Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

Archive for the ‘Crítica literaria’ Category

Ejército Enemigo de Alberto Olmos, en Libertad Digital

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En una entrevista concedida al diario ABC, Alberto Olmos declaraba que el progre “es una persona que disfruta de todas las ventajas de estar en la clase alta, pero que no quiere asumir ninguna culpa y entonces manifiesta supuestas emociones solidarias con todos los que sufren. El problema de los progres es que creen que los pobres quieren la igualdad, pero lo pobres no quieren la igualdad, quieren ser ricos. Todos sabemos que vivir bien es mejor que vivir mal, y que el dinero te hace feliz. La gente no quiere igualdad, la gente quiere ser rica.”

–La opinión la podría suscribir Santiago, protagonista de Ejército Enemigo, sexta novela de un autor que ya busca la consagración tras un segundo puesto del Premio Herralde (ganado ese año por Roberto Bolaño), un Ojo Crítico de RNE y ser nombrado uno de los mejores narradores jóvenes hispanos por Granta. Para dar el salto de una editorial independiente (Lengua de Trapo) a una grande (Mondadori), Olmos ha decidido atizar a la izquierda caviar sin piedad.

Cuando José Jiménez Lozano escribía que la solidaridad con las víctimas de una desgracia tiene la función de dejarnos impolutos, no se refería sólo a una actitud individual, sino a una verdadera medicina (¿opiáceo?) colectiva. Santiago/Olmos ahonda en el mundo de la solidaridad; en la solidaridad como ocio, como negocio, como bálsamo, como expositor de hipocresía. No siguiendo, desde luego, la estela escéptica y cristiana de Jiménez Lozano, sino mediante un nihilismo irreverente que exige lectores con estómago.

Santiago es un publicista cuyo padre se dedicaba al reparto de comida y bebida para los bares. Tiene dos aficiones: es adicto a la pornografía y mantiene una discusión permanente acerca de la solidaridad con Daniel, un viejo amigo progre. Pero un día, Daniel muere asesinado y Santiago se ve impelido a hablar con quienes rodeaban a su amigo para desentrañar un misterio que se agranda mientras el protagonista descubre las verdaderas opiniones y ocupaciones del difunto.

El tono de la novela es duro, realista y chabacano. Olmos es un verdadero indignado cuyo protagonista ha podido mejorar su vida gracias al capitalismo y desprecia a quienes provienen de familias acomodadas y en cambio critican el sistema que encumbró a sus padres (quienes les pagan los viajes a Davos); aquellos a los que Pablo Molina bautizó acertadamente con el nombre de Borja Lenin. Contra ellos descarga toda su ira, escribiendo mediante sentencias que a menudo se nos quedan grabadas:

“¿Quién se toma en serio una protesta que se hace el domingo por la tarde? ¿Quién hace algo en serio los domingos? Dime dónde estás los lunes y te diré por qué el sistema funciona.”

El misterio procede de una observación que le hizo Santiago al asesinado: “La solidaridad ha fracasado”. A partir de esa idea nuestro protagonista descubrirá cómo cambiaron las ideas de su amigo a lo largo de los últimos meses de su vida. En su investigación, Santiago se ve inmerso en el privilegiado mundillo del perroflauta del barrio Salamanca. Él, en cambio, ha vivido  atado siempre a su barrio de toda la vida, desde el que nos regala observaciones cínicas acerca del fracaso del multiculturalismo, el otro gran objetivo de su ira. Informa a la hermana de su amigo de que sólo tira papeles al suelo en su propio barrio, “porque el fracaso es una adicción” y la integración y la convivencia, una mentira que esconde la inhabilidad de algunas personas para salir adelante. El problema “de los jóvenes concienciados y activistas sociales y votantes del partido comunista” (Olmos dixit) es que

“ayudar, apadrinar, concienciar, manifestarse, defender, donar, reciclar, solidarizarse… Suenan bien. Seguramente el persianero, el padre de tu amigo (…) no hace nada de eso, ni apadrina negritos ni lleva una pegatina en el coche de ‘Ahorro Agua’ o lo que sea. Y cuando vosotros, con perdón, hacéis proselitismo, siempre dáis la impresión de situaros en un plano moral superior, de estar a la vanguardia de algo que, sin duda, es mejor que lo que tenemos, y de tener que aguantar el lastre de muchas personas que no hacen nada para mejorar el mundo. Sin embargo, ese tío arregla persianas, y e otro mete cajas de cerveza o barriles en un bar, y el otro conduce el autobús. Eso no sólo es hacer algo, sino que es hacer lo mínimo necesario para que el mundo, joder, funcione un poco.”

Escapa de su barrio adentrándose en el mundo de Internet y convirtiéndose en una suerte de hikikomori (que es, además, el nombre del blog de Olmos en la vida real), todo ello sin abandonar su investigación. La decadencia de Santiago, aunque pronunciada, es menos perceptible de lo que cabría esperar porque no hace sino integrarse en el mundo que percibe: más que descender, el personaje acaba por completar el dibujo del mundo que ya estaba trazado en su mente.

Gracias a unos personajes muy creíbles y un notable ojo para el detalle, Olmos sale airoso de una narración deliberadamente cargada y rabiosa, que intercala con reflexiones sobre el mundo de la publicidad e Internet generalmente clarividentes. Ejército Enemigo es una novela sorprendente y despiadada, más cercana a Camilo José Cela o a Francisco Umbral que a cualquier autor de su generación. Es decir, que Olmos está aquí para escribir, y no para hacer amigos, medrar o ganar premios. Más allá de sus aciertos u errores, eso es lo que atraerá a los lectores a su obra.

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Mi madre es un pez, en Libertad Digital

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Hace unos años nació el Proyecto Yoknapatawpha, el esfuerzo de un puñado de jóvenes escritores por dar a conocer su trabajo homenajeando la tierra imaginada por William Faulkner. De ahí salió Sobre tierra plana, una colección de relatos publicada por la editorial Gens. La escasa repercusión del volumen, en el que participé, selló la muerte de aquél proyecto. O casi.–

Quedó la amistad entre uno de los escritores, Juan Soto Ivars, y el editor de Gens, Sergi Bellver. Cuando Bellver cambió de aires, traficando sus talentos en diversos proyectos personales (uno de los blogs literarios más exitosos del mundo hispano) y editoriales (Chéjov comentado, ed. Nevsky Prospects); los dos comenzaron a maquinar otro proyecto similar al de Sobre tierra plana. Si en éste el tema central era el del viaje, ahora la cosa gira en torno a la familia. El título del volumen hace alusión a un capítulo de Mientras agonizo, la obra más ambiciosa de Faulkner.

Hasta ahí las coincidencias. Si en Sobre tierra plana todos los autores teníamos una edad similar, Mi madre es un pez, editada por Libros del Silencio, cuenta con escritores de todas las edades, desde Eduardo Mendoza (1943) hasta Aixa de la Cruz (1988), aunque domina en él la generación de los 70. El volumen anterior, del que no repite nadie, fue una apuesta de Bellver por autores entonces noveles, pero el presente es la crème de la crème de la narrativa española, incluyendo no sólo al citado Mendoza, uno de los grandes de las letras de nuestro país, sino a cuatro de los escritores españoles más interesantes a día de hoy: Gabriel Sofer, Jon Bilbao, Alberto Olmos y Matías Candeira.

No decepcionan estos. Mendoza participa con un evocador relato acerca de una familia con Barcelona de fondo. Sofer nos sumerge en el mundo de José Faroles, un extravagante personaje andaluz del que quizá tengamos más noticias en el futuro: el relato dice estar sacado de un trabajo más extenso, y esperamos que así sea. Jon Bilbao, al igual que en sus novelas, consigue adentrarnos en un mundo donde lo extraño no es enemigo de lo creíble, y unos personajes magnéticos asisten a un pequeño evento que da lugar a la trama del relato. Candeira nos regala un cuento de ciencia ficción denso y misterioso, en el que confirma su maestría en el género. Quizá Olmos, cuyo trabajo aquí es correcto, pero más rutinario de lo que nos acostumbra, nos deja por esta vez con ganas de más.

Son estos los cuentos indispensables de la antología, junto con los de otros tres escritores a los que yo no había leído (a pesar de no ser noveles): Paula Cifuentes, Paula Lapido y Camilo de Ory. Cifuentes, conocida por su faceta novelística a pesar de su juventud, ha escrito un relato inquietante y juvenil. Se nota su implicación en lo narrado y se agradece. El sencillo cuento de Lapido es sin duda el más conmovedor de la colección. Camilo de Ory ha aportado una narración de una excentricidad subyacente, memorable.

Hay unos cuantos buenos relatos más. Rodrigo Fresán ha escrito un cuento muy en su línea posmoderna, que gustará a quienes gusten de la narrativa de Fresán. Jordi Soler y Ricardo Menéndez Salmón han contribuído dos cuentos excelentes, muy breves y que dejan con ganas de explorar más su trabajo. Contrasta el compromiso de Katya Adaui con el relato de Aixa de la Cruz, la benjamín de Mi madre es un pez, quien ofrece un planteamiento muy interesante que acaba perdiéndose en imposturas. Sin embargo, promete.

Así, valen la pena, mucho o bastante, una cantidad considerable de los relatos, lo cual avala la labor de los antólogos, cuyo trabajo resiste su propia ambición, que no es pequeña. Nada menos que 33 escritores hacen acto de presencia en Mi madre es un pez, un número algo excesivo pero que hubiese quedado equilibrado con la presencia de más autores nacidos entre los años 40 y 60. No me cabe duda de que más de uno de los nombres que en unos años se conviertan en habituales de las letras españolas habrán aparecido en esta antología. El tiempo confirmará el olfato de Soto Ivars y de Bellver, pero hasta que llegue ese momento, quien quiera ir haciéndose una idea de cuáles serán esos nombres harían bien en pasarse por las páginas de Mi madre es un pez, un trabajo que por extensión no podía sino ser imperfecto, pero cuyos errores no son óbice para que se convierta en referencia de la narrativa española actual.

Agustín de Foxá y la tauromaquia, en Burladero

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Hablemos de un libro extraordinario, y que como tal, no se puede encontrar en España salvo en librerías de viejo y portales de Internet como Todocolección o Iberlibro que permiten al coleccionista hacerse con algunas joyas fuera de los circuitos habituales. Se trata de un libro que describe así una tormenta:  “Ha estallado la tempestad; los relámpagos hacen instantáneas del paisaje; cerros y picachos aparecen de color violeta en las desgarraduras de la noche, como la entrañas de un caballo en una antigua corrida.” Su autor, Agustín de Foxá, es uno de los mejores prosistas españoles del siglo pasado, pero apenas se le estudia en el colegio y las universidades; puede que por falangista o porque quienes diseñan el plan de estudios de nuestra juventud son poco amigos de la lectura. Gracias a ellos, las víctimas de la LOGSE y posteriores descubrimos textos como éste fuera de las aulas, por ejemplo, de la manera que voy a relatar.

Juan Soto Ivars, un escritor de primera, anunció en una cena familiar que iba a dedicarse a eso precisamente, a ser un escritor de primera. Bueno, lo de que sea de primera es un añadido mío, él se conformó con anunciar que iba para escritor. Su abuelo, un hombre sobre el que narra las más desmesuradas anécdotas (que no le quitaré el gusto de publicar primero), decidió hacerle un regalo para conmemorar la ocasión. Se trataba de un antiguo ejemplar de Por la Otra Orilla, que narra el viaje que hizo Foxá por las Américas desde Argentina hasta los Estados Unidos. Juan tuvo el libro en su poder durante unos años hasta que decidió prestármelo. Craso error. Tras leerlo, se lo di a otro escritor de primera, Gabriel Sofer. La copia seguirá pululando porque para ellos, como para mí, la maestría de Foxá es evidente.

¿Pero qué sentido tiene reivindicar un libro de crónicas en un portal taurino, por bueno que éste sea (el portal y el libro)? La razón es que se me ha quedado grabada una frase que debe dar algo de esperanza al aficionado ante la fiebre prohibicionista que asola España. Avisa Foxá que “Varias veces han estado a punto de desaparecer nuestras corridas de toros ante la sanción internacional desencadenada, tenazmente, por los anglosajones y entre gritos lastimosos de las sociedades protectoras de animales.” Estamos ante un texto de principios de los años 60. Y acudir a las hemerotecas será suficiente para ver cómo la fiesta, desde que existe, ha estado asolada por melindrosos de todo tipo. Foxá, como la fiesta, vive horas bajas. Se le edita poco (aunque algunos sí se atreven) y se le lee menos. Andar ‘descubriendo’ un libro así a estas alturas no deja de ser desolador. Pero las manifestaciones culturales serias y brillantes permanecen, a pesar de los bienpensantes. El silencio es la censura de nuestro tiempo, pero frente a él no sirven los gritos sino la razón.

Se ignora por moda pero las modas van y vuelven. Quedan, afortunadamente, textos como Por la Otra Orilla, donde más allá de esta breve reflexión, encontraremos en una serie de anécdotas e ideas que harán las delicias del aficionado, como cuando acude Foxá a La Méjico, plaza de toros con mayor aforo del mundo. “Sobre esta plaza me contó el Arzobispo de Méjico que, habiendo bendecido uno por uno sus tendidos, habíale dicho a Manolete, ‘he dado la vuelta al ruedo antes que usted’. (…) También narró Manolete (…) que como le preguntara un periodista mejicano que por qué toreaba tan serio, había respondido: ‘más serio está el toro’.”

Conjugando el sentido del humor hispano y una capacidad de análisis reservada a unos pocos, avanza Foxá por un viaje lleno de trazas de nuestro país, en el que sobreviven nuestras costumbres, como la tauromaquia, pero con un matiz diferente. “Méjico es tan español, que muchos mejicanos critican a España”, pero a ambos lados del Atlántico se nos hiela la sangre con un muletazo de Manolete.

Por fortuna para Juan, cuidamos su magullada copia de Por la Otra Orilla con cuidado quirúrgico, conscientes de su valor. Algunos amigos han conseguido comprar una copia por Internet. Ojalá otros consigan hacer lo propio hasta que alguna editorial valiente se atreva a reeditar a un autor que muestra toda su agudeza y capacidad de polémica en su definición de la tauromaquia, “el espectáculo de un pueblo religioso acostumbrado por su sangre a pasearse con toda naturalidad entre el más acá y el Más Allá”.

A 40 kms del Pacífico y 30 de Charles Chaplin de Jardiel Poncela, en Libertad Digital

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Contratado por la Fox, Enrique Jardiel Poncela (o Ponsella, como se resignó a que le llamaran) acudió en los años treinta a Hollywood para trabajar de guionista. A 40 kms del Pacífico y 30 de Charles Chaplin – Los Ángeles, para que nos entendamos – es la crónica del genial escritor español acerca de su viaje a los EEUU.

Jardiel aprovecha el viaje a California para hablar de las estrellas – las cósmicas – con guapas señoritas, escribir poesía, maravillarse ante la profusión de automóviles en los Estados Unidos (uno por cada séis habitantes. A principios de los 60, cuando Foxá se pasea por la otra orilla, hace la misma observación: entonces los norteamericanos salen a coche por tres habitantes) y disfrutar de innumerables fiestas que acaban muy pronto por la mañana. De todo, menos aprender inglés. Y es que no hay frase en este idioma que esté correctamente escrita en el libro, incluyendo el prólogo de su hija, que consigue cometer faltas en la traducción de dos de tres novelas de su padre.

Perdonando estos detalles, que a alguno podrán descentrar, la edición es divertida, llena de fotografías, recortes y dibujos; y con esa escritura jardeliana que no comete ese contemporáneo error de confundir ingenio con falta de hondura.

“Un tren atraviesa de pronto una calle. ¿No mata a nadie? Sí; todos los días mata a ocho o diez personas; pero, pasando ese tren por en medio de la ciudad, las verduras llegan cinco minutos antes.”

Ecos de escritores que en España apenas existen y que desde luego no se leen. De Mihura, de Edgar Neville, de Wenceslao Fernández Flórez… Sólo Jardiel parece estar recibiendo la atención editorial que merece, y al menos por eso hay que congratularse.

Centrándonos en el viaje, la aventura de Jardiel le lleva por París, El Havre, un transatlántico, Nueva York y Chicago, antes de llegar a California. En la travesía, Jardiel nos informa de que

“Miss Joërgen me dice que su marido ‘no la comprende’.
(Esto significa que le va a engañar en cuanto pueda).
Pero el marido no deja ni a sol ni a sombra a su mujer.
(Lo que significa que, en realidad, ‘la comprende’ perfectamente).”

Ya en los Estados Unidos, nos ofrece una mirada sincera, como de paleto consciente de serlo, capaz de ver en los estadounidenses tanto su energía como su ingenuidad. Nos dibuja Nueva York, “la ciudad menos parecida a Madrid que más se parece a Madrid”, con una mezcla de admiración e indiferencia, como el que lee la noticia de un avión de pasajeros supersónico y tiene el buen gusto de no emocionarse demasiado.

La evocación que hace del Hollywood de los años treinta no es, desde luego, paradigmática. Al contrario, la prosa es puro Jardiel, y el libro está mucho más indicado para los admiradores de su escritura que para alguien interesado en la época y el lugar, a quien podría gustar más Some Time in the Sun, la biografía que escribe Tom Dardis acerca de la inmersión de grandes escritores – Fitzgerald, Faulkner, Nathanael West – en el mundo del cine. A 40 kms del Pacífico y 30 de Charles Chaplin contiene observaciones geniales acerca de aspectos muy concretos de la experiencia hollywoodiense, sobre todo de la colonia española que allí hizo su aparición y que luego se pasaría por los estudios Joinville de París, antecediendo a la pléyade de artistas del celuloide que hoy en día cruzan el charco.

Se agradece esta visión particular, pues cuanto más universales son las observaciones de Jardiel, menos interesantes nos parecen por ser lugares comunes. Creador de un universo propio que se ríe del nuestro, siempre nos quedaremos con sus anuncios inventados, imposibles de ver en nuestro mundo pero que no existirían sin él.

“Tacos de billar automáticos: para ser campeón usted no necesita saber jugar.

Thompson, la mejor ametralladora para casos de huelga.

Por cuatro dólares sabrá usted el día y la hora de su muerte: garantizamos puntualidad.”

Y así, jugando en la frontera entre lo casi real y lo demasiado real, se nos muestra un autor que no por sus extravagantes burlas está hablando de entes ficticios: se ríe de nosotros.

La buena gente del campo de Flannery O’Connor, en Libertad Digital

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Joy (que significa alegría en inglés) es la protagonista de La buena gente del campo. Doctorada en filosofía, representa al intelectual soberbio y frío, hasta el punto que se ha cambiado legalmente el nombre a Hulga, el más feo que se le ocurría. Considera el cambio como su mayor logro creativo. Joy/Hulga perdió la pierna de niña en un accidente de caza y se declara atea. Es un personaje fascinante.

Al igual que Flannery O’Connor, una mujer que por culpa de una enfermedad tuvo que recluirse en una casa del campo, Hulga suma a su pierna cercenada una condición cardiaca que la mantiene en casa con su madre, una mujer simplona que idealiza a “la buena gente del campo”, como dice ella. Hulga la desprecia a ella y a todos los demás personajes que están a su alrededor. A pesar de sus treinta y dos años, actúa como una adolescente rebelde y de humor sombrío. Su mención del cambio de nombre como “acto creativo” es un perfecto retrato del arte moderno y su tratamiento de lo feo y lo trivial. El cambio de Joy a Hulga es precisamente eso: feo y trivial.

El ateísmo soberbio que profesa, desdeñoso del cristianismo y de los cristianos, la convierte en un personaje orgulloso e independiente, incapaz de expresar emociones y segura de poder manipular a todos los demás personajes de la historia, especialmente a un vendedor de biblias aparentemente ingenuo e hipnotizado por Hulga.

“Esa noche, Hulga se había imaginado que lo seducía. Imaginó que los dos caminaban hasta el granero que había más allá de los dos campos, y allí las cosas llegaban hasta tal punto que lo seducía con facilidad, y luego, por supuesto, tenía que vérselas con el remordimiento de él. Un genio de verdad podía llegar a hacer entender una idea hasta a un cerebro inferior. Imaginó que ella transformaba su remordimiento en una comprensión más profunda de la vida. Ella le arrancaba toda la vergüenza y la transformaba en algo útil”

Tratando de evitar spóilers, diré que la única emoción que expresará Hulga se dará hacia el final del relato, cuando ve peligrar su prótesis de madera. Ésta tiene para nuestra protagonista una cualidad totémica que representa la idea de que todos, incluso los más descreídos, vivimos mediante axiomas, y que la supuesta revolución del pensamiento simplemente ha consistido en cambiarlos, nunca en abolirlos.

La confianza de Hulga en su entorno también desentierra un tema muy chestertoniano, y es que ésta se basa precisamente en el cristianismo de sus vecinos. Es decir, Hulga en el fondo cree en la bondad de quienes la rodean porque estos son cristianos, pero si fueran ateos como ella, entonces mostraría mucha más precaución.

Hulga es un personaje paradigmáticamente moderno que desde la confianza en la razón acaba atrapada en el laberinto de la modernidad. No por ello resulta menos complejo, y a pesar de todo, el lector sentirá empatía hacia ella como también la siente hacia el pirómano Darl Bundren de Mientras agonizo. No es el único paralelismo del relato con la obra de Faulkner, con quien comparte mucho más que el entorno sureño. Aunque menos experimental (los relatos de Faulkner también lo eran menos que sus novelas), Flannery O’Connor muestra un talento impresionante para captar personajes y momentos significativos de lo que a primera vista es poca cosa que nada tiene que envidiar al gigante de Mississippi.

La buena gente del campo es un relato largo que originalmente formó parte de la colección de cuentos A good man is hard to find (traducida en España por Un hombre bueno es difícil de encontrar), la única que publicó en vida a pesar de su reputación. Como en muchos de sus relatos, muestra la preocupación de la autora, católica practicante, por la moralidad y sus raíces. No con ánimo sermoneador, desde luego, sino con una prosa sencilla que lo oculta todo bajo la superficie. Si Hulga de pronto se volviera cristiana, no sería desde luego por el ejemplo de quienes la rodean, cristianos de apariencia, tan miserables como Hulga pero al menos más humanos. Dice su madre hacia el final del relato:

“Pero si parece ese buen joven aburrido que trató de venderme una biblia ayer (…) Era un simplón, pero creo que el mundo sería mucho mejor si todos nosotros fuéramos así de simples”.

El relato, editado por Nórdica libros, recuerda por su calidad y ambición a aquellos textos de Alianza Cien que también nos ofrecía relatos de Faulkner, Cela y Cortázar o ensayitos como El verano, de Albert Camus. Su precio es algo mayor (alrededor de unos 8 euros) pero la calidad de la edición es también mejor. Y el texto, como aquellos de Alianza, es indispensable para cualquier amante de la buena literatura.

Diálogos españoles del Renacimiento, en Libertad Digital

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La Biblioteca de Literatura Universal, dirigida por Luis Alberto de Cuenca, ha editado junto con la editorial Almuzara una antología de once autores españoles del Renacimiento entre los que encontramos a Alfonso de Valdés, Cristóbal de Villalón, Hernán Pérez de Oliva, Francisco de Sosa o Pedro de Mercado.


Los autores de diálogos combinan el respeto por las ideas clásicas con las preocupaciones propias del Renacimiento español. En concreto, una gran cantidad de estos escritores son erasmistas. Menéndez Pelayo incluso dedica un capítulo entero a Alfonso de Valdés en su repaso a erasmistas y protestantes de la Historia de los heterodoxos españoles. Hay que preguntarse, sin embargo, si hay alguna razón para leer estos textos hoy en día o si su lectura se queda en un ejercicio de erudición.
Afortunadamente, la vigencia de estos diálogos es plena, especialmente para aquellos lectores que busquen puntos de vista enfrentados a las imposiciones del pensamiento posmoderno.

Por sus características (la necesidad de convencer al contrario, de defender una opinión frente a otra) el diálogo renacentista se aleja al máximo del relativismo posmoderno, y exige un rigor del que autores como Adrienne Rich, Barbara Smith o Jacques Derrida carecen. El diálogo tiende a definir conceptos e ideas compartidas, llegando a sus últimas consecuencias en un marco común, mientras que Rich, Smith o Derrida inventan una problemática o unos términos propios que solucionan utilizando las mismas condiciones que han creado ellos. Un ejercicio esotérico, según el cual sólo los iniciados pueden penetrar en el mundo creado para acomodar las teorías de estos autores. Todo lo contrario que el diálogo, cuya intención didáctica acerca al lector en lugar de alejarlo.
Los autores renacentistas están reaccionando ante cierta escolástica, sobre todo de raíz aristotélico-tomista, para la que etiquetar y categorizar es parte central de su pensamiento. Por ello es que los diálogos son tan accesibles, sobre todo si la comparamos a esas clasificaciones tan sui generis de Derrida. Como dice Ana Vián en su excelente introducción:
“Pero al margen de la forma argumentativa que un diálogo adopte, pedagógica o erística, siempre será didáctico, pues la enseñanza es consustancial a un género de ideas, en el periodo medieval y en cualquier otro. La forma argumentativa ayudará a estructurar el tema – de modo diferente en cada caso -, y la impersonación añadirá siempre el factor de amenidad y suavidad en la transmisión de la enseñanza que otros géneros no tienen – o sólo en menos grado -, por lo que el diálogo tendrá una difusión potencial siempre más amplia que la estrecha guarida de los lectores más especializados.”
También resultan los diálogos un bálsamo en su trabajo de buscar lo universal ante la obsesión posmoderna por la excepción, a centrar su trabajo en identidades, acciones o temas extremadamente minoritarios. Tal es el caso de la propia Barbara Smith o de Judith Butler, que a menudo apoyan sus argumentos en casos marginales, y que crean sus argumentos para colectivos (lesbianismo-negro-feminista) a los que no sólo pertenece un número reducido de personas, sino que argumentan sólo para esas personas. Los diálogos renacentistas tratan de problemas que conciernen a todo el mundo conocido en ese momento desde una perspectiva internacionalista, bebiendo de griegos, latinos, franceses u holandeses.
Finalmente, los diálogos renacentistas tratan de definir lo real, lo que es, frente a los filósofos de la duda, de Nietzsche a Foucault, cuyo pensamiento se basa en la crítica pero que a pesar de sus propias afirmaciones, no ofrecen una salida a su propia crítica, una respuesta esperanzadora. En palabras del filósofo Juan Bautista Fuentes:
“De aquí que, en efecto, la obra de Nietzsche, que se ha querido presentar a sí misma como afirmación jubilosa de la vida definitivamente superadora del idealismo desencarnado, haya quedado sin embargo a la postre penetrada de principio a fin por la sospecha y la desconfianza, así como por una suerte de arrogancia desesperada carcomida por la angustia (…)”
Los diálogos están escritos en un contexto de cambio optimista y de afirmación del hombre y de su historia. Lo clásico – autores como Cicerón, Luciano de Samosata, Aristóteles, Boecio o Agricola – se examina para construir sobre él un nuevo mañana, no de forma rupturista; siguiendo el modelo de Erasmo frente al de Lutero.
Más allá del valor teórico, los textos que nos encontramos no son sólo amenos, sino que hay verdaderas obras maestras entre ellos, como El diálogo de la dignidad del hombre, de Hernán Pérez de Oliva. Tenemos aquí un tema filosófico típico del Renacimiento, tratado con profundidad y una prosa que se escapa de la pura utilidad, buscando la belleza dentro del estilo renacentista. Destacan también el Diálogo de Mercurio y Carón de Alfonso de Valdés, el Coloquio de la moxca y de la hormiga de Juan de Jarava o los diálogos de Pedro de Mercado, aunque el nivel es generalmente excelente. Predomina en estos autores una mirada irónica, sensible y valiente.
La edición de Ana Vian, que cubre más de 150 años años (de 1469, boda de los Reyes Católicos, a 1621, muerte de Felipe III) y que cuenta con casi 1.500 páginas, es una labor titánica donde cada antólogo ha tenido libertad para proponer notas como mejor le ha parecido. El resultado es un trabajo menos unificado y más irregular que en otras propuestas similares (como podría serlo una antología Norton, cuyas reglas son muy estrictas) pero quizá más interesante, donde podemos encontrar una gran variedad de planteamientos.
La Fundación BLU y Almuzara añaden este volumen a su lista de colaboraciones, entre las que encontramos su trabajo sobre moralistas franceses, la Introducción a la Historia Universal de Ibn Jaldún, Viajes y crónicas de China en los siglos de oro o las obras completas de Goethe, Shakespeare y Camoens. Una colección para bibliófilos que siempre merece la pena revisar, especialmente en aquellas obras que, como ésta, podemos descubrir a autores cuyo trabajo no es del dominio público, y que nos ofrecen, como en este caso, un pensamiento que encuentra en el pasado las claves para el futuro.

 

Fuente: Libertad Digital

 

Mejores libros de 2010, en Libertad Digital

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Libertad Digital ha publicado un lista de los cinco mejores libros del año según cada uno de sus críticos. Mi selección ha sido la siguiente:

ALEJANDRO GARCÍA INGRISANO
El cuaderno gris, de Josep Pla. Destino.
Relatos de Kolimá. El artista de la pala, de Varlam Shalamov. Minúscula.
Haciendo de República, de Julio Camba. Libros del Silencio.
Vida y opiniones de Juan Mal-herido, de Juan Mal-herido. Melusina.
El libro negro del comunismo, de Stéphane Courtois (coord.). Ediciones B.

En el libro de Josep Pla, he coincidido con don Andrés Amorós, y el Libro Negro del Comunismo hemos sido cuatro quienes lo hemos nombrado: Federico Jiménez Losantos, Carlos Rodríguez Braun, Horacio Vázquez Rial y servidor.

Aparte de los cinco libros nombrados, he leído uno demasiado tarde como para incluirlo en la lista, pero que sin duda estaría: Bestiario y Fuga de Gabriel Sofer. La semana que viene cuelgo la reseña que hice de este libro en Libertad Digital.

Puedes ver la lista completa de los mejores libros del año aquí.