Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

Archive for the ‘Libertad Digital’ Category

Por senderos que la maleza oculta de Knut Hamsun, en Libertad Digital

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Después de una guerra siempre hay procesos de represión contra los defensores del anterior régimen. No fue distinto tras la Segunda Guerra Mundial, cuando, junto con Nazis, miembros de la Gestapo y colaboracionistas responsables de la muerte de adversarios e inocentes, se produjo la persecución de varios intelectuales que simpatizaron con Alemania durante la contienda.

Maurice Pujo fue condenado a cinco años de cárcel. Charles Maurras, que casi tenía 80 años, a cadena perpétua y a la expulsión de la Academia Francesa (los académicos tuvieron la decencia de no nombrar un sucesor hasta su muerte, que se produjo ocho años después). Céline tuvo que marchar al exilio en Dinamarca hasta que se benefició de una amnistía. A Jünger le prohibieron publicar durante cuatro años, y a Heidegger enseñar durante seis. A Ezra Pound lo encerraron durante trece años. La lista es larga y bochornosa.

Uno de los casos más sonados fue el de Knut Hamsun, Premio Nobel de literatura y uno de los novelistas más brillantes del siglo pasado. Imbuído del espíritu neoromántico que se plasmaría en el Blut und Boden y un filogermanismo que le acompañó desde su juventud, Hamsun vio con buenos ojos el aumento de poder de la Alemania hitleriana. En 1943, consiguió una audiencia con Hitler después de regalarle su Premio Nobel a Göbbels. Cuentan las crónicas que Hamsun se pasó la audiencia reclamando la liberación de ciudadanos noruegos, y que el Führer alemán tardó tres días en reponerse de la cólera que le produjo aquel noruego que parecía ignorarle por completo (Hamsun era sordo).

Hamsun siguió firme en su filogermanismo, e incluso tras la muerte de Hitler, escribió un panegírico en su favor. Los aliados ganaron la guerra y el escritor vio cómo pasaba de héroe nacional a apestado: la turba quemó sus libros en la calle y fue arrestado a los 86 años. Pasó tres años entre un manicomio y un centro de ancianos hasta que por fin un juez dictó sentencia. Ésta se quedó en una multa, y oficialmente se consideró al anciano demente.

Por senderos que la maleza oculta es el texto que escribió Hamsun durante sus tres años de cautiverio. Queda claro tras leerlo que el noruego estaba en plenas facultades literarias y mentales. Refleja el deterioro de un hombre viejo pero sano, quien, tras soportar exámenes y hasta manipulaciones a manos de los psiquiatras, acaba hundido.

Mezcla de autobiografía, relato enmarcados y protesta contra su situación, el libro refleja el lento pasar del tiempo en el cautiverio del anciano. Habla de Silvio Pellico, quien durante su encarcelamiento adoptó a un ratón:

“Yo escribo sobre algo parecido, por temor a lo que pudiera sucederme si escribiera sobre otra cosa.”

Con este estilo lleno de silencios, de realidades que se esconden bajo la superficie, Hamsun nos narra episodios como el de un juez que le pregunta si le parece que el alemán es un pueblo culto. El noruego no contesta. Similarmente arbitrario será el resto del proceso, con sus inexplicables cancelaciones y recovecos. Cuando la justicia se pone al servicio del poder y juzga a sus ciudadanos por motivos políticos, surge el esperpento. Mientras, Hamsun se hunde en la depresión:

“También mi padre tuvo una vez un hijo prometedor.”

Recuerda algunos momentos de su vida, habla con alguna gente, se justifica diciendo que pensó estar haciendo lo mejor para Noruega con sus artículos. Pasada la histeria de los primeros momentos del proceso, es evidente que el gobierno noruego quiere acabar con el problema y tras tres años dicta la cómoda sentencia que condena a Hamsun a pagar una multa por ser un loco. ¿En qué país deben pagar los enajenados por serlo? La guerra lo justifica todo.

Como señalaron en su día Thomas Mann, Isaac Bashevis Singer o Ernest Hemingway, la prosa de Hamsun es indispensable. Tenemos los lectores en castellano la inmensa suerte de que se encarguen de las traducciones del noruego Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo, cuyo trabajo es siempre impecable. Por senderos que la maleza oculta no es una novela como Pan, La bendición de la tierra o la Trilogía del vagabundo, obras maestras de Hamsun, sino un texto heterodoxo que mantiene muchas de las esencias de esos escritos.

Si bien conserva su capacidad para crear una atmósfera, para observar y para plasmar esas sensaciones que acompañan a todos los hombres en todos los lugares del mundo; en este caso Hamsun lucha por aferrarse a las pequeñas disciplinas diarias que acompañan a sus personajes. A pesar de que se adivine su desánimo, el autor confía siempre en que su “prudencia campesina” lo ayudará a salir adelante, y hace sinceros esfuerzos por no caer en la autocompasión. Aunque asistir a esta lucha resulte a menudo desgarrador, leer al genio noruego es obligación del aficionado a la buena literatura.

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El puño invisible de Carlos Granés, en Libertad Digital

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Paseando por París hace unas semanas, vi en una galería de la rive gauche una pequeña escultura de un superhéroe crucificado. Diseñada para escandalizar, tuvo en mí otra reacción muy diferente: tratar de recordar todas las variaciones de la crucifixión que me había ido encontrando en obras pretendidamente artísticas a lo largo de mi vida.

Cantantes de pop en la Cruz, televisores en forma de cruz, cruces con signos del dólar, osos de peluche crucificados… Innovar resultaría laborioso en el mundo del artista contemporáneo y blasfemo. Menos mal que no se trata de ser original, sino de “remover conciencias” y transmitir una imagen benévola de cualquier minoría más o menos pintoresca.

Este proceso, el que media entre hacer un arte acerca de lo inefable y otro con “mensaje” (Billy Wilder les mandaría a la oficina de correos), es el que examina Carlos Granés en El puño invisible.

Nace el nuevo arte como hijo del materialismo, como concepto filosófico y político. Si no hay nada impreciso porque todo se explica mediante las ciencias, tampoco puede haber un arte que hable de lo inconmensurable. Y si la finalidad hacia la que apuntan todas las ciencias es la de hacer la revolución, el arte deberá ponerse también a su servicio. Las vanguardias, pues, beben de las utopías e -ismos (anticlericalismo, comunismo, anarquismo, republicanismo…) hasta el punto de adoptar la misma nomenclatura: surrealismo, letrismo, situacionismo.

Pero la revolución fracasa, y tras la Segunda Guerra Mundial el mundo del arte vanguardista parece pasar a formar parte de lo más marginal de la sociedad: Granés nos explica los vínculos filosóficos o reales entre ciertas escuelas artísticas y los grupos terroristas de extrema izquierda de los sesenta y setenta: Baader Meinhof, Panteras Negras, Weathermen… Estas doctrinas alternativas no consiguen desestabilizar a la sociedad, sino que el mundo capitalista y liberal las absorbe y las convierte en parte del mainstream: Daniel Cohn Bendit se hace europarlamentario; Angélica Liddell recibe 50.000€ de manos de Pedro J. Ramírez por sus histéricas invectivas contra el capitalismo; la organización de los JJOO de Londres elige a un joven de estética punk para promocionar a la ciudad. Rebelarse vende, y el alternativo pasa de ser un apestado a convertirse en un Damien Hirst, una Naomi Klein, un Stéphane Hessel: un multimillonario.

La contracultura ha encontrado su refugio natural en la universidad, donde una pléyade de departamentos de estudios feministas, negros, homosexuales y transgéneros han tenido efectos perniciosos descansando en dos falacias. Primero, que la identidad sea cuestión de la melanina y las hormonas. Para homogeneizar la experiencia de las llamadas minorías, hay que crear víctimas, y los académicos se ponen manos a la obra fabricando un discurso del perseguidor y el perseguido. Segundo, que el arte tiene que mostrar una imagen positiva de un colectivo. Paradójicamente, este tipo de estudios han encontrado una gran fuente de financiación desde el poder, interesado siempre en volcar el apoyo de un colectivo hacia sí mismo.

Del maridaje entre arte contestatario y universidad ha surgido una pantalla que protege y enriquece al incapaz:

“El sentido común advertiría que aquello era simple y mera trampa pero, para suerte de los artistas sin talento. la década de los setenta dejó un lodazal de teorías y conceptos con los cuales legitimar cualquier cosa. (…) La obra está deconstruyendo los estereotipos culturales norteamericanos, por ejemplo. O: es una crítica al concepto de autoría. O: muestra la lógica del simulacro.”

La jerga incomprensible es el único método de presentar ideas incomprensibles. Hubo un premio, tristemente extinto, que se otorgaba a la frase peor escrita por un académico, y que recaía inevitablemente en dignos herederos de Derrida. Valga como ejemplo esta intraducible frase de Judith Butler, profesora feminista y queer:

“The move from a structuralist account in which capital is understood to structure social relations in relatively homologous ways to a view of hegemony in which power relations are subject to repetition, convergence, and rearticulation brought the question of temporality into the thinking of structure, and marked a shift from a form of Althusserian theory that takes structural totalities as theoretical objects to one in which the insights into the contingent possibility of structure inaugurate a renewed conception of hegemony as bound up with the contingent sites and strategies of the rearticulation of power.”

Mientras combatía el consumismo, el sexismo, el racismo y la homofobia, el académico posmoderno ha defendido, cuan teólogo protestante, la santidad de la opinión del individuo; todas ellas tienen el mismo valor. No han conseguido con ello un mundo con más igualdad, sino que la ausencia de juicios han convertido el arte en un vertedero de banalidad, donde un “artista” gana el Premio Turner gracias a una habitación vacía con luces que se encienden y se apagan.

Finaliza el ensayo estudiando las nuevas revoluciones, es decir, el 15-M y similares. Granés señala que se trata del primer movimiento ciudadano burgués, ya que la mayoría de los manifestantes quieren tener las mismas oportunidades que sus padres. Al contrario que los sesentaiochistas, lo que quieren es que nada cambie. Su mantra de que el poder económico no debe dominar al político fue formulado por primera vez por Karl Popper con el objetivo de combatir a Marx: la idea de que el poder económico tome preponderancia sobre el político sólo lo ha defendido él, como base del comunismo, y los anarquistas de mercado o anarcolactantes. Que muchos indignados se autodenominen marxistas no es más que el normal batiburrillo de anhelos y ocurrencias que suelen encontrarse en estos eventos, según nos recuerda Granés, quien los identifica con el hombre-masa orteguiano, cuyo impulso revolucionario sólo es comparable a su odio a las élites cultivadas.

Alabado por Fernando Savater y Mario Vargas Llosa, Carlos Granés ha escrito un ataque al arte y el pensamiento subjetivos que ha resultado merecedor del Premio de Ensayo Isabel de Polanco 2011. Su estilo, que recuerda al de Paul Johnson, se apoya también en premisas sencillas que elabora, apoya con ejemplos y argumenta de forma convincente. Lo que hizo Paul Johnson en política con Tiempos modernos lo ha hecho Granés con el mundo del arte en El puño invisible. El resultado es un ensayo bien hilado, sugerente y que consigue ordenar y plasmar la sensación de perplejidad que dejan ciertas obras contemporáneas en el sufrido espectador.

Hildegarda de Bingen: la reforma mediante la belleza – Libertad Digital

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El 18 de diciembre saltaba la noticia: el Papa Benedicto XVI canonizará y nombrará Doctora de la Iglesia a Hildegarda de Bingen, una abadesa alemana del siglo XII. Podría parecer una noticia destinada exclusivamente a eruditos y teólogos, pero la extraordinaria naturaleza de la implicada la acerca a los fieles y no tan fieles de hoy en día. Así corresponde a la figura de un Doctor de la Iglesia, nombrado por la vigencia de su pensamiento. Sólo hay 33 hasta la fecha (más el español Juan de Ávila, que será nombrado este año), de los cuales tres son mujeres.


La cuarta, Hildegarda, es una mística que se dedicó a la medicina, la biología, la teología, la literatura y la música. De lo mucho que legó, empezando por sus tratados científicos y continuando por la lengua que inventó y que llamó lingua ignota (lengua desconocida), lo que ha sobrevivido mejor al paso del tiempo son sus extraordinarias composiciones musicales y tres libros de visiones: Scivias, Liber divinorum operum y Liber vitae meritorum. En cada uno de ellos aparecen dibujadas sus visiones, junto con una explicación teológica de cada uno.


Por lo tanto, de Hildegarda de Bingen se han podido decir muchas cosas, unas más acertadas que otras: que ha sido una protofeminista, una visionaria, una sabia, una naturista o una profeta, entre otras. Aunque algunas de estas cuestiones se deben discutir y precisar,  aquí queremos rescatar a Hildegarda especialmente como profeta privilegiada que revela las maravillas de Dios y que por tanto es una amante de la belleza, una trovadora de Dios.


La profecía es definida por Abelardo como “la gracia de interpretar y exponer las palabras divinas” y por Hugo de San Víctor como “una inspiración divina que hace conocer el advenimiento de cosas escondidas en su verdad inmutable”. Hildegarda se presenta en este sentido como esa voz ‘elegida’ en un momento turbulento (recordemos que en esta época proliferan los profetas y las corriente heréticas)  que expone las palabras divinas para guiar y conducir al hombre en el mundo. El hecho de que Eugenio III y San Bernardo de Claraval (también Doctor de la Iglesia éste último) aprobaran las visiones de Hildegarda, no puede sino entenderse sino como el reconocimiento de que ella era un canal de Dios, lo que la valió el apodo de la ‘Sibila teutonica (o renana)’.


Precisamente, su figura ha interesado a Benedicto XVI por su trabajo como reformadora. Como destacó el Papa, los cátaros proponían reformar la Iglesia para combatir los abusos del clero. Ella les reprendió por querer subvertir la naturaleza misma de ésta, alegando que la verdadera renovación no se consigue derribando las estructuras, sino mediante un espíritu de penitencia y un camino continuo de conversión.


Este espíritu de reforma sólo puede entenderse a través del testimonio que deja de sus revelaciones. Su Liber divinorum operum,  por ejemplo, nos descubre una cosmovisión en la que predominan la poética y belleza. Su primera visión reza: “Yo contemplé entonces, en el secreto de Dios, en el corazón de los espacios aéreos del sur, una maravillosa figura. Tenía apariencia humana. La belleza, la claridad de su rostro eran tales que mirar al sol hubiera sido más fácil que mirar ese rostro (…)”. En esta misma obra, Hildegarda expone su concepción sobre el hombre y la mujer, que también preña de belleza y que ha supuesto según algunos críticos la primera teoría completa sobre la complementariedad de sexos: “la mujer es en quien el hombre se reconoce, forma de gran belleza, y ninguno de ellos puede vivir separado del otro. El hombre designa la divinidad del Hijo de Dios, y la mujer, Su humanidad”.


Sin duda, en esta complementariedad total, indisoluble de principios, podemos encontrar la determinación de Hildegarda por reivindicar la unidad cosmológica en todos los planos: macrocosmos-microcosmos, Dios-humanidad, hombre-mujer, forma-idea. En este juego de correspondencias tan propio del medievo, la forma de entender la belleza reluce con especial fuerza.


Los rituales que realizaba en su congregación, en los que se disfrazaban cual primorosas novias de Dios con claros vestidos y adornos en el pelo; su música, sus celebraciones y descripciones de la naturaleza no son sino la cristalización de este espíritu. Es decir, que mediante la acción, mediante la afirmación de la vida – de la creación de Dios – Hildegarda pretendía corregir las desviaciones dentro y fuera de la Iglesia, cuyos miembros demasiado a menudo vivían (viven) de espaldas a las esencias del mundo. En otras palabras, no realizaban ese continuo camino de conversión al que se refería Benedicto XVI, cuya base sería afirmar la creación divina.


Pese a ser una mujer reformadora y notable en su tiempo por su valía, hasta el punto de granjearse envidias por abades que en la jerarquía eclesiástica estaban por encima de ella, no hay que confundir sus logros y caer en lecturas feministas que poco corresponden al momento. Aunque muchos se han empeñado en ver en Hildegarda una rara excepción que contrariaba la concepción aristotélica de la mujer y el hombre, ella no se contemplaba a sí misma ni mucho menos como una revolucionaria, sino como una paupercula feminea forma (una pobre criatura femenina) a través de la cual Dios obra en tiempos de caos. Si salió indemne de los enfrentamientos que tuvo con cierta jerarquía eclesiástica es porque siempre encontró poderosos defensores. Su historia, así, es similar a la de innumerables santos y reformadores como San Francisco de Asís o San Juan de la Cruz.


Hildegarda es ya santa y fue una de las primeras personas a quien Roma aplicó el proceso de canonización, pero éste se topó con tantas trabas que se paralizó del todo. Ahora Benedicto XVI por fin formalizará esta santificación antes de nombrar a Hildegarda Doctora de la Iglesia, una distinción que, teniendo en cuenta que honra la erudición y distingue a quienes han sentado las bases de la doctrina, no puede ser más pertinente.

Diana Barnes Pardos y Alejandro García Ingrisano

Ejército Enemigo de Alberto Olmos, en Libertad Digital

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En una entrevista concedida al diario ABC, Alberto Olmos declaraba que el progre “es una persona que disfruta de todas las ventajas de estar en la clase alta, pero que no quiere asumir ninguna culpa y entonces manifiesta supuestas emociones solidarias con todos los que sufren. El problema de los progres es que creen que los pobres quieren la igualdad, pero lo pobres no quieren la igualdad, quieren ser ricos. Todos sabemos que vivir bien es mejor que vivir mal, y que el dinero te hace feliz. La gente no quiere igualdad, la gente quiere ser rica.”

–La opinión la podría suscribir Santiago, protagonista de Ejército Enemigo, sexta novela de un autor que ya busca la consagración tras un segundo puesto del Premio Herralde (ganado ese año por Roberto Bolaño), un Ojo Crítico de RNE y ser nombrado uno de los mejores narradores jóvenes hispanos por Granta. Para dar el salto de una editorial independiente (Lengua de Trapo) a una grande (Mondadori), Olmos ha decidido atizar a la izquierda caviar sin piedad.

Cuando José Jiménez Lozano escribía que la solidaridad con las víctimas de una desgracia tiene la función de dejarnos impolutos, no se refería sólo a una actitud individual, sino a una verdadera medicina (¿opiáceo?) colectiva. Santiago/Olmos ahonda en el mundo de la solidaridad; en la solidaridad como ocio, como negocio, como bálsamo, como expositor de hipocresía. No siguiendo, desde luego, la estela escéptica y cristiana de Jiménez Lozano, sino mediante un nihilismo irreverente que exige lectores con estómago.

Santiago es un publicista cuyo padre se dedicaba al reparto de comida y bebida para los bares. Tiene dos aficiones: es adicto a la pornografía y mantiene una discusión permanente acerca de la solidaridad con Daniel, un viejo amigo progre. Pero un día, Daniel muere asesinado y Santiago se ve impelido a hablar con quienes rodeaban a su amigo para desentrañar un misterio que se agranda mientras el protagonista descubre las verdaderas opiniones y ocupaciones del difunto.

El tono de la novela es duro, realista y chabacano. Olmos es un verdadero indignado cuyo protagonista ha podido mejorar su vida gracias al capitalismo y desprecia a quienes provienen de familias acomodadas y en cambio critican el sistema que encumbró a sus padres (quienes les pagan los viajes a Davos); aquellos a los que Pablo Molina bautizó acertadamente con el nombre de Borja Lenin. Contra ellos descarga toda su ira, escribiendo mediante sentencias que a menudo se nos quedan grabadas:

“¿Quién se toma en serio una protesta que se hace el domingo por la tarde? ¿Quién hace algo en serio los domingos? Dime dónde estás los lunes y te diré por qué el sistema funciona.”

El misterio procede de una observación que le hizo Santiago al asesinado: “La solidaridad ha fracasado”. A partir de esa idea nuestro protagonista descubrirá cómo cambiaron las ideas de su amigo a lo largo de los últimos meses de su vida. En su investigación, Santiago se ve inmerso en el privilegiado mundillo del perroflauta del barrio Salamanca. Él, en cambio, ha vivido  atado siempre a su barrio de toda la vida, desde el que nos regala observaciones cínicas acerca del fracaso del multiculturalismo, el otro gran objetivo de su ira. Informa a la hermana de su amigo de que sólo tira papeles al suelo en su propio barrio, “porque el fracaso es una adicción” y la integración y la convivencia, una mentira que esconde la inhabilidad de algunas personas para salir adelante. El problema “de los jóvenes concienciados y activistas sociales y votantes del partido comunista” (Olmos dixit) es que

“ayudar, apadrinar, concienciar, manifestarse, defender, donar, reciclar, solidarizarse… Suenan bien. Seguramente el persianero, el padre de tu amigo (…) no hace nada de eso, ni apadrina negritos ni lleva una pegatina en el coche de ‘Ahorro Agua’ o lo que sea. Y cuando vosotros, con perdón, hacéis proselitismo, siempre dáis la impresión de situaros en un plano moral superior, de estar a la vanguardia de algo que, sin duda, es mejor que lo que tenemos, y de tener que aguantar el lastre de muchas personas que no hacen nada para mejorar el mundo. Sin embargo, ese tío arregla persianas, y e otro mete cajas de cerveza o barriles en un bar, y el otro conduce el autobús. Eso no sólo es hacer algo, sino que es hacer lo mínimo necesario para que el mundo, joder, funcione un poco.”

Escapa de su barrio adentrándose en el mundo de Internet y convirtiéndose en una suerte de hikikomori (que es, además, el nombre del blog de Olmos en la vida real), todo ello sin abandonar su investigación. La decadencia de Santiago, aunque pronunciada, es menos perceptible de lo que cabría esperar porque no hace sino integrarse en el mundo que percibe: más que descender, el personaje acaba por completar el dibujo del mundo que ya estaba trazado en su mente.

Gracias a unos personajes muy creíbles y un notable ojo para el detalle, Olmos sale airoso de una narración deliberadamente cargada y rabiosa, que intercala con reflexiones sobre el mundo de la publicidad e Internet generalmente clarividentes. Ejército Enemigo es una novela sorprendente y despiadada, más cercana a Camilo José Cela o a Francisco Umbral que a cualquier autor de su generación. Es decir, que Olmos está aquí para escribir, y no para hacer amigos, medrar o ganar premios. Más allá de sus aciertos u errores, eso es lo que atraerá a los lectores a su obra.

Defensa de la hispanidad de Ramiro de Maeztu en Libertad Digital

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El pensamiento tradicionalista español ha sufrido tres derrotas. La primera, contra un liberalismo que lo venció. La segunda, bajo un franquismo que lo anuló; y la tercera, bajo una democracia que lo ignora. La editorial Homo Legens recupera una de sus obras más emblemáticas con la publicación de Defensa de la Hispanidad de Ramiro de Maeztu, otro esfuerzo por rescatar al tradicionalismo de la irrelevancia.

Estamos ante una obra dominada por el pensamiento de Marcelino Menéndez Pelayo, cuyos estudios y teorías impregnan lo escrito por Maeztu. Idea clave del santanderino es la que asegura que donde no se conserve la herencia de lo pasado, no puede surgir un pensamiento original y duradero. Maeztu recoge esta idea y expone la tradición como camino que hay que seguir para encontrar las claves para el futuro. Ante las visiones simplistas que se tienen del tradicionalismo, Maeztu explica la disyuntiva de Menéndez Pelayo:

“Sus compatriotas estaban divididos, desde hacía más de un siglo, en dos grupos: los que seguían la tradición patria en la línea del tiempo, pero vueltos de espaldas a lo que en el mundo acontecía y como temerosos de que les fuera dado porvenir tan enemigo como en el pasado; y los que vivían con las miradas fijas en el mundo exterior, dispuestos en cualquier momento a aceptar sus ideas y dar a la novedad el valor de la verdad, pero ignorantes y despreciadores de su propio pasado.”

En esta mirada al pasado, Maeztu rescata, además de a Menéndez Pelayo, a otros pensadores como Francisco de Vitoria, Solórzano Pereira, Jaime Balmes, Fray Juan González Arintero o Donoso Cortés; y reconociendo que un pensamiento eminente no puede estar disociado de una historia gloriosa, Maeztu defiende la hispanidad como concepto histórico y cultural. El autor realiza una defensa cerrada de la monarquía hispana, a la que atribuye la cualidad fundamental de ser católica y, por lo tanto, misionera. El pensador vasco rechaza la idea de que España acudió a las indias con otra intención que no fuera la de la prédica, y aunque evidentemente reconoce que se produjeron abusos por parte de los colonizadores españoles en América, recalca que

“se prohibió la esclavitud, se proclamó la libertad de los indios, se les prohibió hacerse la guerra, se les brindó la amistad de los españoles, se reglamentó el régimen de encomienda para castigar los abusos de los encomenderos, se estatuyó la instrucción y adoctrinamiento de los indios como principal fin e intento de los reyes de España, se prescribió que las conversiones se hiciesen voluntariamente y se transformó la conquista de América en difusión del espíritu cristiano.”

Maeztu proclama las bondades del imperio hispano frente a las naciones del resto de Europa, que acudieron a América, África y Asia con ánimo explotador y actitud racista; creyéndose intrínsecamente superiores por ser temporalmente más poderosas. El mestizaje biológico y cultural del mundo hispano, desde luego, no se ha reproducido en otros imperios. Como concepto central, el vitoriano habla de las distintas actitudes frente a la idea de igualdad, y explica que mientras que otras naciones cristianas y laicas han creído en el dogma de la igualdad de cuerpos, España ha defendido la igualdad de almas:

“Hay algo anterior al amor al prójimo, y es que al prójimo se le reconozca como tal, es decir, como próximo”.

Tras elogiar esta actitud misionera que emana de la monarquía y que impregna a todo el pueblo, Maeztu reconoce que la cosmovisión que hizo grande a España está en crisis, y advierte que toda esa energía misionera tiene que dedicarse ahora a reconquistar a las gentes de nuestro país.

– Las afinidades de Maeztu –

A pesar de que adscribimos a Maeztu decididamente dentro de la corriente del tradicionalismo, su pensamiento no debería ahuyentar a otro tipo de lectores. Maeztu y su Defensa de la Hispanidad se ganaron los elogios de personajes tan diversos como Ortega y Gasset, Antonio Machado, Gabriela Mistral, Josep Plá, Eugenio d’Ors, Azorín o Pérez de Ayala. Su perspectiva también encontrará acomodo con cierta corriente que ve en el pasado la consumación del respeto a las libertades del hombre, como la defendida por el particular liberalismo de Ángel López Amo. Dice Maeztu:

“No hay quien custodie a los custodios; no hay quien nos proteja contra el estado que debe protegernos. Y es el ideal mismo que inspiró la creación de los Estados modernos lo que está en entredicho. La Edad Media se fundaba en una armonía de sociedades (communitas communitatum), que era también un equlibrio de principios, en el que se contrapesaban la autoridad y la libertad, el poder espiritual y el temporal, el campo y las ciudades, los reinos y el Imperio. Se rompió la armonía.”

Su idea de la renovación social y política es elitista pero tiene como base el respeto al hombre. Así, critica tanto al comunismo como al liberalismo, que han convertido el trabajo en una actividad fisiológica, no espiritual. Su defensa del orden medieval y el trabajo complejo que dignifica al hombre lo acercan a filósofos como Chesterton o Heidegger; pero al contrario que estos encuentra la encarnación de estos valores positivos en el mundo hispano.

La vocación universal de éste no es caprichosa. Las naciones no surgen por la voluntad, sino por una serie de circunstancias históricas que configuran una nación o a un grupo de naciones en torno a una serie de conceptos. Si lo esencial del catolicismo hispano es la universalidad, las naciones que lo componen comparten una cultura que es compartida e ineludible. Prueba de la fuerza de esta tesis son los esfuerzos de los nacionalismos periféricos por dar una versión de la historia que justifique una supuesta singularidad.

– Vida y muerte –

Fue Zacarías de Vizcarra quien propuso el término ‘hispanidad’ para designar las esencias compartidas por las personas y las naciones de lo que habían formado parte del Imperio Español. Como concepto ideológico, enfatizaba el catolicismo, la monarquía y la igualdad racial desde una concepción teológica. Ramiro de Maeztu, a través de la revista Acción Española, fue el encargado de propagarlo, y con éxito, a pesar de haberse enfrentado a cierto ostracismo a causa de su defensa de la dictadura de Primo de Rivera. Defensa de la Hispanidad recogió sus escritos en la revista, que explican con un estilo heterodoxo, accesible y erudito las bases del concepto de la hispanidad en forma de alegato.

Llegó su éxito el 13 de octubre de 1934, mismo día en que los revolucionarios asturianos destruyeron las aulas, los archivos y la biblioteca de la Universidad de Oviedo. El arzobispo Gomá se refería al concepto de la hispanidad y a Maeztu, quien recibió las palabras del prelado con regocijo. Pero los hechos de Asturias, de los que tuvo noticia después, le llevaron a profetizar con insistencia su propia muerte de forma violenta.

Fue asesinado el 29 de octubre de 1936 junto con Ramiro Ledesma Ramos por milicianos del Frente Popular. Su alegato a favor de la hispanidad quedará quizá como su obra más perdurable por su exhaustividad, relevancia y vigencia.

Mi madre es un pez, en Libertad Digital

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Hace unos años nació el Proyecto Yoknapatawpha, el esfuerzo de un puñado de jóvenes escritores por dar a conocer su trabajo homenajeando la tierra imaginada por William Faulkner. De ahí salió Sobre tierra plana, una colección de relatos publicada por la editorial Gens. La escasa repercusión del volumen, en el que participé, selló la muerte de aquél proyecto. O casi.–

Quedó la amistad entre uno de los escritores, Juan Soto Ivars, y el editor de Gens, Sergi Bellver. Cuando Bellver cambió de aires, traficando sus talentos en diversos proyectos personales (uno de los blogs literarios más exitosos del mundo hispano) y editoriales (Chéjov comentado, ed. Nevsky Prospects); los dos comenzaron a maquinar otro proyecto similar al de Sobre tierra plana. Si en éste el tema central era el del viaje, ahora la cosa gira en torno a la familia. El título del volumen hace alusión a un capítulo de Mientras agonizo, la obra más ambiciosa de Faulkner.

Hasta ahí las coincidencias. Si en Sobre tierra plana todos los autores teníamos una edad similar, Mi madre es un pez, editada por Libros del Silencio, cuenta con escritores de todas las edades, desde Eduardo Mendoza (1943) hasta Aixa de la Cruz (1988), aunque domina en él la generación de los 70. El volumen anterior, del que no repite nadie, fue una apuesta de Bellver por autores entonces noveles, pero el presente es la crème de la crème de la narrativa española, incluyendo no sólo al citado Mendoza, uno de los grandes de las letras de nuestro país, sino a cuatro de los escritores españoles más interesantes a día de hoy: Gabriel Sofer, Jon Bilbao, Alberto Olmos y Matías Candeira.

No decepcionan estos. Mendoza participa con un evocador relato acerca de una familia con Barcelona de fondo. Sofer nos sumerge en el mundo de José Faroles, un extravagante personaje andaluz del que quizá tengamos más noticias en el futuro: el relato dice estar sacado de un trabajo más extenso, y esperamos que así sea. Jon Bilbao, al igual que en sus novelas, consigue adentrarnos en un mundo donde lo extraño no es enemigo de lo creíble, y unos personajes magnéticos asisten a un pequeño evento que da lugar a la trama del relato. Candeira nos regala un cuento de ciencia ficción denso y misterioso, en el que confirma su maestría en el género. Quizá Olmos, cuyo trabajo aquí es correcto, pero más rutinario de lo que nos acostumbra, nos deja por esta vez con ganas de más.

Son estos los cuentos indispensables de la antología, junto con los de otros tres escritores a los que yo no había leído (a pesar de no ser noveles): Paula Cifuentes, Paula Lapido y Camilo de Ory. Cifuentes, conocida por su faceta novelística a pesar de su juventud, ha escrito un relato inquietante y juvenil. Se nota su implicación en lo narrado y se agradece. El sencillo cuento de Lapido es sin duda el más conmovedor de la colección. Camilo de Ory ha aportado una narración de una excentricidad subyacente, memorable.

Hay unos cuantos buenos relatos más. Rodrigo Fresán ha escrito un cuento muy en su línea posmoderna, que gustará a quienes gusten de la narrativa de Fresán. Jordi Soler y Ricardo Menéndez Salmón han contribuído dos cuentos excelentes, muy breves y que dejan con ganas de explorar más su trabajo. Contrasta el compromiso de Katya Adaui con el relato de Aixa de la Cruz, la benjamín de Mi madre es un pez, quien ofrece un planteamiento muy interesante que acaba perdiéndose en imposturas. Sin embargo, promete.

Así, valen la pena, mucho o bastante, una cantidad considerable de los relatos, lo cual avala la labor de los antólogos, cuyo trabajo resiste su propia ambición, que no es pequeña. Nada menos que 33 escritores hacen acto de presencia en Mi madre es un pez, un número algo excesivo pero que hubiese quedado equilibrado con la presencia de más autores nacidos entre los años 40 y 60. No me cabe duda de que más de uno de los nombres que en unos años se conviertan en habituales de las letras españolas habrán aparecido en esta antología. El tiempo confirmará el olfato de Soto Ivars y de Bellver, pero hasta que llegue ese momento, quien quiera ir haciéndose una idea de cuáles serán esos nombres harían bien en pasarse por las páginas de Mi madre es un pez, un trabajo que por extensión no podía sino ser imperfecto, pero cuyos errores no son óbice para que se convierta en referencia de la narrativa española actual.

Tratado de la Vida Elegante de Honoré de Balzac en Libertad Digital

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Como sabe cualquier francés, un tratado de estética no es sino un permisivo decálogo de ética, una rama tan veleidosa como necesaria de ésta. Dice Balzac que “al dictar las leyes de elegancia, la moda abarca todas las artes”. Como buen cristiano, no concibe contenido válido sin un digno continente.

Abre el Tratado de la vida elegante con una división en tres de los oficios del hombre. Primeramente está aquel que trabaja, representante de la vida ocupada; el hombre que piensa, paladín de la vida del artista; y el hombre que no hace nada, protagonista del ensayo y heraldo de la vida elegante.

Si, como dice Laurence Sterne, las ideas que concibe un hombre afeitado no son las mismas que alumbra un hombre barbudo, el hombre elegante debe colocarse, por utilizar los términos de Aranguren, en el talante adecuado. Este talante o estado de ánimo conducen, no a la creación (tarea del artista), sino al arte de animar el descanso, a la perfección de la vida exterior.

Esta ciencia de los modales es la que hace y deshace sociedades, y no es un tema a ser tratado demasiado a la ligera. En efecto, a pesar de la impresión que pueda llevarse el lector en primera instancia, el Tratado de la vida elegante es un escrito contra el dandismo.

“La vida elegante no excluye el pensamiento ni la ciencia, más bien las consagra”.

El dandi, en cambio, es un ser radicalmente no-pensante. El error que lleva a convertir el texto en un tratado exclusivamente acerca del continente es el mismo que ha llevado a París a convertirse en una ciudad donde ya no sucede nada, salvo que Woody Allen saca una serie de postales de lugares y personas para hacerlo pasar por película. Un muerto al que le crecen el pelo y las uñas: ciudades-dandi son París o Barcelona, triunfos del continente en los que el contenido ha tiempo que se agotó.

Así, no es cierto que ‘el hombre que no hace nada’ no haga, estrictamente, nada. Su ociosidad trae consigo una gran responsabilidad, y no disfruta de la elegancia sólo para pasearla por los salones, que también, sino que

“El tiempo, el dinero y el talento le garantizan el monopolio del mando.”

Balzac, un monárquico que ha heredado del siglo XVIII la confianza en el progreso, celebra que la inteligencia, “eje de nuestra civilización”, sustituya a la fuerza, y confía en un mañana aún mejor:

“La aristocracia y la burguesía pondrán en común, la primera, sus tradiciones de elegancia, buen gusto y alta política; la segunda sus prodigiosas conquistas en las artes y las ciencias. Después, las dos, guiando al pueblo, lo conducirán por una vía de civilización y de luz”.

Más allá de constatar el triste hecho de que los derroteros de la política hayan sido otros, en los que dudamos de que los más capaces sean quienes acceden a puestos públicos de responsabilidad, basten estos ejemplos para probar que la vida elegante es un estar en el mundo, mientras que el dandismo es una evasión. Si el verdadero aristócrata es elegante por naturaleza, el dandi trata de serlo gracias al estudio de una existencia que no es la suya. Es un burgués que preferiría no serlo.

Cierra el ensayo Balzac reflexionando que la indumentaria es la expresión misma de la sociedad, una afirmación que prueba examinando el pasado y que puede llevarnos a sacar interesantes conclusiones del presente, cuando la uniformización del capitalismo-proletario lleva a los ricos y a los pobres a vestir de la misma manera; a Rosalía Mera y a Willy Toledo gritar juntos: ¡Democracia Real Ya!

“Ya sea en el pie, en el busto, en la cabeza, siempre encontraremos, formulándose bajo alguna parte de la indumentaria, un progreso social, un sistema retrógrado o algún tipo de lucha encarnizada”.

El Tratado de la vida elegante, con su mezcla de reflexión y aforismo, es un texto que ofrece mucho más de lo que promete. Balzac juega en la frontera entre la filosofía y la frivolité como sólo saben hacerlo algunos maestros, y que este tratado haya sido calificado por algunos de mero divertimento evidentemente no denota incapacidad del autor para escribir, sino del crítico para leer. Descúbralo el lector por sí mismo.