de textos individuales. Hasta los estudios más frecuentes provenientes de Corea del Sur que tratan trabajos en profundidad tienden a utilizarlos primordialmente como vehículo para comprender a la sociedad de la RPDC más que para examinar cómo funcionan literariamente. No sorprende quizás que en general una mala evaluación de la calidad de la literatura de la RPDC también haya contribuido a la escasez de análisis detallado: Kwon Young-min, por ejemplo, se queja de que las directrices oficiales establecidas por la teoría del arte y la literatura Juche han eliminado la creatividad individual”.

Nosotros queremos darle otro giro basándonos en una pregunta que se hace Tetteroo en su documental: ¿Verdadero o falso? Esta incógnita se puede aplicar a todos los aspectos de la vida norcoreana. ¿Son los escritores de ese país críticos con el régimen, o no? ¿Hay sutilezas en sus textos que los censores no detectan? ¿Está la política tan omnipresente en la literatura como cabría sospechar? Desde luego no parece así cuando se lee un relato como “Deseos de buena fortuna”, de Han Ung-bin. La historia trata de un hombre que viaja al pueblo de su esposa para hacer de celestina de su nuera. Con un tono intimista, chejoviano (si algo ha llegado a Corea del Norte han sido los rusos), el relato comienza con un diluvio: “Rápidamente me cobijé bajo un árbol al lado de la carretera, que me mantuvo seco durante un rato, pero con el paso de los minutos, sus hojas se llenaron de lluvia y comenzaron a echarme agua encima una tras otra.” Pero la influencia de la primera literatura coreana, de origen chamánico y también budista, no sólo se aprecia en pasajes como éste. También: “El silencio era más difícil de soportar para mí que la conmoción. El ensordecedor rugido del viento y el arroyo del valle parecían ahondar en el silencio, haciéndome sentir como si mi propia existencia se hubiera convertido en parte del viento o el agua, sin la habilidad del lenguaje.”

Las voces de los demás personajes se oyen a lo lejos. Es ésta una historia solitaria y orgánica, hecha de agua y de barro. Ni una referencia al régimen, todo lo contrario que en el relato “Segundo encuentro”. Aquí, un guía para extranjeros nos narra un encuentro que tuvo con un periodista cuya procedencia no se llega a mencionar. A pesar de abusar del diálogo, el cuento está muy bien estructurado y hace una crítica tan buena del gobierno como de los extranjeros “salvadores”. Así, mientras la tesis del relato parece claramente marxista, la aparición de un amigo de infancia del protagonista es la clave encubierta de la historia. El narrador recuerda una inspección que se llevó a cabo en su colegio:

“Al final del encuentro, “mi amigo” se estaba durmiendo y uno de los inspectores se dio cuenta. – No dormiste bien anoche, hijo? – (…)
– No señor, no dormí bien.
– ¿Y por qué es eso?
– Estaba recogiendo la clase.
– ¿Que tipo de limpieza estabas realizando que tardaste toda la noche?
Su respuesta nos vertió agua helada por la espalda.
– Porque nos dijeron que venían a inspeccionarnos.” El extranjero, que hace demasiadas preguntas, no debe hablar con el amigo de infancia. Las razones están claras. Eso sí, el narrador se refiere a su amigo como un tonto, un hombre simple que no sabe lo que puede y no puede ser dicho. De esta forma, el tonto también se lleva la reprimenda de su jefe: “¡No te hagas el inocente! Estábamos a mitad de la primera prueba exitosa de nuestro sistema automático, y tú dices que si yo hubiera dado mi visto bueno antes, podría haber sucedido hace 3 meses. ¿No te quedas a gusto a no ser que estropees cada ocasión con ese tipo de comentarios?
Mi amigo pestañeó con violencia. – ¿Por qué es eso un insulto? Se me pasó por la cabeza y era verdad…”.

Verdad, la palabra clave. Lo verdadero y lo falso. El que dice la verdad es tratado como un paria. El problema es que nadie quiere conocerla, y mucho menos el periodista extranjero, demasiado preocupado por encontrar fallos superficiales en el sistema que es incapaz de ver los más profundos: “Ahhhhh- El largo sonido emitido por mi compañero reflejaba no admiración, sino una considerable decepción por la posesión de mi amigo de un trabajo y una casa.” Por lo demás, el cuento relata con sorprendente franqueza la diferencia entre la buena situación económica del país en los 80 y la crisis de los 90, y lo hace a través del optimismo de su narrador, cuya esperanza es que regresen los buenos tiempos, en los que la URSS financiaba el país. De cómo podría suceder esto, no se nos da ninguna pista. Al final del relato, en el que hasta el periodista ha declarado su admiración por Corea del Norte en un periódico, sólo un personaje permanece preocupado (kôkchôngsûre). Se trata de la hija del narrador, de la que se nos cuenta que va a ir a vacunarse un momento después del cierre de la historia, sin más referencia a ello. Epstein aclara la ambigüedad lanzando la siguiente pregunta: ¿está preocupada por el miedo a las agujas, o por los problemas sanitarios de una nación con índices de mortandad anormalmente elevados?

Otro relato donde la política hace aparición, aunque de forma menos central, es “Él está vivo”, de Kim Hong-ik. Los acontecimientos tienen lugar el día de la muerte de Kim Il Sung y están narrados desde el punto vista de una anciana cuya existencia está dedicada a cuidar de un jardín que el dictador visitó hace años. El día de su fallecimiento, toda la gente de su pueblo viene a pedirle flores para llevar a Pyongyang. Pero ella les pide que no lloren, “Nuestro Gran Líder no ha muerto. Prometió que regresaría aquí. He estado cuidando de estas flores para dar la bienvenida a Nuestro Gran Líder el día que venga, así que ¿cómo voy a dejar que os las llevéis?”. Todo el relato ahonda en el sentimiento generalizado de histeria y descreimiento que produjo la muerte de Kim Il Sung, y cuando al final Kim Byung-hun nos dice que la anciana “fue una de esas personas que abarrotaron la ciudad de Pyongyang durante diez días y diez noches”, nos entra la duda de si toda esa gente no habrá viajado allí para comprobar si la muerte es real. Unos días después de su fallecimiento, el gobierno norcoreano declaró que Kim Il Sung no había muerto, sino que estaba durmiendo en su monumental mausoleo.

Otros ejemplos de literatura norcoreana contemporánea que hemos leído están por debajo del nivel mostrado en estos dos autores. Tal es el caso de “Amigos en el camino”, de Kim Byung-hun, un relato sobre el azar y el amor de tono cursi y recursos facilones (“las lágrimas cayeron de sus ojos como gotas claras de rocío, como si fuera incapaz de aguantar la irrefrenable felicidad y gratitud. (…) Supongo que las lágrimas no son sólo expresiones de tristeza, sino también de otras profundas emociones”) o la propagandística biografía de la vida de Kim Il-sung escrita por Baik Bong. En el otro extremo está Song Hye-rang, escritora autobiográfica (con una fuerte influencia de Chéjov) y tía de un hijo ilegítimo de Kim Jong-il, exiliada de Corea del Norte y que vive en un lugar desconocido de Europa bajo una identidad falsa desde que su hija fuera asesinada. O Baek Sok, padre de la poesía modernista coreana que tuvo que dejar de escribir cuando su dialecto fue prohibido por el gobierno. Todos ellos, los autores buenos y malos, viven en un anonimato pynchoniano (en más de un sentido). Son el tipo de personajes marginales que podrían aparecer en un manual como “La literatura nazi en América”, de Roberto Bolaño, o en algún delirio de Rodolfo Wilcock, empujados a los bordes de la literatura por las extrañas circunstancias del país del que proceden. Lo único que sabemos de Han Ung-bin es que fue minero antes de enviar sus relatos a una revista estatal y ser contratado por el gobierno. Ahora sabemos que vive mejor que un minero y que algún día probablemente podamos tener acceso a sus obras completas traducidas al inglés. ¿Y no debería ser así la literatura?

Fuente: El Crítico

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mayo 30, 2008 at 5:22 pm

El Hermano de las Moscas de Jon Bilbao – El Crítico

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Héctor tiene un buen trabajo, una mujer guapa y una vida ordenada. El día que va a nacer su primera hija, su hermano Grego se presenta por sorpresa en su casa. A la mañana siguiente, Grego ha desaparecido. En su lugar un enjambre de moscas ocupa la habitación de invitados. Atendiendo a una corazonada, Héctor no se deshace de ellas, sino que las alimenta y las cuida. Diez días después, Grego reaparece en la habitación; las moscas se han desvanecido.

Han pasado apenas 40 páginas del libro.

“El Hermano de las Moscas”, primera novela de Jon Bilbao, nos presenta un argumento que homenajea sin disimular a Kafka. Gregorio aquí no es un comercial, aunque sí un viajero compulsivo, y el tratamiento de las relaciones familiares y laborales tiene algún eco de la “Metamorfosis”, aunque beba más de la exploración carveriana de lo cotidiano que de la obra del autor checo. Pero no son estos los rasgos que sorprenden más al lector, sino más bien todo lo oculto que hay en la novela, que presenta un juego fascinante con la presencia de lo animal en el mundo de los humanos. Se suceden las inquietantes apariciones de cabras, murciélagos, perros y hasta una ballena. Graniza. A Héctor le cae un rayo. Estos fenómenos sin explicación irrumpen en la cotidianeidad y modifican la existencia de los personajes.

La acción se sitúa en una urbanización sacada de una película de David Lynch. Uno de esos lugares donde a veces hay accidentes, a veces muere alguien o alguien es violado. Lo salvaje rodea la organizada comunidad donde vive la familia de Héctor. La rodea, y a veces la penetra momentáneamente y es repelido. Grego está aparentemente moribundo, pero Héctor, después de dedicarle innumerables atenciones, sólo quiere irse a una cena con su mujer y unos amigos. No llegamos a acostumbrar a estos acontecimientos, que planean sobre la narración en forma de brevísimos episodios. Una mujer enloquece y denuncia la aparición de ectoplasmas en su casa. Otra vez las apariciones, en las que el autor no se recrea individualmente. Con frialdad, las narra y se deshace de ellas. Se acumulan sin que nos demos cuenta.

Es raro que una primera novela huya tanto del adorno. Uno recuerda a Miles Davis, que cuantos más años tocaba, menos notas necesitaba. Mientras que ésta suele ser una evolución en el tiempo, Jon Bilbao parece escribir como si no tuviera nada que demostrar, como si llevara años publicando novelas de calidad. Y es ésta una de las principales virtudes de su libro. El uso de un lenguaje simplificado al máximo, que deja que la escritura descanse sobre la observación y el detalle, oculta el hecho de que estamos leyendo una novela tan extraña. Sin florituras, Jon Bilbao nos sumerge en una situación desquiciante, donde todas las opiniones que nos vamos formando a lo largo de la lectura se quedan pequeñas. En un momento, Héctor se pregunta si su familia no estará loca: “Una vez que Grego volvía a ser Grego, no quedaba rastro de las moscas. / Sí, la suciedad. / Pero tampoco la había visto nadie. / Quizá limpiaban un refugio limpio. Un refugio levantado para nada. / Héctor ni siquiera podía estar seguro de eso.” Los episodios, en apariencia deshilachados, se hilvanan mediante una coherencia interna que no podemos llegar a explicar del todo. Jon Bilbao enriquece el texto buscando cualquier punto de vista (un hámster) y recurso (à la Moby Dick, con citas de Plinio el Viejo incluidas), y con ellos hace avanzar la narración, manteniendo siempre un tono uniforme y provocando una sensación que oscila entre la fascinación y el asco.

Al principio de la novela, una tortuga con una cruz naranja pintada en el caparazón irrumpe en el jardín de Héctor. Grego queda vagamente disgustado. Más adelante, las puertas se abren “con un zumbido”. No estamos a salvo. Pero, ¿qué es exáctamente esta presencia que denominamos “salvaje”? El libro no ofrece respuestas, pero sí da un repertorio de preguntas que merece la pena hacerse. ¿Es lo salvaje deforme? ¿Es sólo deforme para nosotros, o es la civilización una deformidad de lo natural? En un episodio intenso, los habitantes de un pueblo quieren asesinar a una cabra que ha nacido deformada. No podemos evitar preguntarnos si los bárbaros no son quienes pretenden enfrentarse con violencia a la cabra lisiada. Los humanos no sabemos enfrentarnos a lo animal. Cuando nos vemos obligados a hacerlo, utilizamos nuestro lado más animal; el menos humano.

Pero el “Hermano de las Moscas” es, ante todo, una novela de personajes. Héctor, su mujer y su hija, Grego, y dos o tres secundarios más, se nos presentan de forma sólida, no tanto mediante el retrato, sino por una lógica en sus acciones, siempre concordantes. En la novela se enfrentan personalidades bien definidas, entre sí mismas y ante una situación límite, e incluso en los momentos más extremos nadie pierde sus señas de identidad. Sólo así consigue la narración seguir pegada a lo cotidiano. Jon Bilbao, atento al detalle, no se olvida de narrar las reacciones de los vecinos, las explicaciones que hay que darles, los rumores que corren… La novela abarca más de lo que aparenta.

En entrevista, el autor confesaba que reescribiría algunos fragmentos del libro. Ciertamente, hay algún diálogo mal resuelto, algunos adjetivos que no aportan nada (después del parto, Sara está “fatigada y feliz”); pero la atmósfera de banalidad e inquietud podría resentirse con correcciones. Es más, los peores momentos del “Hermano de las Moscas” surgen de momentos en que el autor entra demasiado en la novela (“aumentaba el peso de lo absurdo”), o cuando parece tener momentos de duda y quiere añadir lirismo a un conjunto que no lo necesita.

Sin embargo, en “El hermano de las moscas” predomina la sobriedad estilística y la inventiva científica en un debut que ya en sí es una singular joya, y que hace que esperemos la siguiente publicación de Jon Bilbao con mucha atención.

Fuente: El Crítico

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abril 22, 2008 at 5:19 pm

Relatos de Kolimá de Varlam Shalamov – El Crítico

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Los horrores del siglo XX han dejado atrás un género literario propio, un género que habla del mal absoluto, que se plantea el por qué de la supervivencia individual y en última instancia del de toda la raza humana. Los “Relatos de Kolimá”, de Varlam Shalámov, son un claro exponente de un género que también han contribuido a crear novelas como ‘Si esto es un hombre’, de Primo Levi (El Aleph – 1998) o ‘Un día en la vida de Ivan Denisovich’ (Plaza & Janés – 1970) y ‘Archipiélago Gulag’ (Tusquets — 2005), ambos de Alexander Solzhenitsyn.

¿Cómo abordar la crítica de un género de estas características? ¿Se pueden entender obras como éstas como sucesos aislados, desde fuera de la historia? Está claro que si así fuera, si tratáramos a estos libros como si fueran solamente piezas de ficción, quizá fuéramos más capaces de juzgar su valor puramente literario (y no el ético-histórico, que es irrelevante en muchas obras maestras de la literatura); pero estaríamos ignorando el tema mismo que tratan los autores.

En los relatos de Kolimá, el tema es el insoslayable filtro a través del cual existe esta obra. La necesidad que tiene Shalámov de relatar sus experiencias en el GULAG de Kolimá bajo la cruenta dictadura de Stalin es responsable de la génesis, el estilo y el formato del libro. ¿Cómo obviar así el contexto histórico en que se desarrollan los acontecimientos? ¿Cómo no convertirlo en el centro mismo de la lectura?

Varlam Shalámov pasó 17 años en campos de trabajo: Primero por difundir el testamento de Lenin, un documento muy crítico con Stalin (2 años de internamiento), luego por “actividades trotskistas antirrevolucionarias” (5 años) y finalmente por decir de Ivan Bunin que era “un escritor ruso clásico” (comentario que podría parecernos meramente descriptivo pero por el que Shalámov recibió su condena más larga, de 10 años). Conociendo estos datos y sabiendo que incluso llegó a participar en la fiesta del 10º aniversario de la revolución soviética con una pancarta que decía “Abajo Stalin”, cabría esperar una mayor politización en los textos de Shalámov. Sin embargo, éste se centra en las condiciones de los campos de trabajo y traza una biografía del GULAG a través de personas y objetos (así, los relatos se llaman ‘el paquete’, las bayas’, ‘el pan’, la corbata’). La única mención que se hace a Stalin aparece en una descripción de ‘la conspiración de los juristas’: “(…) ya teníamos que entrar, movernos por la enorme habitación con el retrato de Stalin que ocupaba toda la pared, detenernos ante una mesa escritorio de dimensiones descomunales, contemplar la cara pálida y pelirroja de un hombre que se había pasado toda la vida en los despachos, en despachos como aquel”.

Kolimá es un libro de geografías perfectas, donde de un lado, en “la isla”, están los presos, con sus propias normas, hábitos, objetos y comida, poca. Del otro, “el continente”, o el resto de Rusia, un tétrico amasijo inundado de lo que Pynchon llamaría smegma burocrático; y entre ambos el frío y el hambre, como barrera infranqueable. Toda la URSS parece ser un gran purgatorio blanco regido por un sistema arbitrario y cruel. “La Serpantínnaya era la célebre cárcel de instrucción del Kolimá, donde tantos hombres habían caído el año pasado. Sus cuerpos aún no habían tenido tiempo de descomponerse. Aunque aquellos cuerpos, cadáveres de tierras perpetuamente congeladas, siempre se mantendrían incorruptos.” Un enorme purgatorio donde el tiempo no pasa, quizás a causa de esas barreras que todo lo pueden.

El estilo de los relatos es directo, como de crónica, con aliento corto y frases duras. “Había perdido la salud para siempre. Sería un inválido de por vida”. Las intrusiones en la cotidianeidad del GULAG dan lugar a unos finales contundentes, que dejan una sensación de prisa y de vacío. Esta forma de narrar produce cierta descompensación estructural en algunos relatos que no afectan el resultado final, ya que parece que estos se escriben con la idea de que los leamos todos y que unos complementen a otros. No son cuentos que acaban con una idea ni la evolución de un personaje, sino por necesidades más puramente narrativas: Cae la noche, el protagonista es liberado, el narrador consigue pan. Es todo. Porque en Kolimá los personajes no avanzan ni retroceden, sino que se adentran en una espiral deshumanizadora que Shalámov describe paciente e implacable. “Fue entonces cuando observé un hecho sorprendente: en aquel inacabable esfuerzo resultaban duras e insoportablemente agotadoras sólo las seis o siete primeras horas. Después perdías la noción del tiempo y lo único que tu subconsciente controlaba era que no te quedaras helado: sacudías los pues y agitabas la pala, sin pensar ni confiar en nada.”

Los personajes de este libro aparecen y desaparecen, a veces inexplicablemente, dentro de los propios relatos. Shalámov parece decirnos que Alexandr Yevguénievich, Fadéyev y todos los demás estuvieron allí, con él. No sufrieron ninguna epifanía, ni iluminación, ni nada. Simplemente sufrieron. El narrador a veces ofrece datos sobre sí mismo y otras veces no, y a menudo vemos la 1ª persona del plural explicando el destino de ese grupo de personas que se morían “tan lentamente que habían dejado de comprender que se estaban muriendo”. O como Andréi Fiódorovich Platónov, “guionista en su primera vida, (…) murió como mueren muchos: levantó el pico, se tambaleó y cayó de bruces contra las rocas.”

Varlam Shalámov se retractó de todo lo narrado en sus relatos de Kolimá en 1972, presionado por el gobierno de Leonid Brezhnev. Aún así murió desahuciado a causa de su salud deteriorada en 1982, sin ver su libro editado en la URSS, algo que sólo ocurriría bajo la Glásnost de Gorbachev 5 años más tarde. Ahora en España la editorial Minúscula, en una excelente edición, nos ofrece la primera parte de las 6 que componen la obra de Shalámov. Un libro que merece ser recordado tanto por su valor humano e histórico como por su categoría de obra cumbre de la literatura.

Fuente: El Crítico

Written by pursewarden

febrero 15, 2008 at 5:30 pm

Vieja en Torno de mi Cráneo de Frigyes Karinthy – El Crítico

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“Es una experiencia clásica, sin la cual no se puede estudiar medicina”, le dice su mujer a Frigyes Karinthy: “El alumno de primer curso creerá pasar inevitablemente por todas las enfermedades que encuentra durante sus estudios. Padecerá la viruela, el cólera, la tuberculosis y el cáncer, exactamente en el mismo orden en que estudia esas enfermedades en sus libros de texto, o a medida que ve casos en los hospitales.” Y gracias a su detallismo y franqueza, ésta es la incómoda sensación que tiene el lector al leer ‘Viajes en torno de mi cráneo’, obra biográfica en la que el escritor húngaro Frigyes Karinthy relata cómo, en 1936, fue sometido a una operación para extirparle un tumor cerebral.

“Estoy harto ya de toda esta historia; me aburre la enfermedad y me aburre la muerte, que nada tiene de terrible, ni de conmovedor, ni de sublime o aterrador: no es más que un aburrimiento que, como perro cobarde, traicionero y alborotador, me sigue a cada paso”, declara Karinthy en una de sus típicas muestras de sinceridad que dan verosimilitud a una historia desconcertante.

Con un sentido del humor cínico y una oralidad que añade fluidez a la narración (bien respetada por el traductor, F. Oliver Brachfeld), Karinthy narra de forma lineal y poco ornamentada desde los primeros síntomas hasta su regreso a Budapest después de la operación en Estocolmo. Este sentido del humor, que a veces puede parecernos incluso frívolo, lo redimen momentos de escritura de calidad: “Adiós pues, Cini”, le dice a su hijo cuando se marcha de Budapest. “Si por un motivo ajeno a mi voluntad no pudiera regresar… te recomiendo… ejem, ¿qué quieres que te recomiende? Déjate crecer la barba; cuando seas mayor, eso te conferirá sin duda más seriedad de la que he tenido yo. Cini no contesta; ríe nerviosamente; toda su cara se ruboriza y sus grandes orejas, muy separadas de la cabeza, parecen dos pimientos rojos de Hungría. En este momento, su rostro me resulta muy conocido. ¿A quién se parece tanto? ¡Ah!, ya sé: a un retrato suyo de hace cuatro años.” Con un envoltorio de bromas irrelevantes, Karinthy ha conseguido decirnos que su hijo parece haberse hecho más pequeño al ver marcharse a su padre.

Su actitud cínica florece también cuando imagina las reacciones de la gente de su ciudad frente a su operación (Karinthy era una celebridad en Budapest en esta época), como en esta conversación entre dos hombre anónimos que supone el día de su operación: “Sí, lo he leído. Hoy o mañana. Es una cosa seria, amigo. / Desde luego. Sería una lástima. Era una bellísima persona. / ¿Le conociste? / Hemos hablado tan solo una vez, superficialmente.” Son las reacciones de los demás uno de los ejes del libro, a través de las que una persona enferma puede adivinar el estado de su propia enfermedad y los sentimientos que albergan hacia él sus amigos y conocidos. El médico húngaro que le trata sofoca un bostezo en la reunión donde anuncia que le enviarán a Estocolmo: “¡Oh, doctor, ese bostezo significó para mí mucho más que unas lágrimas de cocodrilo llenas de falso patetismo, al promulgar la sentencia de Dios ante el reo que yo era!
Y el doctor continúa, como si nada hubiera sucedido…”

Y tras observar las reacciones de los demás, queda enfrentarse a uno mismo, averiguar, reflexionar, tomar conciencia. Karinthy tiene para esto una fascinación científica muy útil, y que recuerda a otros escritores fascinados con la ciencia. En los primeros instantes, en los que Karinthy muestra su interés por el rigor y el análisis, a Oliver Sacks; en los momentos en los que visita el manicomio de Viena donde trabaja su esposa, a Nunquam, la novela de Lawrence Durrell; y durante la operación, en el momento cumbre del libro, a PoePhilip K. Dick.

El riesgo de daños durante una intervención al cerebro disminuye un 25% si el paciente está consciente. Karinthy aprovecha esta consciencia para narrar sin piedad cada sensación durante la operación, desde el momento en que le trepanan la cabeza y le rompen los huesos del cráneo hasta que le empiezan a extirpar el tumor. Desgraciadamente, a las dos horas pierde la consciencia, y sólo puede relatar el tiempo restante a partir de lo que le cuentan los médicos. A pesar de esto, el capítulo de la operación es sin duda el mejor del libro, por su descriptividad, su narración y su cierre.

‘Viaje en torno de mi cráneo’ termina como la historia de un superviviente. Pero a diferencia de las habituales historias de supervivencia, Karinthy no vuelve “del umbral de la vida y de la muerte (…) con geniales intuiciones, con impresiones grandiosas, como algunos románticos entusiastas y malos observadores podrían creer”. Vuelve solamente con más tiempo de vida, y la cercanía de este libro a la ciencia y la crónica se puede comprender a través de la admiración que suscita en Karinthy ‘Mi prisión’, de Silvo Pellico. “Siempre me ha gustado ese libro, con su tenue y deliciosa objetividad, que nos narra los inhumanos sufrimientos del autor, como si su única intención fuera la de mostrarse como un modesto experto de los calabozos cavados en las rocas.”

La fascinación que puede producir el libro de Karinthy se basa en que su modesta experiencia ha sido extraordinaria, y que el viaje en torno de su cráneo (la idea del círculo y la espiral es un leitmotiv a lo largo de la obra, máxime cuando en un estado avanzado de la enfermedad no es capaz de caminar sino en círculos) nos llega de forma cercana, interesante y también incómoda; sobre todo para los más hipocondríacos de nosotros.

Fuente: El Crítico

Written by pursewarden

enero 30, 2008 at 5:25 pm

Tan Fuerte, Tan Cerca de Jonathan Safran Foer – El Crítico

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LA GENIALIDAD VIVE EN LA IMPERFECCIÓN

“Tan fuerte, tan cerca”. Jonathan Safran Foer. Traducción de Toni Hill. Editorial Lumen. Barcelona, 2005. 441 páginas.

Cuando Salman RushdieJohn UpdikeSusan SontagJoyce Carol Oates muestran interés por un autor novel, mucha gente presta atención. Después de ‘Todo está iluminado’, el nuevo trabajo de Jonathan Safran Foer (1977) ha suscitado una controversia tan fuerte que el crítico del New York Press, Harry Siegel, incluso ha llegado a publicar un artículo titulado ‘Why the author of Everything Is Illuminated is a fraud and a hack’ (Por qué el autor de Todo Está Iluminado es un fraude y un vendido’). La misma publicación ha nombrado a Foer uno de los ’50 neoyorquinos más detestables’. Se podría decir que ha cumplido las expectativas.

‘Extremely Loud & Incredibly Close’ (editado por Lumen en nuestro país y misteriosamente traducido como ‘Tan fuerte, tan cerca’) es un libro ambicioso, conmovedor, inmaduro, valioso. En él conviven algunos momentos carentes de tensión narrativa con otros (los más) llenos de fuerza y belleza. A pesar de que el eje de la novela es el 11-S, el libro evita el sentimentalismo fácil: el padre de Oskar Schell muere en el atentado de las Torres Gemelas, y Oskar, un niño prodigio, es incapaz de comprender el por qué de su muerte. Un día encuentra una llave entre las pertenencias de su padre, y decide probar todas las cerraduras de Nueva York en busca de la cerradura en la que encaje. A partir de allí se teje una historia cuyos temas centrales son la familia y el miedo.

Un alto porcentaje de los críticos ha coincidido en señalar que el principal problema de la novela es su exceso de experimentación: Foer ha elegido incluir fotografías, páginas con una sola frase, palabras superpuestas progresivamente hasta formar una masa negra y hasta 15 imágenes al final en las que la secuencia de la famosa grabación de un hombre cayendo de una de las Torres Gemelas se revierte para que parezca que vuelve a entrar por la ventana. ¿Cómo no estar de acuerdo cuando el crítico de una publicación de masas dice que Foer “experimenta demasiado”? Pues claro que sí. Los experimentos formales no son algo a lo que debería dedicarse un bestseller.

El problema es que Jonathan Safran Foer no pertenece al mundo de los bestsellers, aunque por volumen de ventas esté habitando en él. Él no ha planteado una novela para ser simplemente leída, sino un libro orgánico, un libro para ser manoseado, que explora y juega con el espacio. Foer es un discípulo de Sterne con los manierismos de Wes Anderson. Y claro, eso no vende nada, nada. En palabras del autor: “La idea del arte, o al menos parte de la idea, es explorar cosas nuevas. (…) Es bueno que la literatura no haya caído del acantilado del sentido [como el mundo del arte], pero también ha sufrido por no caer. Debido a que los editores y críticos han sido tan protectores con los límites de la novela, cualquier tipo de intrusión se considera como un artificio”.

No sorprende pues que Harry Siegel incluya en su crítica una nostálgica mirada atrás, cuando revistas como Playboy o Atlantic publicaban a Isaac Bashevis Singer y otros “escritores con talento”. Ah, los buenos tiempos. Cuando las revistas publicaban relatos porque los escritores tenían talento. Es posible que Siegel tenga un muy buen gusto para la literatura. Le gusta Bashevis Singer. Le gusta Faulkner. Pero leyendo su lacrimoso lamento sobre el estado de la literatura contemporánea, uno no puede evitar sospechar que su buen gusto se quedó anclado en el siglo pasado. Tampoco pasa nada. Y es que para ser crítico del New York Press (y de la mayoría de grandes publicaciones), mirar a nuevos autores con desprecio o al menos condescendencia seguramente sea un requisito.

Esto no quiere decir que ‘Tan fuerte, tan cerca’ no peque de exceso de ambición mal resuelta o de cierta descompensación narrativa. Cuando la trama se va complicando con la introducción de nuevos personajes (antepasados de Oskar), da la sensación a veces de que el libro se salva del tedio por sus recursos visuales. Sin embargo, es en este punto donde encontramos algunos de los pasajes más intensos, como cuando Stephen Hawking le confiesa a Oskar en una carta: “I wish I were a poet (…) I’ve spent my life exploring the universe, mostly in my mind’s eye. It’s been a tremendously rewarding life, a wonderful life. I’ve been able to explore the origins of time and space with some of the great living thinkers. But I wish I were a poet”.

También la ingenuidad del protagonista puede resultar irritante para algunos lectores, o les puede parecer, como a muchos críticos estadounidenses, un personaje mal construido. En el Houston Chronicle se preguntaban cómo un niño que lee ‘Breve historia del tiempo’ y que es capaz de transcribir el último mensaje que le deja su padre al código morse puede no saber quién es Winston Churchill. Pero Oskar es un estudiante híper-selectivo, un googleador compulsivo que se construye una cultura sin referentes académicos. Molesta asimismo a algunos que el personaje parezca no tener nueve años, como si la característica de un niño prodigio no fuera precisamente la de parecer mayor. Es precisamente esta descompensación la que hace a Oskar un personaje interesante y salva a la novela de ser otra tediosa crónica de despertar preadolescente (“fue la primera vez que me fijé en los pechos de una mujer”, y esas cosas).

Foer demuestra su buen hacer literario en frases como ésta: “A man stood there without saying anything, and it was obvious he wasn”t a burglar. He was incredibly old and had a face like the opposite of mom”s because it seemed like it was frowning even when it wasn”t frowning.” ¿Se necesita más información? Con dos frases, Foer nos describe a tres personajes. Y son este tipo de recursos los que acaban justificando la escritura fragmentaria que se vislumbra en gran parte de las nuevas generaciones de novelistas norteamericanos.

No se trata de un libro perfecto, pero un libro así no lo puede ser. La genialidad está en saber explorar, e incluso en equivocarse. Es un collage, reflejo de esta nueva generación de escritores que se han educado con Google y la información despedazada de la CNN; un estilo que ya se anunciaba en novelas como ‘Los detectives salvajes’ de Bolaño (traducida este año al inglés con un enorme éxito). Y Foer no olvida que “todo buen libro quiere hablar sobre los mismos temas, más o menos: familia, muerte, sexualidad y cosas así. El problema es que llevamos tanto tiempo expresándolas o intentando hacerlo que las palabras están empezando a morir. (…) Una expresión como “te quiero” virtualmente no tiene sentido ya. Todo el mundo la ha oído. Probablemente de un número de personas. ¿Cómo se puede expresar con algo de sentido? (…) Tienes que encontrar nuevas formas de decirlo. A lo mejor puedes utilizar las mismas tres palabras pero en un lugar distinto. O con una inflexión distinta, para que estés constantemente tratando de expresar a la persona a quien se lo dices por qué significa algo. Los libros son lo mismo”.

La crítica a Foer se tiene que realizar desde esta perspectiva: sabiendo cuáles son sus objetivos. Y uno de ellos es renovar el lenguaje de la novela. Si acaba contribuyendo a ello o no se verá con el tiempo, pero mi impresión es que tanto ‘Todo está iluminado’ como ‘Tan fuerte, tan cerca’, con todas sus carencias, son pasos en la dirección acertada.

Fuente: El crítico