Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

Archive for the ‘Crítica cine y televisión’ Category

A 40 kms del Pacífico y 30 de Charles Chaplin de Jardiel Poncela, en Libertad Digital

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Contratado por la Fox, Enrique Jardiel Poncela (o Ponsella, como se resignó a que le llamaran) acudió en los años treinta a Hollywood para trabajar de guionista. A 40 kms del Pacífico y 30 de Charles Chaplin – Los Ángeles, para que nos entendamos – es la crónica del genial escritor español acerca de su viaje a los EEUU.

Jardiel aprovecha el viaje a California para hablar de las estrellas – las cósmicas – con guapas señoritas, escribir poesía, maravillarse ante la profusión de automóviles en los Estados Unidos (uno por cada séis habitantes. A principios de los 60, cuando Foxá se pasea por la otra orilla, hace la misma observación: entonces los norteamericanos salen a coche por tres habitantes) y disfrutar de innumerables fiestas que acaban muy pronto por la mañana. De todo, menos aprender inglés. Y es que no hay frase en este idioma que esté correctamente escrita en el libro, incluyendo el prólogo de su hija, que consigue cometer faltas en la traducción de dos de tres novelas de su padre.

Perdonando estos detalles, que a alguno podrán descentrar, la edición es divertida, llena de fotografías, recortes y dibujos; y con esa escritura jardeliana que no comete ese contemporáneo error de confundir ingenio con falta de hondura.

“Un tren atraviesa de pronto una calle. ¿No mata a nadie? Sí; todos los días mata a ocho o diez personas; pero, pasando ese tren por en medio de la ciudad, las verduras llegan cinco minutos antes.”

Ecos de escritores que en España apenas existen y que desde luego no se leen. De Mihura, de Edgar Neville, de Wenceslao Fernández Flórez… Sólo Jardiel parece estar recibiendo la atención editorial que merece, y al menos por eso hay que congratularse.

Centrándonos en el viaje, la aventura de Jardiel le lleva por París, El Havre, un transatlántico, Nueva York y Chicago, antes de llegar a California. En la travesía, Jardiel nos informa de que

“Miss Joërgen me dice que su marido ‘no la comprende’.
(Esto significa que le va a engañar en cuanto pueda).
Pero el marido no deja ni a sol ni a sombra a su mujer.
(Lo que significa que, en realidad, ‘la comprende’ perfectamente).”

Ya en los Estados Unidos, nos ofrece una mirada sincera, como de paleto consciente de serlo, capaz de ver en los estadounidenses tanto su energía como su ingenuidad. Nos dibuja Nueva York, “la ciudad menos parecida a Madrid que más se parece a Madrid”, con una mezcla de admiración e indiferencia, como el que lee la noticia de un avión de pasajeros supersónico y tiene el buen gusto de no emocionarse demasiado.

La evocación que hace del Hollywood de los años treinta no es, desde luego, paradigmática. Al contrario, la prosa es puro Jardiel, y el libro está mucho más indicado para los admiradores de su escritura que para alguien interesado en la época y el lugar, a quien podría gustar más Some Time in the Sun, la biografía que escribe Tom Dardis acerca de la inmersión de grandes escritores – Fitzgerald, Faulkner, Nathanael West – en el mundo del cine. A 40 kms del Pacífico y 30 de Charles Chaplin contiene observaciones geniales acerca de aspectos muy concretos de la experiencia hollywoodiense, sobre todo de la colonia española que allí hizo su aparición y que luego se pasaría por los estudios Joinville de París, antecediendo a la pléyade de artistas del celuloide que hoy en día cruzan el charco.

Se agradece esta visión particular, pues cuanto más universales son las observaciones de Jardiel, menos interesantes nos parecen por ser lugares comunes. Creador de un universo propio que se ríe del nuestro, siempre nos quedaremos con sus anuncios inventados, imposibles de ver en nuestro mundo pero que no existirían sin él.

“Tacos de billar automáticos: para ser campeón usted no necesita saber jugar.

Thompson, la mejor ametralladora para casos de huelga.

Por cuatro dólares sabrá usted el día y la hora de su muerte: garantizamos puntualidad.”

Y así, jugando en la frontera entre lo casi real y lo demasiado real, se nos muestra un autor que no por sus extravagantes burlas está hablando de entes ficticios: se ríe de nosotros.

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Directores de cine españoles en el extranjero – Revista Tiempo

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… Y Nos Reciben con Alegría

Cada vez son más los directores españoles que se van a rodar a EEUU o a cualquier otro país, con presupuesto y actores extranjeros. Berlanga se habría emocionado viendo cómo nos acogen.

Antes venían ellos a rodar aquí, porque era mucho más barato, y les recibíamos, berlanguianamente, no ya con alegría sino con euforia; admirábamos el tronío de ese gran pueblo con poderío, porque venían cargados de dólares y pagaban el triple por todo. Ahora es al revés. En plena crisis, hay una oleada de directores españoles que se van a rodar a Estados Unidos, aunque los motivos son muy variados. Desde la pura estadística (o con eso bromea Luis Berdejo) a los contactos personales o a facilidades económicas. Pero cada vez más directores españoles se van a rodar fuera.

Es verdad que la historia de los españoles en Hollywood ha sido casi siempre cosa de actores. Los pioneros, antepasados profesionales de los Bardem y Banderas, hacían versiones en español de películas que habían tenido éxito en EEUU. Entre Rafael Rivelles, María Ladrón de Guevara, Catalina Bárcena o Julio Peña sí que llegaron algunos dramaturgos como Gregorio Martínez Sierra y Enrique Jardiel Poncela. También se montó una sucursal de Hollywood en París, los estudios Joinville, donde Imperio Argentina rodó películas como Su noche de bodas, ¿Cuándo te suicidas? o Melodía de arrabal, con José Isbert, Maurice Chevalier o Carlos Gardel. Mejor es reír fue dirigida por Florián Rey y adaptada por Pedro Muñoz Seca. Ninguno de los dos dio el salto a Estados Unidos.

Durante el franquismo no es España la que va a Hollywood, sino Hollywood la que viene a España. Aquí se rodaron 55 días en Pekín, Doctor Zhivago y El Cid, entre muchas otras. Precisamente el director de esta última, Anthony Mann, estuvo casado con Sara Montiel, una excepción en esta época, ya que rodó tres películas en EEUU: Veracruz, Serenata y Yuma. Pero casi todos los papeles hispánicos en Hollywood son cosa de mexicanos. Se suceden también nominaciones sin fortuna al Oscar. Juan Antonio Bardem, Berlanga, Francisco Rovira Beleta, Jaime de Armiñán y Carlos Saura vuelven de la ceremonia de la academia con las manos vacías. También Europa mira hacia nuestro país, y producciones como los spaghetti western utilizan localizaciones y equipos técnicos y artísticos españoles. No parecía haber excesivo interés en España por probar fortuna fuera. La barrera lingüística y una realidad sociopolítica bastante excepcional cierran tanto nuestros productos como a nuestros profesionales al exterior. Pero llega el año 1982 y José Luis Garci gana el Oscar por Volver a empezar. El cine español comienza a recibir la atención de la industria estadounidense. Fernando Trueba ganará con Belle époque en 1992 y rodará Two Much con actores estadounidenses de primera fila. Entretanto, Garci había recibido otras dos nominaciones, por Sesión continua y Asignatura aprobada, y Carlos Saura una más por Carmen. Los éxitos de los directores, luego refrendados por Amenábar y Almodóvar, propician el desembarco de toda una generación de actores, de sobra conocidos.

Aquí vienen.
Pero son más recientes, sin embargo, las incursiones de directores españoles en producciones estadounidenses y europeas. Toda una generación de jóvenes está dando el salto a trabajar en otros países y otras lenguas. Algunos, como David Pastor (codirector, junto con su hermano Álex, de Infectados), porque estudiaron cine en EEUU: “Escribimos un guión en inglés con la idea de trabajar con actores en inglés en un rodaje en España, pero al final la producción fue 100% americana”, dice David. Álex, que había completado sus estudios de cine en Barcelona, se reunió con su hermano en Nueva York.

Otros, como Juan Carlos Fresnadillo, deben su trabajo en el extranjero a la generosidad de alguien que se fijó en su talento: “Gracias a Intacto recibí una invitación de Danny Boyle para dirigir 28 semanas después. Me planté en Londres y estuve allí dos años”. Fresnadillo superó la adaptación a un idioma que no dominaba y firmó una cinta que disfrutó de una gran distribución y posterior acogida mundial. Luis Berdejo (La otra hija) fue quien tomó la decisión de buscar oportunidades en otro lugar: “Pensé que, por una pura cuestión matemática, si en Estados Unidos se hacen más películas tendría más posibilidades de hacer una allí. Había estado a punto de rodar dos veces en España sin éxito, así que me decidí a intentarlo fuera”.

¿Es más difícil entonces conseguir trabajo en España? Nacho Cerdá cree que no. “Trabajar fuera no es la panacea, cuesta arrancar. Las oportunidades son una casualidad”. Él filmó Los abandonados en Bulgaria, en una producción española con participación británica y búlgara pero “con espíritu internacional”. “La carrera de un director no debe estar sujeta a una nacionalidad”, dice. David Pastor abunda en esta idea: “Hay historias que hay que contar en un sitio e historias que hay que contar en otro”. Generalmente hay coincidencia en defender, a pesar de todo, la industria española. “La actitud en EEUU es muy conservadora. En España están más dispuestos a salirse del género”, dice David Pastor. “Allí hay un agujero entre el súper presupuesto y el presupuesto bajísimo”. Algunos directores europeos que se habían ido a Estados Unidos, como Paul Verhoeven, han tenido que volver a sus países de origen ante las dificultades para encontrar financiación para proyectos más personales.

Ah, la globalización.
Nacho Cerdá, que estudió cine en Los Ángeles, explica las diferencias entre ambos lados del Atlántico: “La producción física de una película es un concepto globalizado, pero la producción financiera varía mucho. En Europa el director viene con un proyecto bajo el brazo, mientras que en EEUU al director se le contrata para rodar el proyecto de otra persona”. Cerdá señala que, en muchos casos, el rodaje de una película en EEUU es como el de un spot publicitario, donde “una empresa elabora un concepto y un guión, contrata a un director y luego hace el montaje”. En Europa, el director tiene generalmente más control sobre el producto final. “La industria estadounidense es una máquina que te puede devorar”, zanja Cerdá.

Los hermanos Pastor, Berdejo, Fresnadillo y Cerdá no son los únicos que se han aventurado más allá de nuestras fronteras. Juan Antonio Bayona, director de El orfanato, está ahora embarcado en un proyecto con Ewan McGregor y Naomi Watts. Jaume Collet Serra está en la postproducción de Unknown, con Liam Neeson. Rodrigo Cortés, que sorprendió este año con la película Enterrado, ha fichado a Robert De Niro y a Sigourney Weaver para su nuevo proyecto, Red lights.

A pesar de estas impresionantes credenciales, no todos se encuentran con reacciones positivas al volver a España. Luis Berdejo explica: “En muchas entrevistas y cuestionarios he sido presentado como un tipo resentido con su país, cuando yo nunca he mostrado nada que no sea agradecimiento. Pero parece que eso no vende. Tres de mis cuatro cortos fueron subvencionados, amo España, estoy muy agradecido a los festivales de cortos increíbles que tenemos y, si bien en la industria audiovisual hay ciertos personajes deleznables, no tengo sino gratitud y cariño hacia mi país”.

El cine ha sufrido la misma evolución que cualquier otra industria, y para encontrar trabajo, los jóvenes están dispuestos a irse al extranjero, algunos de forma coyuntural, quizá buscando una salida para un proyecto concreto; otros con más entusiasmo, refiriéndose a industrias que han producido películas que son parte de su educación sentimental. Queda claro que la presencia española en el extranjero ya no es meramente en representación de una franquicia más o menos inestable, sino que como en tantos otros oficios -la moda, las finanzas, la gastronomía- la exportación del talento español es una realidad permanente. Ya no van con la maleta de cartón. Van sabiendo. Y les reciben con alegría.

Mad Men, políticamente incorrecto – Letras Libres

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Nadie puede negar que Mad Men es una serie desprovista de la red de seguridad de la corrección política. Los hombres no comen yogur de soja ni se depilan, sino que pasean su hipermasculinidad por las oficinas de la agencia de publicidad Sterling Cooper mientras deciden a qué secretaria van a hacer sonrojar, o peor. Joan Holloway, interpretada por la actriz Christina Hendricks, se ha convertido en un icono de la mujer exuberante, alejada de cualquier androginia. Son hombres masculinos y mujeres femeninas, no las diluidas versiones contemporáneas que son la norma hoy en día.

Por eso vemos la serie con el mismo morbo con el que se consume el violento cine de Tarantino –con la excitación de quitar esa red de seguridad. Y al igual que con las películas de Tarantino, ese placer de ver el tabú viene empaquetado con una estética brillante. En Mad Men se fuma y se bebe estilosamente, sans cáncer. No existe aún el SIDA, por lo que las numerosas aventuras extramaritales que acontecen en la serie se disfrutan sin castigo. Faltan unos diez años para que se invente el acoso sexual, y las palmaditas en el trasero se solucionan con meneo reprobatorio del dedo índice. Sus protagonistas hacen todo lo que nosotros no podemos, como cuando, en el film Jackie Brown, Robert DeNiro dispara a Bridget Fonda porque ésta no se calla.

En comparación con el mundo europeo de hoy, el Nueva York de Mad Men responde a una imagen bastante extendida de la jungla del capitalismo salvaje, donde existen el éxito y el fracaso sin ambages. Cooper, el jefe de Don Draper (protagonista de la serie), es un entusiasta de la biblia capitalista, La Rebelión de Atlas de Ayn Rand, publicada tres años antes del comienzo narrativo de la serie. Nadie pide disculpas ni busca excusas (muy al estilo del Doctor House), ni tampoco se ponen límites: “This is America. Pick a job and then become the person that does it.” Por eso cuando Roger Sterling responde con su who cares, sabemos que es sincero. ¿A quién le importa nada?

Esta falta de consecuencias que tienen los actos morales de los personajes de Mad Men recuerda a las primeras temporadas de Los Soprano, cuando Tony escapa indemne a todos los peligros que se le presentan. La ansiedad del espectador aumenta hasta que a partir de la cuarta temporada, las cosas empiezan a torcerse gravemente (culminando en el enigmático final de la serie). La relación de los espectadores con Don Draper va a ser parecida a la que teníamos con Tony Soprano –cuando la admiración se torne en envidia, vamos a acabar pidiendo su cabeza. Los guionistas nos la entregarán, seguro. Simplemente quedará ver cómo lo hacen.

Fuente: Letras Libres

Written by pursewarden

septiembre 17, 2009 at 5:39 pm