Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

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Prólogo de Siberia, la nueva novela de Juan Soto Ivars

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Conocí a Juan Soto Ivars en un ciclo de conferencias sobre Knut Hamsun organizadas por la Universidad Católica de Lovaina. En aquella época yo vivía en Berlín y estaba enfrascado en la redacción de Pitcairn, mi primera novela. Él vivía en Madrid y se peleaba con una extensa narración coral sobre Tánger, la ciudad en la que pasó su adolescencia. Yo acudía a las conferencias como excusa para visitar a un amigo de un amigo, que esperaba que me concediera un beca en la universidad. Juan, sin embargo, mostró ser un auténtico conocedor de la obra del noruego, y sus ingeniosas intervenciones en las conferencias y mesas redondas le granjearon la simpatía de varios profesores y conferenciantes, cosa que luego descubrí habitual en él. Volví a Berlín sin beca pero con lo que ya era una fuerte amistad.

Pasamos los siguientes meses carteándonos semanalmente, y a mi regreso a Madrid, Juan y yo acordamos buscar un piso juntos. En aquel apartamento de la calle Fidias terminamos sendas novelas, conocimos innumerables bares de la capital y duramos un año, tras el cual yo me fui a vivir con una chica a Barcelona (no una chica cualquiera: ahora es mi mujer) a la vez que su relación con una novia se rompía y se quedaba, por primera vez en años, soltero. Los próximos meses los pasé en relativo aislamiento, y poco supe de Juan. Su hermano, un prometedor guitarrista flamenco, se había puesto gravemente enfermo. Regresé a Madrid e intenté llamarle, pero, cosa también habitual en él, había desaparecido sin dejar rastro. Pasaron más meses y oí unas pocas noticias: su hermano estaba ya sano, seguía soltero, estaba bien.

Un día me llamó. Iba a mudarse a Barcelona. Volvimos a quedar y a conocer bares, pero hablamos poco del par de años que habíamos pasado sin vernos. Sólo me confió en una noche de borrachera que había escrito en ese tiempo una novela titulada Siberia. En subsiguientes días, traté de que me enviara el manuscrito, pero se negó. Tras mucho insistir, me convencí de que sólo me la mandaría cuando se dieran una serie de circunstancias misteriosas para todos salvo para Juan. Conocimos más bares.

Cualquiera que haya tenido la mala fortuna de vivir una noche de San Juan en Barcelona sabe que lo mejor que se puede hacer es tomar el mismo camino que yo: pasarla en una masía de Gerona, solo y leyendo los Sinónimos de San Isidoro de Sevilla. A la vuelta, me encontré con un voluminoso sobre en el correo: se trataba del manuscrito de Siberia. Le acompañaba una breve nota: “Como odias la novela autobiográfica, piensa que esto lo ha escrito otro”. Es cierto que Juan y yo siempre discutíamos acerca de Hambre, la novela autobiográfica de Hamsun que él considera una obra maestra y que yo no tengo en muy alta estima. Pero ambos habíamos pasado horas charlando acerca de las Confesiones del santo Agustín y algunas otras excepciones al general hastío que me produce la autobiografía.

Me senté en el sofá de mi casa del Tibidabo y leí Siberia en una tarde. Es un libro escrito con las entrañas, brillante porque al contrario que la mayoría de textos más o menos autobiográficos, escritos para quedar bien o mal con el lector, éste lo ignora despiadadamente. Es puro exorcismo, un duro texto en el que nada parece impostado a pesar de que sí hay en él mucho de ficción. Ya no tengo la sensación de haber pasado dos años prácticamente sin hablar con Juan. Como tras leer En Busca del Tiempo Perdido uno vive bajo la ilusión de haber conocido a Marcel, Siberia dejará al lector con la certeza de que se ha cruzado una persona física en su vida.

Creo que este prólogo es la única forma de explicar Siberia, dejando entrever que es un texto escrito en un momento oscuro de la existencia y brutalmente honesto a pesar del qué dirán. He sido testigo de cómo un editor tras otro ha rechazado la novela, no por consideraciones literarias sino por la incomodidad que ciertos pasajes puedan producir en lectores medrosos. Juan se ha negado a tocar un coma por esa razón y ha esperado a que un editor valiente publicara Siberia sin trampa ni cartón.

No hace falta explicar más. Está el lector ante una novela como un combate de boxeo: a algunos les fascinará y a otros les repulsará. Considérense afortunados quienes, como yo, pertenecen al primer grupo.

Éste es el prólogo que escribí – y que aparecerá – en Siberia, la nueva novela de Juan Soto Ivars (Ed. El Olivo Azul).

Prólogo de Pitcairn, por Juan Soto Ivars

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El abuelo de Alejandro García Ingrisano fue uno de los primeros aviadores estadounidenses y descubrió por qué morían los pilotos al alcanzar cierta altura con aquellas escobas voladoras aparatosas. Hoy comienza la carrera literaria de un escritor que contará ésta y muchas otras historias a lo largo de su obra.

 

Ya la primera vez que lo vi supe que ese personaje estrambótico era un escritor, pero no que me encontraba frente al que sería un gran amigo. ¿Cómo se puede descubrir a un escritor a primera vista? Sencillo: él estaba rematadamente borracho entre los asistentes a un congreso sobre escritores traidores en Alemania, tenía diecinueve años mal cumplidos y vegetaba en un sofá de tamaño geológico. Estaba hablando solo pero lo hacía en mi idioma, así que me acerqué un poco. Escuché: un tipo con aspecto de snob se me está acercando. Me quedé estupefacto y oí: me mira con cara de imbécil. Hice un gesto con la mano, que rápidamente fue descrito por el borracho. Decidí largarme, y el narrador apuntó rápidamente mi quiebro. Observándolo desde la distancia me di cuenta de que narraba todo cuanto le pasaba por delante, ejercicio bastante habitual entre sus manías, que son muchas y suelen divertir a quien las descubre. Pensé que no volvería a verlo, pero la vida da muchas vueltas.

 

Un tiempo después manteníamos una intensa correspondencia manuscrita y yo dirigía una gacetilla universitaria. Le propuse participar y Alejandro, que sobrevivía comiendo patatas para pagarse los carísimos calcetines de rombos que serán, imagino, una constante en su vida y en su literatura, me envió un artículo erudito y muy denso sobre Frank Zappa. Estaba escrito a mano porque el autor no podía soñar con pagarse un ordenador.

 

De aquella revista apenas conservo otro recuerdo que el de la tarde de trascripción con la que tuve que cargar mientras la necesidad de seguir leyendo se hacía más y más grande.

 

La vida de Alejandro en Berlín era misteriosa. Había abandonado la carrera de Historia del Arte en Madrid antes de terminar su primer curso, metió en la maleta alguna ropa de etiqueta (que compraba entonces en mercadillos de segunda mano) y se fue para allá. Desde el congreso de literatura a mi viaje a Berlín, ya con la amistad epistolar edificada, se extiende un periodo cuya reconstrucción resulta totalmente infructuosa: he perdido muchas de aquellas cartas, y en muchas otras no había más que fantaseos, ideas dispersas, listas interminables de las composiciones que escuchaba (Ligeti, por alguna razón que todavía no comprendo) y algunas propuestas, como la de compartir piso cuando él regresara a España. De tanto en cuando, una noticia sobre sus progresos con una novela que finalmente descartaría por enloquecida.

 

Pero toda aquella vida de mendigo elegante de Alejandro en Berlín sí cristalizaría en una novela, y la prueba es este libro que usted sostiene entre las manos y que es, a partes iguales, la causa de mi admiración y de una envidia incontrolable.

 

Una novela sobre todo aquello que Alejandro imaginaba que podía ser la vida mientras las patatas y el tabaco escaseaban. Una historia de personajes originales y distinguidos que se ven obligados a abandonar su apacible dolce far niente y correr por el mundo huyendo de un dictador, profundizando entretanto en sus relaciones gentiles y al mismo tiempo traicioneras.

 

Insólita. Así es esta novela en España. Así entre las primeras novelas de los escritores. Insólita por la madurez, por la estructura (creo que acabo de entender por qué escuchaba a Ligeti) y por el carisma de sus personajes. Por la potencia de la voz de un narrador que sabe mucho más de lo que dice y diserta sin cuidado sobre lo que sabe. Porque la originalidad en ningún momento se come al sentido del texto, porque no está disfrazado y está lleno de máscaras. Porque se puede leer de nuevo, impulso natural cada vez que la memoria rescata algún fragmento.

 

Para mí es mucho mejor la publicación de esta novela que la de mis propios textos literarios, y sospecho que para la literatura española va a ser una alegría inesperada y duradera. La botella con la que se inaugura la nave literaria de Alejandro contiene el mismo champán que beben sus protagonistas: el más caro del mundo. El más exquisito.

 

Juan Soto Ivars, Reikjavik, verano de 2011

 

 

Prólogo a mi novela Pitcairn, editada en El Olivo Azul

Written by pursewarden

noviembre 2, 2011 at 9:41 am

Mi madre es un pez, en Libertad Digital

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Hace unos años nació el Proyecto Yoknapatawpha, el esfuerzo de un puñado de jóvenes escritores por dar a conocer su trabajo homenajeando la tierra imaginada por William Faulkner. De ahí salió Sobre tierra plana, una colección de relatos publicada por la editorial Gens. La escasa repercusión del volumen, en el que participé, selló la muerte de aquél proyecto. O casi.–

Quedó la amistad entre uno de los escritores, Juan Soto Ivars, y el editor de Gens, Sergi Bellver. Cuando Bellver cambió de aires, traficando sus talentos en diversos proyectos personales (uno de los blogs literarios más exitosos del mundo hispano) y editoriales (Chéjov comentado, ed. Nevsky Prospects); los dos comenzaron a maquinar otro proyecto similar al de Sobre tierra plana. Si en éste el tema central era el del viaje, ahora la cosa gira en torno a la familia. El título del volumen hace alusión a un capítulo de Mientras agonizo, la obra más ambiciosa de Faulkner.

Hasta ahí las coincidencias. Si en Sobre tierra plana todos los autores teníamos una edad similar, Mi madre es un pez, editada por Libros del Silencio, cuenta con escritores de todas las edades, desde Eduardo Mendoza (1943) hasta Aixa de la Cruz (1988), aunque domina en él la generación de los 70. El volumen anterior, del que no repite nadie, fue una apuesta de Bellver por autores entonces noveles, pero el presente es la crème de la crème de la narrativa española, incluyendo no sólo al citado Mendoza, uno de los grandes de las letras de nuestro país, sino a cuatro de los escritores españoles más interesantes a día de hoy: Gabriel Sofer, Jon Bilbao, Alberto Olmos y Matías Candeira.

No decepcionan estos. Mendoza participa con un evocador relato acerca de una familia con Barcelona de fondo. Sofer nos sumerge en el mundo de José Faroles, un extravagante personaje andaluz del que quizá tengamos más noticias en el futuro: el relato dice estar sacado de un trabajo más extenso, y esperamos que así sea. Jon Bilbao, al igual que en sus novelas, consigue adentrarnos en un mundo donde lo extraño no es enemigo de lo creíble, y unos personajes magnéticos asisten a un pequeño evento que da lugar a la trama del relato. Candeira nos regala un cuento de ciencia ficción denso y misterioso, en el que confirma su maestría en el género. Quizá Olmos, cuyo trabajo aquí es correcto, pero más rutinario de lo que nos acostumbra, nos deja por esta vez con ganas de más.

Son estos los cuentos indispensables de la antología, junto con los de otros tres escritores a los que yo no había leído (a pesar de no ser noveles): Paula Cifuentes, Paula Lapido y Camilo de Ory. Cifuentes, conocida por su faceta novelística a pesar de su juventud, ha escrito un relato inquietante y juvenil. Se nota su implicación en lo narrado y se agradece. El sencillo cuento de Lapido es sin duda el más conmovedor de la colección. Camilo de Ory ha aportado una narración de una excentricidad subyacente, memorable.

Hay unos cuantos buenos relatos más. Rodrigo Fresán ha escrito un cuento muy en su línea posmoderna, que gustará a quienes gusten de la narrativa de Fresán. Jordi Soler y Ricardo Menéndez Salmón han contribuído dos cuentos excelentes, muy breves y que dejan con ganas de explorar más su trabajo. Contrasta el compromiso de Katya Adaui con el relato de Aixa de la Cruz, la benjamín de Mi madre es un pez, quien ofrece un planteamiento muy interesante que acaba perdiéndose en imposturas. Sin embargo, promete.

Así, valen la pena, mucho o bastante, una cantidad considerable de los relatos, lo cual avala la labor de los antólogos, cuyo trabajo resiste su propia ambición, que no es pequeña. Nada menos que 33 escritores hacen acto de presencia en Mi madre es un pez, un número algo excesivo pero que hubiese quedado equilibrado con la presencia de más autores nacidos entre los años 40 y 60. No me cabe duda de que más de uno de los nombres que en unos años se conviertan en habituales de las letras españolas habrán aparecido en esta antología. El tiempo confirmará el olfato de Soto Ivars y de Bellver, pero hasta que llegue ese momento, quien quiera ir haciéndose una idea de cuáles serán esos nombres harían bien en pasarse por las páginas de Mi madre es un pez, un trabajo que por extensión no podía sino ser imperfecto, pero cuyos errores no son óbice para que se convierta en referencia de la narrativa española actual.

Agustín de Foxá y la tauromaquia, en Burladero

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Hablemos de un libro extraordinario, y que como tal, no se puede encontrar en España salvo en librerías de viejo y portales de Internet como Todocolección o Iberlibro que permiten al coleccionista hacerse con algunas joyas fuera de los circuitos habituales. Se trata de un libro que describe así una tormenta:  “Ha estallado la tempestad; los relámpagos hacen instantáneas del paisaje; cerros y picachos aparecen de color violeta en las desgarraduras de la noche, como la entrañas de un caballo en una antigua corrida.” Su autor, Agustín de Foxá, es uno de los mejores prosistas españoles del siglo pasado, pero apenas se le estudia en el colegio y las universidades; puede que por falangista o porque quienes diseñan el plan de estudios de nuestra juventud son poco amigos de la lectura. Gracias a ellos, las víctimas de la LOGSE y posteriores descubrimos textos como éste fuera de las aulas, por ejemplo, de la manera que voy a relatar.

Juan Soto Ivars, un escritor de primera, anunció en una cena familiar que iba a dedicarse a eso precisamente, a ser un escritor de primera. Bueno, lo de que sea de primera es un añadido mío, él se conformó con anunciar que iba para escritor. Su abuelo, un hombre sobre el que narra las más desmesuradas anécdotas (que no le quitaré el gusto de publicar primero), decidió hacerle un regalo para conmemorar la ocasión. Se trataba de un antiguo ejemplar de Por la Otra Orilla, que narra el viaje que hizo Foxá por las Américas desde Argentina hasta los Estados Unidos. Juan tuvo el libro en su poder durante unos años hasta que decidió prestármelo. Craso error. Tras leerlo, se lo di a otro escritor de primera, Gabriel Sofer. La copia seguirá pululando porque para ellos, como para mí, la maestría de Foxá es evidente.

¿Pero qué sentido tiene reivindicar un libro de crónicas en un portal taurino, por bueno que éste sea (el portal y el libro)? La razón es que se me ha quedado grabada una frase que debe dar algo de esperanza al aficionado ante la fiebre prohibicionista que asola España. Avisa Foxá que “Varias veces han estado a punto de desaparecer nuestras corridas de toros ante la sanción internacional desencadenada, tenazmente, por los anglosajones y entre gritos lastimosos de las sociedades protectoras de animales.” Estamos ante un texto de principios de los años 60. Y acudir a las hemerotecas será suficiente para ver cómo la fiesta, desde que existe, ha estado asolada por melindrosos de todo tipo. Foxá, como la fiesta, vive horas bajas. Se le edita poco (aunque algunos sí se atreven) y se le lee menos. Andar ‘descubriendo’ un libro así a estas alturas no deja de ser desolador. Pero las manifestaciones culturales serias y brillantes permanecen, a pesar de los bienpensantes. El silencio es la censura de nuestro tiempo, pero frente a él no sirven los gritos sino la razón.

Se ignora por moda pero las modas van y vuelven. Quedan, afortunadamente, textos como Por la Otra Orilla, donde más allá de esta breve reflexión, encontraremos en una serie de anécdotas e ideas que harán las delicias del aficionado, como cuando acude Foxá a La Méjico, plaza de toros con mayor aforo del mundo. “Sobre esta plaza me contó el Arzobispo de Méjico que, habiendo bendecido uno por uno sus tendidos, habíale dicho a Manolete, ‘he dado la vuelta al ruedo antes que usted’. (…) También narró Manolete (…) que como le preguntara un periodista mejicano que por qué toreaba tan serio, había respondido: ‘más serio está el toro’.”

Conjugando el sentido del humor hispano y una capacidad de análisis reservada a unos pocos, avanza Foxá por un viaje lleno de trazas de nuestro país, en el que sobreviven nuestras costumbres, como la tauromaquia, pero con un matiz diferente. “Méjico es tan español, que muchos mejicanos critican a España”, pero a ambos lados del Atlántico se nos hiela la sangre con un muletazo de Manolete.

Por fortuna para Juan, cuidamos su magullada copia de Por la Otra Orilla con cuidado quirúrgico, conscientes de su valor. Algunos amigos han conseguido comprar una copia por Internet. Ojalá otros consigan hacer lo propio hasta que alguna editorial valiente se atreva a reeditar a un autor que muestra toda su agudeza y capacidad de polémica en su definición de la tauromaquia, “el espectáculo de un pueblo religioso acostumbrado por su sangre a pasearse con toda naturalidad entre el más acá y el Más Allá”.

Las Letras en el Campo – Letras Libres

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Cantaba Virgilio en sus Geórgicas “sobre el cultivo de los campos, de los ganados y de los árboles, mientras el gran Cesar esgrimía el rayo de la guerra en las orillas del hondo Éufrates, dictaba vencedor sus leyes a los pueblos domeñados y se abría el camino del Olimpo.” El poeta lombardo forjaba versos pastoriles entre la sosegada velocidad de la naturaleza, mientras en algún lugar de la lejanía los eventos se sucedían con la rapidez de los hombres.

José Jiménez Lozano, premio Cervantes 2002, me atiende por teléfono desde su casa de Alcazarén, una villa castellana de menos de mil habitantes. Nos dice que las ventajas de escribir en un pueblo “dependen de las preferencias de cada uno. Me gusta la naturaleza, la gente del pueblo, el castellano que hablan. Para mí todas”. Seguimos hablando de la escritura y de los escritores, de los que encuentran una voz propia y de aquellos que son simple altavoz a la opinión mayoritaria de tu tiempo. ¿Es más fácil encontrar una voz propia alejado de corrientes mayoritarias de opinión? Me dice que igual sí, aunque su duda encierra también el reverso de la afirmación. Me da la sensación de que la experiencia le aleja de la tentación de dar fórmulas. “Yo he vivido en Madrid y en Valladolid, y es igual una abadía que un sitio lleno de ruido si sabes lo que quieres escribir.”

Pregunto a Juan Soto Ivars, un escritor de 26 años a punto de publicar su primera novela en Ediciones B. Ha estado varios meses encerrado en un piso familiar de la región de Murcia. Alude a su propia juventud: “Al menos para un escritor joven, para escribir es necesario aburrirse porque la vida tiene alicientes mucho más excitantes que enfrentarse a la quimera de una novela. Pero cuando por impaciencia nos empecinamos en alejarnos de la vida y encerrarnos en la literatura, ayuda estar alejado de la ciudad y sus cantos de sirena para la distracción.” Sin embargo, en cuanto ha acabado la novela, ha vuelto a la ciudad: “La ciudad es necesaria para aprender. La imaginación se nutre de la experiencia, no es más que una forma original de combinar recuerdos.” Y remata: “Detestaba el pueblo para vivir hasta que lo necesité para escribir.”

Pero también hay editores que practican su oficio alejados de la ciudad. Jacobo Siruela, dueño de la editorial Atalanta, vive y trabaja en una masía del Ampurdán gerundense. Harto de la vida apretada, ruidosa y contaminada de la urbe, me dice que “las ciudades son para visitar, no para vivir.” Me enumera las ventajas de la vida en el campo: “Un incremento considerable de la calidad de vida y una distancia que te da una perspectiva más clara y serena de las cosas. Si sabes lo que quieres hacer y con quien estar, el campo te permite vivir tu vida con mayor concentración.” Siruela niega que el aislamiento y la rutina sean problemas en el campo: “No estás aislado, pues ahora las únicas comunidades que existen son las virtuales. Además la naturaleza es todo menos rutinaria. Una mañana mil abejas pueden intentar construir su nuevo habitat en tu estudio, o amanecer una mañana, como sucedió a mi mujer, con un suave murciélago durmiendo junto a tu cara. Ahora bien, hay que tener muy claro lo que quieres hacer allí, ya que no hay distracciones.”

También en el campo catalán viven Olga Martínez y Paco Robles, dueños de Candaya. Se trata de una editorial independiente de Les Gunyoles, un pueblo del Penedés de sólo 237 habitantes. “Aquí tenemos el ordenador que nos conecta al mundo, un pequeño almacén, una espaciosa biblioteca, una mesa bajo una parra que invita a la conversación y una habitación reservada para los escritores que nos visitan.” Todo lo que necesitan. Admiten acudir a Barcelona al menos una vez por semana y viajar mucho para promocionar sus libros, tras lo cual “se agradece un periodo de sosiego, lectura y reflexión (y por qué no, de cuidado del huerto y del jardín) del que podemos disfrutar plenamente en Les Gunyoles.” Niegan que el campo sea un páramo cultural. Mencionan el arte de elaborar vino y cava, un restaurante que sólo sirve comida medieval y una librería, un festival de jazz y un cineclub en Vilafranca del Penedés, localidad cercana.

De vuelta en Madrid, me acerco a la Feria del Libro y acudo a la caseta de Atalanta. Allí encuentro los Escolios de Nicolás Gómez Dávila, quien escribe que “quienes gimen sobre la estrechez del medio en que viven pretenden que los acontecimientos, los vecinos, los paisajes, les den la sensibilidad y la inteligencia que la naturaleza les negó”. Especulo con volver a llamar a los entrevistados para comentar la figura del ermitaño con el que nadie parece identificarse; curiosear con ellos acerca de otros habitantes del campo y de cosmopolitas ávidos de alejarse de la ciudad. Pero he perdido toda la mañana entre casetas y tengo que sentarme a escribir este artículo: no hay tiempo. Me pregunto si dispondría de más en el campo.

La Novela del Adolescente Miope y Gaudeamus de Mircea Eliade – Libertad Digital

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Decía Mircea Eliade que, al imitar o narrar los actos de un héroe, el hombre abandona el tiempo corriente y entra en el tiempo sagrado. En sus primeras obras, La novela del adolescente miopeGaudeamus, el pensador rumano se convirtió a sí mismo en héroe. Esos libros, que escribió a una edad muy temprana, narran el tortuoso camino de formación y autodescubrimiento que siguió en su adolescencia y juventud.

El adolescente miope, como podemos adivinar por el título del libro, no es un héroe al uso, pero tampoco un antihéroe. A pesar de ser feo y socialmente inadaptado, su inteligencia y rigor le granjean la admiración de amigos y mujeres, a los que maltrata e ignora. No resulta extraño ver a Eliade tratarse comooutsider, máxime si tenemos en cuenta su trayectoria personal, política y profesional. Militó en su juventud en el violento grupo de extrema derecha Guardia de Hierro, a algunos de cuyos miembros critica en la novela. Fue abiertamente filonazi, aunque antirracista, y nunca hizo el acto público de contrición que le exigía la intelectualidad biempensante. En el mundo académico no son pocos los profesores que desprecian sus heterodoxos manuales y estudios sobre los orígenes de la religión.

En este sentido, y en muchos otros, son evidentes los paralelismos con Knut Hamsun, el premio Nobel noruego que, también por sus simpatías hacia el nazismo, “fue castigado duramente y relegado, si no al silencio, sí a una posición muy incómoda dentro de las letras europeas”, según explica Juan Soto Ivars, especialista en el autor noruego. Hamsun escribió, además, un libro muy parecido a La novela del adolescente miope. Se trata de Hambre, en la que un joven Hamsun vaga por las calles de Oslo en busca de su estilo literario, algo de dinero… y de sí mismo.

Esas dolorosas y solitarias búsquedas desembocaron en el descubrimiento de firmes principios estéticos y políticos que condenaron al rumano y al noruego a un ostracismo para el que estaban preparados. La marginación que sufrieron los autores durante su vida anónima siguió ahí cuando alcanzaron la fama, y sospechamos que es por eso que las disculpas públicas que esperaban no pocos intelectuales (nada ajenos, a su vez, a los flirteos con un totalitarismo de otro signo) jamás llegaron. La única explicación clara que nos deja Eliade es a través de su obra, y nunca a través de las declaraciones autoinculpatorias que tanto gustan en ciertos círculos.

Adentrándonos en el libro, podemos apreciar las diferencias entre Eliade y Hamsun. Mientras que el noruego amaba la naturaleza y estudiaba con mimo a sus personajes, el rumano se encierra en su hogar y se muestra preocupado sólo por la virilidad, el ascetismo y la acumulación de saber. Desprecia sin embargo a sus profesores y a los académicos, que hoy en día le pagan con la misma moneda, a los jóvenes y sobre todo a las mujeres que le rodean. A diferencia de Hambre,La novela del adolescente miope no parece la inauguración de una carrera novelística, sino un manifiesto que abre el camino de una vida intelectual intensa. Este libro y Gaudeamus parecen una declaración de intenciones de Eliade, tras la cual no hacen falta más rectificaciones o aclaraciones. Llegados al final del volumen, creemos haber asistido a un proceso, al final del cual el autor ya no se permitirá más titubeos.

Sin embargo, no es esta impresión del todo cierta. Militante enfrentado a su organización, nazi que polemiza con las doctrinas del nacionalsocialismo, antropólogo ignorado por la academia; un Eliade en crisis con sus referentes culturales mira, como tantos otros centroeuropeos (Schopenhauer, Hermann Hesse, Carl Gustav Jung) hacia Oriente, en busca de una cultura mística que la vieja Europa, a sus ojos, ha perdido. Tras el tajante final de Gaudeamus, Eliade abandona la redacción de sus memorias durante unos 15 años, y no es hasta la derrota del Eje en la II Guerra Mundial que retoma la escritura de unos minuciosos diarios que ya no interrumpirá, y en los que detalla los desencantos y epifanías que tanto abundan en La novela del adolescente miope. Sus dudas, viajes y estudios de lo espiritual constituyen un proceso constante de exilio interior y exterior, que el propio Eliade comparó con los viajes de Ulises y sobre todo con el sentido del retorno del personaje homérico a Ítaca, lugar de referencia que da sentido al tránsito.

El viaje está lleno de escollos, pero el héroe los supera gracias a su inteligencia y voluntad, y los obstáculos que presentan los demás no son finalmente un impedimento. El héroe continúa su camino, certero o equivocado, pero radicalmente individual.

Fuente: Libertad Digital