Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

Archive for the ‘Historia’ Category

Por senderos que la maleza oculta de Knut Hamsun, en Libertad Digital

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Después de una guerra siempre hay procesos de represión contra los defensores del anterior régimen. No fue distinto tras la Segunda Guerra Mundial, cuando, junto con Nazis, miembros de la Gestapo y colaboracionistas responsables de la muerte de adversarios e inocentes, se produjo la persecución de varios intelectuales que simpatizaron con Alemania durante la contienda.

Maurice Pujo fue condenado a cinco años de cárcel. Charles Maurras, que casi tenía 80 años, a cadena perpétua y a la expulsión de la Academia Francesa (los académicos tuvieron la decencia de no nombrar un sucesor hasta su muerte, que se produjo ocho años después). Céline tuvo que marchar al exilio en Dinamarca hasta que se benefició de una amnistía. A Jünger le prohibieron publicar durante cuatro años, y a Heidegger enseñar durante seis. A Ezra Pound lo encerraron durante trece años. La lista es larga y bochornosa.

Uno de los casos más sonados fue el de Knut Hamsun, Premio Nobel de literatura y uno de los novelistas más brillantes del siglo pasado. Imbuído del espíritu neoromántico que se plasmaría en el Blut und Boden y un filogermanismo que le acompañó desde su juventud, Hamsun vio con buenos ojos el aumento de poder de la Alemania hitleriana. En 1943, consiguió una audiencia con Hitler después de regalarle su Premio Nobel a Göbbels. Cuentan las crónicas que Hamsun se pasó la audiencia reclamando la liberación de ciudadanos noruegos, y que el Führer alemán tardó tres días en reponerse de la cólera que le produjo aquel noruego que parecía ignorarle por completo (Hamsun era sordo).

Hamsun siguió firme en su filogermanismo, e incluso tras la muerte de Hitler, escribió un panegírico en su favor. Los aliados ganaron la guerra y el escritor vio cómo pasaba de héroe nacional a apestado: la turba quemó sus libros en la calle y fue arrestado a los 86 años. Pasó tres años entre un manicomio y un centro de ancianos hasta que por fin un juez dictó sentencia. Ésta se quedó en una multa, y oficialmente se consideró al anciano demente.

Por senderos que la maleza oculta es el texto que escribió Hamsun durante sus tres años de cautiverio. Queda claro tras leerlo que el noruego estaba en plenas facultades literarias y mentales. Refleja el deterioro de un hombre viejo pero sano, quien, tras soportar exámenes y hasta manipulaciones a manos de los psiquiatras, acaba hundido.

Mezcla de autobiografía, relato enmarcados y protesta contra su situación, el libro refleja el lento pasar del tiempo en el cautiverio del anciano. Habla de Silvio Pellico, quien durante su encarcelamiento adoptó a un ratón:

“Yo escribo sobre algo parecido, por temor a lo que pudiera sucederme si escribiera sobre otra cosa.”

Con este estilo lleno de silencios, de realidades que se esconden bajo la superficie, Hamsun nos narra episodios como el de un juez que le pregunta si le parece que el alemán es un pueblo culto. El noruego no contesta. Similarmente arbitrario será el resto del proceso, con sus inexplicables cancelaciones y recovecos. Cuando la justicia se pone al servicio del poder y juzga a sus ciudadanos por motivos políticos, surge el esperpento. Mientras, Hamsun se hunde en la depresión:

“También mi padre tuvo una vez un hijo prometedor.”

Recuerda algunos momentos de su vida, habla con alguna gente, se justifica diciendo que pensó estar haciendo lo mejor para Noruega con sus artículos. Pasada la histeria de los primeros momentos del proceso, es evidente que el gobierno noruego quiere acabar con el problema y tras tres años dicta la cómoda sentencia que condena a Hamsun a pagar una multa por ser un loco. ¿En qué país deben pagar los enajenados por serlo? La guerra lo justifica todo.

Como señalaron en su día Thomas Mann, Isaac Bashevis Singer o Ernest Hemingway, la prosa de Hamsun es indispensable. Tenemos los lectores en castellano la inmensa suerte de que se encarguen de las traducciones del noruego Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo, cuyo trabajo es siempre impecable. Por senderos que la maleza oculta no es una novela como Pan, La bendición de la tierra o la Trilogía del vagabundo, obras maestras de Hamsun, sino un texto heterodoxo que mantiene muchas de las esencias de esos escritos.

Si bien conserva su capacidad para crear una atmósfera, para observar y para plasmar esas sensaciones que acompañan a todos los hombres en todos los lugares del mundo; en este caso Hamsun lucha por aferrarse a las pequeñas disciplinas diarias que acompañan a sus personajes. A pesar de que se adivine su desánimo, el autor confía siempre en que su “prudencia campesina” lo ayudará a salir adelante, y hace sinceros esfuerzos por no caer en la autocompasión. Aunque asistir a esta lucha resulte a menudo desgarrador, leer al genio noruego es obligación del aficionado a la buena literatura.

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La herencia del pasado de Ricardo García Cárcel – La Gaceta

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Es significativa la cita con la que empieza La Herencia del Pasado. Se trata de un fragmento de A Sangre y Fuego, el imprescindible libro de Manuel Chaves Nogales que es una de las únicas pruebas de las que disponemos de que existe una tercera España. Y aunque Ricardo García Cárcel es crítico con este concepto, es gratificante encontrarse un libro de historia tan equilibrado, sin la acritud que se ha colado en las discusiones académicas y que cita sin excesos a Pío Moa, Tuñón de Lara, César Vidal o Paul Preston.

La Herencia del Pasado examina el concepto de memoria histórica a lo largo de toda la historia de España, enfrentando el oficialismo, de carácter patriota y épico, con el romanticismo del perdedor y la memoria centrada en el fracaso. Ambas tendencias han pervivido, de una u otra forma, en el análisis de la historia de España desde la romanización hasta la transición, con especial atención a las reinterpretaciones que se hacen hoy en día desde el poder del franquismo y la II República, que García Cárcel entiende como una injerencia sobre la labor historiográfica y que critica duramente.
El libro acude tanto a las fuentes para examinar la percepción de hechos históricos como a la memoria que subsiguientes analistas tienen de estos mismo hechos, ya sea por un sincero enfoque académico o por una lectura interesada que justifique visiones de conflictos contemporáneos. García Cárcel tiene la virtud no sólo de saber analizar con imparcialidad esta multitud de perspectivas, sino que además ofrece al lector una extraordinaria selección de fuentes.
Culmina La Herencia del Pasado una bibliografía que bien podría considerarse canónica de la historia de España, desde Juan de Mariana hasta nuestra época, y que incluye también ensayos no estrictamente históricos y hasta obras literarias. Las ausencias son inevitables, pero hay que resaltar la de la obra de Menéndez Pelayo, uno de los personajes más citados del libro pero cuya brillante obra no encuentra lugar en su bibliografía.
Estamos ante un texto que nos ayudará a poner en perspectiva problemas de la España contemporánea, ya que estamos en un país que ha vivido una sucesión de crisis que, como señala el autor, ni nos han destruido ni son exclusivas de la historia de España. Un libro que no por desapasionado deja de ser apasionante, a la vez que riguroso y sereno.

La historia de España de Marcelino Menéndez Pelayo en Libertad Digital

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Este libro fue el excéntrico proyecto de Jorge Vigón, hombre con una apasionante biografía que buceó entre los escritos de Marcelino Menéndez Pelayo para producir una historia completa de España desde los Visigodos hasta la Restauración.


Aunque la mayor parte de los textos están sacados de la indispensable Historia de los heterodoxos españoles, también hay fragmentos de otros escritos, discursos y prólogos. Por fortuna, la coherencia de la obra del santanderino garantiza una obra que, aunque sea una antología, resulta cohesionada, de lectura armoniosa. Tenemos ante nosotros una historia de España desde un punto de visto católico ortodoxo, inquisidor en todos los sentidos, apoyado en la erudición y las colosales cantidades de lecturas del autor.

Es esta sabiduría la que ha llevado a todo tipo de pensadores de muy diferente filiación política, como Agapito Maestre o Gustavo Bueno, a interesarse por la amplia y rigurosa obra de Menéndez Pelayo. Y es que leer a un autor que se enfrentó a las tesis krausistas, afirmando la riqueza del pensamiento español, es una obligación frente a las continuadas patrañas que alimentan la leyenda negra. Lo “progresista” se enfrenta a lo español, visto como símbolo del atraso y la ignorancia. Nadie mejor que Menéndez Pelayo para rebatir, mediante datos y lecturas, este fetichismo.

A partir de este debate implícito, el libro de Menéndez Pelayo abre muchos otros de forma explícita, destapando además toda una serie de lecturas que ayudarán a enriquecer nuestras opiniones, incluso de temas en los que hoy ya no existen opiniones, sino que rigen axiomas del pensamiento. Es el caso de los antienciclopedistas – Pablo Forner, Andrés Piquer, Fray Fernando de Ceballos -, de historiadores prácticamente olvidados como Pedro José Pidal y Luís Próspero Gachard, o de pensadores que se recuerdan pero no se leen, caso de Ramón Llull o Jaime Balmes.

La lectura de este volumen recopilatorio anima a profundizar en la obra de Menéndez Pelayo, especialmente en la Historia de los heterodoxos españoles, y en la de la pléyade de autores que cita para desafiar las nociones dogmáticas que tenemos acerca de la Inquisición o el reinado de Felipe II. Y es que como dice Juan Valera:

Nuestra amena y rica literatura vino a ser olvidada o casi desconocida, o sólo conocida de pocos, y de éstos mal y quizás con torcida crítica.

Esa circunstancia empezó a cambiar gracias al trabajo de Menéndez Pelayo y de Gumersindo Laverde. Hoy, que la situación vuelve a ser precisamente ésa, de ignorancia y hasta repulsión por la cultura propia, insistimos en la necesidad de lectura no sólo de Menéndez Pelayo sino de su maestro, cuyas obras completas están aún por editar. Las ventanas que abre el trabajo de ambos son innumerables. El catolicismo, salvo por excepciones místicas, es una religión expansiva, que mira hacia afuera (al contrario que el budismo, por ejemplo), y la obra de don Marcelino es católica hasta en eso.

Su visión de la historia de España, que considera influída por una problemática religiosa, filosófica y cultural, se aleja radicalmente del materialismo y ofrece a la vez una historia política, una historia cultural y una historia de las ideas. Por eso parece una broma las teorías que dicen que el profesor se hizo conservador porque Nicolás Salmerón suspendió sin examen previo a toda su clase, poco adepta a Krause a juicio del almeriense. El trabajo de Menéndez Pelayo sirve para reforzar la idea de que la nación española no existe sólo por el azar o por proximidad geográfica, sino que es fruto de la oposición religiosa e intelectual, una oposición que se articula mediante la ortodoxia y la heterodoxia, que tan concienzudamente identifica en sus Heterodoxos…

La historia de España sigue la acertada línea de publicaciones del Buey Mudo, aunque falten notas al pie: muy optimista es el señor editor si piensa que la mayoría de sus lectores comprenden el latín. Ahora, con esta obra que abre el apetito por la escritura de Menéndez Pelayo, falta por ver si la editorial publicará más, o incluso si se atreverá con Gumersindo Laverde. De momento su trabajo, recuperando a Rafael Gambra, a Agustín de Foxá o al propio Menéndez Pelayo, va por muy buen camino.

Versión sin editar del artículo aparecido en Libertad Digital.

Apuntes sobre la hispanidad con Agapito Maestre en Letras Libres

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“Ahora sí que están unidos el nuevo y el viejo mundo,

Y sólo están divididos por un viejo mar profundo”

Antonio Valente (1530 – 1585)

Me cita Agapito Maestre en el centro de Madrid para hablar de su libro de ‘Meditaciones de Hispano-América’, que acabo de leer. A media charla, interrumpirá nuestra conversación Iñaki de Miguel, editor e hijo del eminente sociólogo Amando de Miguel; que prepara la reedición de la continuación de las Meditaciones, ‘Viaje a los ínferos americanos’. Ambos trabajos son recorridos por la cultura en lengua española que ahora, desde la antigua capital del Imperio, nos sentamos a glosar.

La inmensidad geográfica de los países de lengua española cuenta con un centro espiritual, que es su cultura. No ignoro que dicho concepto es polémico, tanto más porque como dice Maestre, “en el mundo hispano, el centro está en la periferia y la periferia está en el centro.” Recuerda una exposición transatlántica que se llamó ‘Identidades Compartidas’. “No son identidades compartidas: ¡Es la misma identidad!”. Él lo tiene claro: “La batalla la han ganado aquellos que niegan la entidad de la cultura española. Curiosamente quienes niegan eso son los propios hispano-americanos, tanto desde el otro lado del océano como de éste.”

Cita el autor en sus Meditaciones de Hispano-América a Séneca: “Vergonzoso es dejarse arrastrar y no guiarse, y en medio de la corriente de los negocios preguntarse con estupor: ¿Cómo he llegado aquí?” ¿Cómo hemos llegado a la idea, que tiene como algo de concesión, de las identidades compartidas? De todos los imperios, el español es el único que se planteó la cuestión imperial desde un punto de vista moral, de qué hacer y cómo actuar en el nuevo mundo. Esto dio pie a muchas cosas positivas, pero también al indigenismo y la leyenda negra, que junto con la situación política española del siglo XIX deriva en un complejo de culpa a este lado del Atlántico. “Eso no existía antes”, sentencia Maestre.

Pero hay razones para la esperanza: “Nuestra cultura es tan inmensa que a pesar de que nos estamos suicidando permanentemente, permanece.” Los escritos de Agapito Maestre van encaminados entonces, no a rescatar la cultura en lengua española, sino a luchar contra ese estéril proceso de persistentes suicidios. “No podemos recibir la cultura en lengua española como niños bien, sino que tenemos que intentar ser merecedores de ella: es decir, leerla.”

Para ello, Maestre nos da una serie de claves, entre las que destaca la idea de que la cultura en lengua española es genuina cultura universal desde el primer momento, aunque hasta la universalidad puede ser particular. “Las bases de la cultura en lengua española están fundamentadas en la continuidad y a pesar de que por motivos políticos hemos intentado fragmentarla o señalar sus discontinuidades, sigue siendo una sola y quizás eso ha sido la gran aportación de las obras de Alfonso Reyes, Octavio Paz, Luis González González y sus discípulos, como Enrique Krauze o el que a mi juicio es uno de los más grandes críticos de la cultura en lengua española: Gabriel Zaid.”

Maestre hace un constante esfuerzo por rescatar autores de las constricciones de la ideología y denuncia la incomprensión hacia los nuestros que viene del intento de categorizar demasiado estrechamente su pensamiento. La lista de incomprendidos u olvidados llega hasta nuestros días y pasa por Zambrano, de quien Maestre escribió una semblanza filosófica; por Pérez Galdós, Menéndez Pelayo, Ortega y Gasset, José Gaos o José Luis Garci. No hay sitio para todos en las páginas escritas por Maestre: estarían también Agustín de Foxá, Luis Vives, Pío Baroja, Felipe Trigo… El ostracismo podría ser un monstruo salido de las páginas del Criticón de Gracián, un esperpento que ignora a los mediocres y devora a los genios.

Sorprende ver a un autor español que mira tanto hacia Méjico, Argentina o Venezuela. “Hemos mirado al otro lado a veces con un absurdo complejo de superioridad, porque dentro de nuestra cultura en lengua española el rol de Méjico o Argentina es más importante que el nuestro. Es tan disparatado que han dejado de venir miles y miles de hispano-americanos a las universidades españolas que antes sí venían”. Este moderno talante que niega el mestizaje hispano-americano resulta tan dañino como el indigenismo, y no deja de ser un nuevo suicidio dentro de la sucesión que indicábamos antes. Frente a ambas tendencias, queda la cultura; y visiones como la de Maestre que pasan por ensanchar ésta tanto hacia autores determinados como hacia una visión global y universal de la hispanidad.

‘Meditaciones de Hispano-América’ fue reeditado por Escolar y Mayo en 2010. Su continuación, ‘Viaje a los ínferos americanos’ será reeditado por Holo Narrativa y Ensayo en marzo de 2011.

 

Julio Camba – Tiempo de Hoy

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Si las modas responden a alguna lógica, la moda de Julio Camba es una que vale la pena investigar. Que a un articulista que murió hace casi 50 años se le edite y se lea debe responder a varias razones que nos propusimos descubrir. Para ello, repasamos las últimas novedades editoriales de Camba y hablamos con una serie de escritores y periodistas que, a pesar de pertenecer a distintas generaciones, reivindican a Camba como uno de los grandes de su profesión. Les planteamos la cuestión de que Camba pudiera ser un autor de tendencia.

El primero en desafiar nuestra tesis es Juan Manuel de Prada, que niega que Camba haya dejado alguna vez de estar de actualidad. “¿Las razones? Es un escritor con una mirada escéptica sobre la naturaleza humana, con una mayor capacidad de penetrar que los comentaristas al uso, que se quedan en la hojarasca. Esto le hace más legible, y ésa es la sustancia de su escritura, un estilo que no es viejo porque es sarcástico, poco florido y está lleno de inteligencia.” Tampoco Fernando Sánchez Dragó está de acuerdo: “¿Relevancia en la España de hoy? Ninguna. A la vista está. Las observaciones de Camba estaban inspiradas por el sentido común, y en la Vandalia (así la llamo yo) de nuestros días todo es dislate. España no cambia nunca, a no ser que lo haga para peor. Suelo decir, parafraseando a José Antonio, que nuestro país es una unidad de destino en lo infernal. No tenemos arreglo. Lo mejor es liquidar el país por desahucio, ruina y derribo.”

Si en algo sí coinciden todos nuestros entrevistados en señalar su brillantez como escritor. Gran cronista de viajes (La Rana Viajera) y admirable gastrónomo (La Casa de Lúculo), Camba es, según Fernando Sánchez Dragó, uno de los tres mejores periodistas que ha visto España. Arcadi Espada va más allá y le sitúa entre los tres mejores escritores españoles. “Su problema es no haber recibido esa valoración. Tener gracia en España es peligroso. Se le dijo chistoso, le encasillaron. Sus únicos pecados fueron tener gracia, ser inteligente y escribir en los periódicos.” Pero si por algo seguimos sus crónicas es porque, junto con las últimas noticias del casino de San Sebastián o un análisis del chucrut, adivinamos certeras descripciones de la forma de ser de los habitantes de distintas regiones, y de aquellos que los gobiernan. De esta forma, ayuda a desentrañar, como han hecho los Delibes, Pla o Chaves Nogales, las particularidades de los españoles y “la confrontación de lo español frente a lo foráneo” – habla de Prada – “fue un gran cosmopolita, lo que le permitió trazar la radiografía del alma española sin casticismo y sin veneración hacia lo foráneo.”

Nacido en Villanueva de Arosa, emigró con 13 años a Buenos Aires, donde se asoció con círculos anarquistas. Tanto es así, que en 1906 fue llamado a declarar por el atentado de Mateo Morral contra Alfonso XIII, en el que murieron casi 30 personas. Camba negó su relación con Morral. Empezaba en él una etapa de escepticismo hacia cualquier idea revolucionaria, que desembocaría en una hostilidad voraz. Hacia el Estado, en cambio, su inquina inicial se moderó hacia un hiriente escepticismo. Otra cosa es su opinión de la casta política, por quienes jamás mostrará respeto alguno. Mario Noya dice que ya están en la obra de Camba “el arribismo, el fanatismo, la mediocridad de los políticos y sus mariachis, los debates parlamentarios sórdidos, banales, friquis o perfectamente estúpidos”.

No hace falta preguntarnos qué escribiría Camba sobre Gürtel, el Ministerio de Igualdad o el estatuto de Cataluña. Sus artículos sobre el baño de sesenta mil pesetas que se mandó construir Azaña, y frases como “comprenderán ustedes que la República española no iba a ponerse del lado de los maridos” (sobre la ley del divorcio) o “cambiando artículos del Estatuto catalán por puntos del programa socialista (…) se fue haciendo esta Constitución tan nueva” son, para muchos, perfectamente aplicables a la política de hoy en día. Arcadi Espada recuerda que Camba “no formó parte del fascismo ni del comunismo, representaba esa tercera España que hoy revive por cansancio frente a la socialdemocracia y la derecha”. Cansancio al que ya se refiere el gallego repetidas veces: “Al votar la República, el pueblo no lo hizo precisamente por entusiasmo republicano. Aquel voto, más que un voto en pro, fue un voto en contra; pero no sólo en contra del rey (…) sino en contra de todo un sistema”.

Ahonda en esta idea Juan Manuel de Prada: Camba “fue un diagnosticador atinadísimo de la República. Su desencanto irónico es una de las visiones más lúcidas de esta época.” Su denuncia del amiguismo y la corrupción en el Madrid republicano, y sobre todo los sucesos de octubre de 1934, se tradujeron en apoyo de Camba al golpe de estado de las tropas nacionales. Queda manifiesta su decepción con el experimento republicano: “Y lo peor es que antes (…) había siempre una solución (…) la República; pero ahora que tenemos la República, ahora ya no tenemos solución.” Consiguió escapar a Sevilla, y tras la guerra, en la que ejerció de corresponsal del ABC, volvió a Madrid y se instaló en el Hotel Palace (habitación 383). Sobre todo en esta época, se volvería más huraño y abandonaría los libros monotemáticos y de viajes para abrazar textos heterodoxos, aunque manteniendo ese espíritu epicúreo y tono sarcástico que le caracterizan, siempre teniendo en cuenta las limitaciones que imponía el régimen a los escritores: “En casi todo el interior de Castilla, al pescado se le llama fresco, pero no al pescado fresco, sino al pescado podrido.”

Sentencia Mario Noya, otro gallego: “Quien se engolfa en el dichejo ese de que no hay nada más caduco que el periódico de ayer es que, o no da más de sí, pobriño, o no ha leído a nuestro hombre… o es político.” Ciertamente, si en el periódico de ayer escribió Julio Camba, o algún otro autor que han mencionado los entrevistados durante nuestras conversaciones – Josep Pla y Manuel Chaves Nogales hacen insistentes apariciones – éste contendrá una evaluación irreverente de los males que aquejan hoy a España, y por desgracia, de los que le afligirán dentro de casi 50 años.

Novedades editoriales de Julio Camba

Aventuras de una peseta (Alhena Media, 2007)

La ciudad automática (Alhena Media, 2008)

Maneras de Ser Español (Luca de Tena, 2008)

La rana viajera (Alhena Media, 2008)

Un Año en Otro Mundo (Rey Lear, 2009)

Haciendo de República y artículos sobre la guerra civil (Libros del Silencio, 2010)

Ésta es la versión no editada del artículo que apareció en la revista Tiempo la semana del 27 de agosto al 3 de septiembre.

Written by pursewarden

septiembre 6, 2010 at 8:30 am

Manuel Chaves Nogales – La Ilustración Liberal

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Aquí la versión editada del artículo sobre Manuel Chaves Nogales que he publicado en el último número de la Ilustración Liberal (Núm. 44):

Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-1944) vivió la tragedia de ser español y amar la libertad en los años 30. A sangre y fuego, libro de relatos del periodista sevillano sobre la Guerra Civil, termina así: “Daniel (…) murió batiéndose heroicamente por una causa que no era suya. Su causa, la libertad, no había en España quien la defendiese”.

Chaves Nogales, al igual que el Daniel del relato, no era más que un trabajador que trataba de salir adelante en la España de Primo de Rivera, la de Alfonso XIII y la de la República. (…) En la brillante biografía que escribió (…) sobre su paisano Juan Belmonte se dice que en ese año, 1935, “se iniciaba en España una revolución”. La ilusión de los primeros años de la República daba paso a un motín nacional, cainita y sañudo.

(…)

El Frente Popular y la descomposición de la República

Corre el año 1936 cuando se produce la llegada al poder del Frente Popular. Tras la alternancia de partidos y líderes predominantemente burgueses, se proclama vencedora una amalgama de partidos y políticos revolucionarios que, como en el caso de Largo Caballero, ven en la República un paso intermedio hacia la dictadura del proletariado. En el campo “creció el odio al propietario, bueno o malo, sólo por ser propietario, y al socaire de las teorías anticapitalistas invadieron el campo cuadrillas de expropiadores, que no eran otros que los tradicionales algarines, los raterillos rurales que siempre habían andado a salto de mata, y ahora tomaban un aire altivo de ejecutores de la justicia social. Ladrones de campo y cuatreros ha habido siempre en Andalucía; pero nunca, ni en la época del bandolerismo legendario, se ha considerado el robar como un timbre de orgullo”. De esta forma se lamenta Juan Belmonte, quien sostiene en la biografía que le escribe Chaves Nogales:

Lo verdaderamente dramático era la ruina de la economía campesina, determinada por huelgas innumerables. Lo peor eran las huelgas por solidaridad. Cuando penosamente, a fuerza de discutir y regatear, se firmaban unas bases entre los propietarios y los jornaleros, venía una huelga por solidaridad, y la cosecha se quedaba en el campo. Los primeros años de la República han sido la ruina de los labradores.

La ideologización del campesinado y la manipulación de los gerifaltes locales propician un ambiente en el que se penaliza el trabajo y se ensalza el pillaje. Una noche, un estrépito le hace pensar a Belmonte que le atacan los revolucionarios. Nada de eso hay. Son “modestos expropiadores que se llevaban las gallinas”. Y con socarronería andaluza añade: “Estuve por ir al sindicato a quejarme de la falta de competencia de los funcionarios expropiadores de la sección avícola”.

Pero tras este aparente buen humor se esconde la amargura de quien, tras haber salido de la pobreza con trabajo y arriesgando la vida, puede “de la noche a la mañana (…) perderlo todo” por una serie de decisiones ciertamente arbitrarias. Si al proclamarse la República los revolucionarios deciden, magnánimos, no incautarse de los caballos del torero –”(…) el capital de Belmonte ha sido bien ganado”–, poco después esos mismos revolucionarios se han radicalizado, abandonándose al saqueo.

Aquellos mismos que al proclamarse la República no se atrevían a incautarse de mis caballos porque yo había ganado lícitamente mi capital, venían un año después a hurtármelos sin ningún escrúpulo teórico.

(…)

La República y la civilidad. Han sido bien documentados los cierres de periódicos y el endurecimiento de las leyes contra la libertad de expresión, teniendo estos su máximo exponente en la Ley de Defensa de la República, primera ley aprobada por Azaña, en cuyo texto se podía leer: “Son actos de agresión a la República (…) La difusión de noticias que puedan quebrantar el crédito o perturbar la paz o el orden público (…) Toda acción o expresión que redunde en menosprecio de las Instituciones u organismos del Estado (…) La alteración injustificada del precio de las cosas [algo, por otro lado, normal en la época: recordemos que EEUU, bajo el gobierno de Roosevelt, había introducido medidas económicas similares, antes de que el Tribunal Constitucional las declarara ilegales…]”. Por su parte, el ministro de la Gobernación quedaba facultado para “suspender las reuniones o manifestaciones públicas de carácter político, religioso o social, cuando por las circunstancias de su convocatoria sea presumible que su celebración pueda perturbar la paz pública”…

Chaves Nogales ve los acontecimientos con preocupación, y unos años después, tras haber salido de España, dirá:

Yo, que no había sido en mi vida revolucionario, ni tengo ninguna simpatía por la dictadura del proletariado, me encontré en pleno régimen soviético.

Sin embargo, antes de escapar de España en el año 1936, Chaves Nogales seguirá escribiendo en periódicos del bando frentepopulista (sobre todo en Ahora, en el que hará las veces de director), al que no criticará abiertamente hasta su llegada a Francia. Su desengaño con el bolchevismo ya había quedado patente en su libro de 1934 El maestro Juan Martínez que estaba allí, narración de las peripecias de un bailaor flamenco que intenta escapar del terror rojo y la guerra civil en la URSS. Pero en España, a pesar de que tras la guerra atacará ferozmente ambos bandos, antes de su evasión, ya sea por convencimiento o por miedo, se muestra firme partidario de la República.

La Guerra Civil

Lo más probable, leyendo lo que escribió el periodista sevillano cuando ya corría el riesgo de ser represaliado, es que en un principio confiara en que el sistema republicano fuera capaz de anular el elemento revolucionario y afianzar la democracia liberal en España. Es precisamente por esta razón por la que Chaves Nogales detestará al bando franquista, cuyo mayor peligro radicaba en su elemento falangista, anticapitalista y antiliberal. Desde muy pronto, y aunque el general Mola se pronuncia con una bandera republicana y la promesa de salvar el régimen, Chaves Nogales es capaz de ver en el llamado bando nacional lo que es incapaz de aceptar en el frentepopulista; y es que los revolucionarios habían aprovechado la guerra para propagarse por ambos frentes. “Los caldos de cultivo de esta nueva peste (…) nos los sirvieron los laboratorios de Moscú, Roma y Berlín, con las etiquetas de comunismofascismonacionalsocialismo, y el desapercibido hombre celtíbero los absorbió ávidamente”, dirá más tarde. Pero su error de juicio original le llevará a decidir –a diferencia de lo que hicieron otros intelectuales– quedarse en Madrid, aún esperanzado con que la posible victoria de la República pueda significar la pervivencia de la democracia liberal en España, una democracia que ya había empezado a descomponerse irremisiblemente tras el golpe de estado perpetrado por PSOE y UGT en 1934 y que había recibido el golpe de gracia con el levantamiento de 1936.

De la guerra sólo quedan una serie de artículos escritos “contra el fascismo”. Aquilino Duque señala que el último de los que escribió antes de abandonar España se titulaba “Bajo el signo de la svástica y el fascio de los lictores”. A estos artículos hay que darles el valor justo de lo redactado en tiempo de guerra. No es hasta 1937 que, ya fuera del país, publica A sangre y fuego. Aquí reconoce Chaves Nogales ciertas diferencias entre ambos bandos; destaca que el nacional está mejor organizado y que en él la violencia interna está más controlada. En los relatos del sevillano hay odio, venganza y crueldad en la zona nacional, pero no checas ni organizaciones como La Columna de Hierro, conformada por bandas de anarquistas dedicadas “impunemente al pillaje y a la destrucción”:

Con el pretexto de limpiar al país de fascistas emboscados iban aquellos hombres por pueblos y aldeas matando y saqueando a su antojo sin que las escasas fuerzas de orden público de que disponían las autoridades pudiesen hacerles frente.

Estas diferencias dejan entrever en el bando franquista un germen de algo que no es solamente falangismo, sino adscripción a unos valores tradicionales y reacción ante el proceso de bolchevización en España. El periodista, firme en sus principios, comparte el odio a los bolcheviques pero cree sin embargo que es la democracia la que debe luchar contra los procesos revolucionarios. Sin embargo, en España, donde éstos han penetrado en ambas facciones, Chaves Nogales no tiene hogar ideológico. En lugar de aceptar el levantamiento como mal necesario, dice tras llegar a Francia:

Yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos: para un español quizá sea eso un lujo excesivo.

La extraordinaria acritud de estas declaraciones se traslada a los relatos de A sangre y fuego, llenos de odio y cinismo. En un hospital miliciano, un enfermo “tenía un trapo con los colores de la bandera monárquica escondido debajo de la almohada, y cuando la fiebre le hacía delirar se incorporaba en el lecho y tremolando su bandera por encima de la cabeza gritaba frenéticamente: ‘Arriba España’, mientras los enfermos vecinos, enemigos del fascismo, se debatían entre las sábanas y llamaban a los milicianos para que lo fusilasen”. Poco después, un miliciano accede a la petición y lo asesina; entonces, otro tísico desde su cama le da las gracias y se arropa para dormirse. “Ahora podré morir tranquilo”. Es sólo una entre decenas de tropelías que narra el de Sevilla, y que inevitablemente nos remiten por contraste a las originales lecciones de memoria histórica que pretenden imponer algunos de los hijos y nietos de los contendientes. Es por esta razón que la inteligencia nos llama a leer A sangre y fuego y a no olvidar las pocas pero valiosas lecciones que podemos extraer del libro.

Es sin duda esta colección de relatos lo más sincero que escribiría Chaves Nogales sobre el conflicto en España. No sorprende que en este ambiente hostil, atrapado entre dos facciones revolucionarias, la falangista y la frentepopulista, y ya convencido de que la democracia en España ha sido liquidada, decida marchar a Francia: el futuro dictador de España “va a salir de un lado u otro de las trincheras” y él no quiere estar allí para vivirlo.

Francia y la Guerra Mundial

De su exilio en el Hexágono –”por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros”–, extraerá toda la información necesaria para redactar La agonía de Francia, donde relata la rendición del país vecino ante las tropas nazis y sigue denunciando la táctica comunista:

Pretendieron seguir utilizando la guerra civil española como plataforma política, pero el pueblo francés (…) descubrió finamente el siniesto juego de la política comunista respecto a España.

Chaves Nogales acusa a los quintacolumnistas de Berlín, Moscú y Roma de dinamitar la resistencia de la democracia francesa, ya bastante debilitada luego de “las dos revoluciones abortadas; la de las ligas reaccionarias de 1934 y la del Frente Popular en 1936”.

En esta crónica, Chaves Nogales trata de tomar el pulso psicológico a Francia en los meses anteriores a la rendición del régimen de Vichy, e insiste en lo falaz de la idea de que la democracia es incapaz de luchar contra el totalitarismo. Sin embargo, y aun cuando su análisis de la degeneración democrática es valioso, algunos lectores echarán en falta algo de especulación, de soluciones hipotéticas al drama de las democracias. Chaves Nogales habla del “sofisma mil veces repetido de cargar a la cuenta de la democracia los crímenes que cometen sus enemigos”, pero no de cómo puede la democracia defenderse de ellos. Sea como fuere, el sevillano es, ante todo, periodista y, aunque se aventurará bastante en su análisis de la realidad, se negará a hablar de lo que podría haber sido.

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Cuando el ejército alemán entra en Francia, Chaves Nogales ya ha puesto rumbo a Londres, preocupado ante el más que probable peligro de que sus escritos contra el fascismo, tanto en España como en Francia, y su condición de famoso reportero le hayan granjeado un puesto en las listas de la Gestapo.

Ideología y Revolución

España es el escenario de la primera gran guerra ideológica, un tipo de confrontación que exige el aniquilamiento del enemigo, pues no se lucha contra un líder sino contra unas ideas. Cualquiera puede estar intoxicado de las ideas enemigas, la quinta columna está en todas partes: en este clima, la paranoia y la venganza campan a sus anchas.

Gana Franco la guerra y consigue anular en gran medida el elemento revolucionario de su régimen y, así, evitar el destino de cualquier totalitarismo: el exterminio del enemigo, del amigo del enemigo, del indiferente y de todo aquel que pase por ahí. Chaves Nogales decidirá, de cualquier modo, seguir en el exilio, pero mandará a su familia de vuelta a la patria, al igual que hicieron Ortega y Ramón Pérez de Ayala. Morirá en Inglaterra sin ver la derrota del otro gran totalitarismo revolucionario que amenazó a Europa, el nazismo.

La íntima relación entre las grandes ideologías revolucionarias del siglo XX ha sido suficientemente documentada por autores como Hayek y, más recientemente, por Jonah Goldberg (en Liberal Fascism); pero Chaves Nogales articula lo político no desde lo teórico, sino desde lo cotidiano, y demuestra que los principios de defensa de la libertad no son coto exclusivo del activista, y que deben ser defendidos ante todo por el ciudadano de a pie, el individuo ahogado por la imposición igualitarista de los sistemas políticos que reclaman que rememos todos en una misma dirección y hacia un mismo objetivo. Estamos ante alguien que se reivindica como pequeñoburgués y liberal, dos palabras que en nuestra época han merecido el desprecio de todos los pensadores revolucionarios, desde Nietzsche hasta Sartre. Y es esta denominación la clave del pensamiento de Manuel Chaves Nogales, que no es activista, ni prosélito, ni tan siquiera exégeta: simplemente alguien con un “odio insuperable a la estupidez y a la crueldad”; un pensamiento que, por crítico, resulta peligroso para los niños cantores del “Por un mundo mejor”.

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Decía Chesterton del comunsimo y el calvinismo: “Agotan sus dogmas, los llevan a la extenuación, hasta convertirlos en una pesadilla”. Lo mismo podría decirse de todos los movimientos revolucionarios que, llámense jacobinos, nacionalistas u ecologistas, asolan Occidente desde la Revolución Francesa. Chaves Nogales, que comprendió que la revolución era siempre enemiga de la libertad, supo también cuál era el mayor enemigo de aquélla: gente como el obrero Daniel al que nos referíamos al principio del relato, que “se había limitado a desconocer y desacatar las organizaciones proletarias de la lucha de clases, a no secundar las huelgas y a procurarse mejoras económicas trabajando a destajo o en horas extraordinarias, contrariando los acuerdos e intereses sindicales”. A vivir, al fin y al cabo, su vida, sin plegarse al ideario que, inevitablemente, impone quien está convencido de que la forma de vivir que propugna es superior a todas las demás. “¡Ya sois los amos! ¡Ya mandáis!”, dice Daniel a los comunistas. “No os pido más sino que me dejéis vivir y trabajar como me dejaba el patrón”. Pero el consejo obrero le acaba expulsando de la fábrica, porque al totalitarismo no le basta con la mera aceptación, sino que exige celo y entrega.

Se hace de esta forma buena la observación más obvia que extraemos al leer textos como el Homenaje a Cataluña de George Orwell: los comunistas, como enemigos, eran temibles; pero mucho peor era tenerlos en tu mismo bando. Éste fue el infortunio de Manuel Chaves Nogales, cuya causa, la libertad, no hubo entonces en España quien la defendiera.

Esta versión editada apareció en Libertad Digital.

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Una breve historia de los crooners soviéticos – Letras Libres

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Cuando un planificador central lo controla todo, como sucedía en la URSS, tiene que ocuparse no sólo de temas económicos, sociales y políticos, sino de algunos mucho más graves. Del ocio, por ejemplo. La intelectualidad marxista de Europa occidental se hartó en su día de ensalzar a los grandes directores de cine y al puñado de escritores y compositores que dio la Unión Soviética. Pero no siempre iba a vivir el proletariado de Eisenstein, Gorki o Prokófiev. Porque, no nos engañemos, estos artistas gustan más al intelectual progre que al obrero medio, que tras un duro día de asemblar piezas para el Zaporozhet, previsiblemente no tendrá el estómago de soportar las tres horas de metraje de Solaris. Estados Unidos, el otro actor en la escena del imperio mundial por aquellos días, libró a sus dirigentes, mediante el libre mercado, de tener que planificar el asueto de sus conciudadanos. Estos, a pesar de profesores y estudiantes de universidad, eligieron ignorar a John Cage y Steve Reich mientras se despiporraban en los conciertos de grandes crooners como Frank Sinatra, Dean Martin o Nat King Cole.

El sino de Rusia en ese siglo XX fue darse cuenta tarde de que tenía que seguir el camino, a su manera y a su pesar, que iba marcando Estados Unidos. El régimen comprendió que no podía alimentar las ansias de recreo de su masa de asalariados con sinfonías de Shostakovich. Así, comenzó a organizar festivales de canto en los que se adaptaba el estilo crooner occidental a temas soviéticos, con algún toque regional según el lugar de procedencia del intérprete. Ejemplo de esto es el nuevo fenómeno viral en internet protagonizado por el crooner Eduard Khil, de ya casi 80 años. El vídeo en cuestión muestra a Khil interpretando en la televisión soviética su tema Я очень рад, ведь я, наконец, возвращаюсь домой (“Me siento dichoso, ya que por fin regreso al hogar”) y ha recibido varios millones de visitas en Youtube.

El propio Khil explica que originalmente, él y su compositor habían escrito una letra para la canción, que al final no desvelaron por miedo a la censura. De allí los extraños arreglos vocales y el rebautizo que ha hecho la comunidad 2.0 de la canción: “Trololo”.

Khil, desde hace unos meses el crooner soviético más famoso del planeta, no siempre ha disfrutado de este lugar de preferencia. Ese honor lo mereció antes Georg Ots, crooner estonio sobre el que se produjo un biopic que se estrenó el año pasado. Los productores, estonios y rusos, esperaban con este film mejorar las relaciones entre ambos pueblos, tensas desde la caída del muro y la independencia de Estonia. Ots, que sigue estando entre los artistas más vendidos, no sólo de Estonia, sino también de Finlandia, murió en 1975, víctima de un cáncer. Su carrera, que comenzó como intérprete de ópera en el Bolshoi, y que pasó también por el cine, está marcada por la búsqueda de las raíces musicales del folk estonio y ruso. Tal es su popularidad, que científicos rusos le pusieron su nombre a un planeta. Su voz, a pesar de ser considerado “el Sinatra soviético”, es mucho más académica y grave que la del italo-americano, y algo menos expresiva.

Más comunicativa, procedente del jazz y el pop, es la voz de Muslim Magomayev, como se puede apreciar en esta versión de “My Way”. Beneficiado con el título de más lustro de su país, Artista del Pueblo de la URSS, Magomayev también compuso la música de varias bandas sonoras de películas soviéticas y disfrutó de un gran éxito en el teatro Olympia de París a finales de los años sesenta. La Francia del 68, en los albores del antiamericanismo, se entusiasmaba con los rivales de Sinatra. Magomayev vendió 4 millones y medio de copias de su disco y acudió a Cannes para recibir un disco de oro. Varias casas discográficas occidentales le hicieron ofertas, pero el Ministerio de Cultura le negó el permiso, aduciendo que Magomayev tenía que regresar a la URSS para cantar al pueblo ruso. Regresó a Moscú en 1969, sin contrato, y murió en 2008 en su apartamento.

El único crooner soviético que ha rivalizado con Muslim Magomayev y Georg Ots, no sólo en popularidad, sino por el título de “Sinatra soviético”, es Iosif Kobzon. Nacido en Ucrania, llegó a cantar frente a Stalin, y aunque fue expulsado del Partido Comunista en 1983 por interpretar canciones judías, se mantuvo leal al régimen. Prueba de ello es que fue la primera celebridad en acudir a Chernobil para animar a la población, a la que brindó un concierto gratuito. Tras la caída del muro siguió su compromiso hacia la madre patria. Ha sido elegido parlamentario de la Duma ininterrumpidamente desde la caída de la URSS, a pesar de haberse enfrentado a acusaciones, como Sinatra, de mantener un trato demasiado amistoso con la mafia de su país. Kobzon, como Sinatra, se defendió diciendo que él cantaba para quien le pagara, sin importar a qué se dedicara. En 2002 negoció con terroristas chechenos durante la crisis de los rehenes en un teatro de Moscú, consiguiendo la liberación de cinco de los capturados. Y al igual que Ots, un homenaje luce para él en el firmamento, en la forma del asteroide 3399 Kobzon. Su voz, grave y operística como la de Ots, consigue sin embargo ser más conmovedora y melosa; a pesar de su actividad política, sigue desplegándola para sus admiradores varias veces al año.

Eduard Khil, nuestro héroe viral, ya ha tenido ofertas para irse a dar conciertos en los Estados Unidos. Confiesa que su mujer es reticente, ya que para ella aquel país sigue siendo el enemigo Número Uno. El gobierno ruso ya no se pronuncia, por supuesto. Pero a su edad, es posible que se le haya pasado el momento de dar el salto. Confiesa que ya pocas veces es capaz de cantar su “Trololo”, técnicamente muy complejo. Él es de los pocos crooners soviéticos que quedan ya, perteneciente a un país y una época sin régimen y con una fama que resurge hacia el final de su vida. Khil se toma su fama crepuscular con humor y dice disfrutar de la publicidad que reciben sus conciertos gracias a una canción “optimista”. “Cada país, y cada ser humano, entiende esta canción de forma diferente,” dice Khil, que ha pedido a sus seguidores que le envíen propuestas para poner al fin letra a “Trololo”. Y promete que, aunque le cueste, cantará la nueva versión y la colgará para deleite de sus seguidores en ese mundo abierto que es internet.

Fuente: Letras Libres