Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

Archive for the ‘Escritores Estadounidenses’ Category

La buena gente del campo de Flannery O’Connor, en Libertad Digital

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Joy (que significa alegría en inglés) es la protagonista de La buena gente del campo. Doctorada en filosofía, representa al intelectual soberbio y frío, hasta el punto que se ha cambiado legalmente el nombre a Hulga, el más feo que se le ocurría. Considera el cambio como su mayor logro creativo. Joy/Hulga perdió la pierna de niña en un accidente de caza y se declara atea. Es un personaje fascinante.

Al igual que Flannery O’Connor, una mujer que por culpa de una enfermedad tuvo que recluirse en una casa del campo, Hulga suma a su pierna cercenada una condición cardiaca que la mantiene en casa con su madre, una mujer simplona que idealiza a “la buena gente del campo”, como dice ella. Hulga la desprecia a ella y a todos los demás personajes que están a su alrededor. A pesar de sus treinta y dos años, actúa como una adolescente rebelde y de humor sombrío. Su mención del cambio de nombre como “acto creativo” es un perfecto retrato del arte moderno y su tratamiento de lo feo y lo trivial. El cambio de Joy a Hulga es precisamente eso: feo y trivial.

El ateísmo soberbio que profesa, desdeñoso del cristianismo y de los cristianos, la convierte en un personaje orgulloso e independiente, incapaz de expresar emociones y segura de poder manipular a todos los demás personajes de la historia, especialmente a un vendedor de biblias aparentemente ingenuo e hipnotizado por Hulga.

“Esa noche, Hulga se había imaginado que lo seducía. Imaginó que los dos caminaban hasta el granero que había más allá de los dos campos, y allí las cosas llegaban hasta tal punto que lo seducía con facilidad, y luego, por supuesto, tenía que vérselas con el remordimiento de él. Un genio de verdad podía llegar a hacer entender una idea hasta a un cerebro inferior. Imaginó que ella transformaba su remordimiento en una comprensión más profunda de la vida. Ella le arrancaba toda la vergüenza y la transformaba en algo útil”

Tratando de evitar spóilers, diré que la única emoción que expresará Hulga se dará hacia el final del relato, cuando ve peligrar su prótesis de madera. Ésta tiene para nuestra protagonista una cualidad totémica que representa la idea de que todos, incluso los más descreídos, vivimos mediante axiomas, y que la supuesta revolución del pensamiento simplemente ha consistido en cambiarlos, nunca en abolirlos.

La confianza de Hulga en su entorno también desentierra un tema muy chestertoniano, y es que ésta se basa precisamente en el cristianismo de sus vecinos. Es decir, Hulga en el fondo cree en la bondad de quienes la rodean porque estos son cristianos, pero si fueran ateos como ella, entonces mostraría mucha más precaución.

Hulga es un personaje paradigmáticamente moderno que desde la confianza en la razón acaba atrapada en el laberinto de la modernidad. No por ello resulta menos complejo, y a pesar de todo, el lector sentirá empatía hacia ella como también la siente hacia el pirómano Darl Bundren de Mientras agonizo. No es el único paralelismo del relato con la obra de Faulkner, con quien comparte mucho más que el entorno sureño. Aunque menos experimental (los relatos de Faulkner también lo eran menos que sus novelas), Flannery O’Connor muestra un talento impresionante para captar personajes y momentos significativos de lo que a primera vista es poca cosa que nada tiene que envidiar al gigante de Mississippi.

La buena gente del campo es un relato largo que originalmente formó parte de la colección de cuentos A good man is hard to find (traducida en España por Un hombre bueno es difícil de encontrar), la única que publicó en vida a pesar de su reputación. Como en muchos de sus relatos, muestra la preocupación de la autora, católica practicante, por la moralidad y sus raíces. No con ánimo sermoneador, desde luego, sino con una prosa sencilla que lo oculta todo bajo la superficie. Si Hulga de pronto se volviera cristiana, no sería desde luego por el ejemplo de quienes la rodean, cristianos de apariencia, tan miserables como Hulga pero al menos más humanos. Dice su madre hacia el final del relato:

“Pero si parece ese buen joven aburrido que trató de venderme una biblia ayer (…) Era un simplón, pero creo que el mundo sería mucho mejor si todos nosotros fuéramos así de simples”.

El relato, editado por Nórdica libros, recuerda por su calidad y ambición a aquellos textos de Alianza Cien que también nos ofrecía relatos de Faulkner, Cela y Cortázar o ensayitos como El verano, de Albert Camus. Su precio es algo mayor (alrededor de unos 8 euros) pero la calidad de la edición es también mejor. Y el texto, como aquellos de Alianza, es indispensable para cualquier amante de la buena literatura.

Harry Stephen Keeler, ciencia-ficción rara y clásica – Letras Libres

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Lo que para William Faulkner fue Yoknapatawpha y para Juan Benet Región, comarcas recurrentes que envolvían y agobiaban, en la obra de Harry Stephen Keeler se llamaba Idiot’s Valley. Este lugar geográfico, cuyos habitantes son todos retrasados mentales, es una buena carta de presentación para el trabajo de Keeler.

Sus antecedentes familiares ya son curiosos: fue sobrino de Pierre L.O.A Keeler, un médium al que Houdini tachó de charlatán repetidas veces, e hijo de una mujer que fue internada en un psiquiátrico por razones desconocidas cuando Harry era un adolescente. Más tarde, en la década de los 30, Harry Stephen Keeler gozó de cierta popularidad, llegando a ver cómo Bela Lugosi protagonizaba una película basada en su novela The Mysterious Mr. Wong. Pero poco a poco, sus libros, siempre una mezcla de misterio y ciencia-ficción, se fueron volviendo más largos y extraños. Su forma de montar una trama consistía en introducir decenas de personajes con raros pretextos, enlazar sus historias mediante las más extraordinarias coincidencias y culminar el libro con un inesperado y espectacular clímax. Incluso llegó a escribir un manual, incomprensible, acerca de su método.

A ojos del lector curioso, lo más atractivo de las historias de Keeler son sus argumentos. En The Case of the Crazy Corpse, la policía saca un ataúd del Lago Michigan. Dentro hay un cuerpo desnudo, cuya parte superior pertenece a una mujer china, mientras que la inferior pertenece a un hombre negro. Ambas mitades están unidas por una viscosidad verde (William Poundstone, uno de los pocos estudiosos de Keeler, sospecha que el autor trataba de presentar una alegoría contra el racismo). En The Spectacles of Mr. Cagliostro, un hombre debe llevar puestas unas gafas azules durante un año por una cláusula en el testamento de su tío.

Con el tiempo, sus editores fueron abandonándole, salvo en dos países, donde sus novelas continuaban apareciendo sin interrupción: España y Portugal. Al parecer, la costumbre de editarle no desapareció, aunque más fruto de la inercia (y de la ausencia de escenas picantes, lo que evitaba trabas en la oficina del censor) que del éxito. Eso sí, las ventas se mantuvieron lo suficientemente estables como para que podamos albergar esperanzas de toparnos con algún ejemplar de Finger! Finger!The Case of the Two-Headed Idiot en la madrileña cuesta de Moyano (para los curiosos: los libros de Keeler en España fueron publicados por el Instituto Editorial Reus, y su traductor fue Fernando Noriega Olea).

Es difícil saber a qué autores influyó Keeler: probablemente a ninguno. Los nombres de algunos de sus personajes, como B262H72476Male, Foxhart Cubycheck o Screamo the Clown, parecen salidos de un cuaderno descartado de Thomas Pynchon. De las pocas referencias que se han hecho a su obra en la cultura popular está el capítulo de Futurama “Time Keeps On Slippin”, un episodio lleno de saltos temporales y que está basado en un episodio de la novela de Keeler Y. Cheung, Business Detective.

Algunos autores lo han querido insertar en una lista de exponentes del realismo histérico, que va desde Laurence Sterne hasta Zadie Smith, pasando por Salman Rushdie, Don DeLillo, Jonathan Safran Foer y el propio Pynchon. Pero las historias de Keeler, con su fetichismo por las calaveras, las trepanaciones y los freaks, y sobre todo, con su estilo radicalmente divagador, que desafía la paciencia del lector medio a niveles joyceanos sin ofrecer ni una fracción de la recompensa, son prueba de que Keeler no merece compartir un lugar junto a tantos autores que han desarrollado cuidadosa y conscientemente su estilo. Él merece más. Porque como dijo una crítica del New York Times en 1942, “Estamos forzados a llegar a la conclusión de que el Sr. Keeler escribe sus peculiares novelas meramente para satisfacer su propio e indisciplinado impulso de goce creativo”.

Keeler fue un habitante de su propio Idiot’s Valley. Un lugar donde vivía como un idiota, sin querer comunicarse pero sí hablar, ajeno a la pesada oficialidad que imponía respeto por el lector y una conciencia de dónde estaba uno situado. Y es por eso que al leerlo, nos convertimos también en residentes de su Idiot’s Valley, en idiotas, en gente que deja de leer y por fin empieza a jugar. Eso sí, al juego de Keeler.

Fuente: Letras Libres

Tan Fuerte, Tan Cerca de Jonathan Safran Foer – El Crítico

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LA GENIALIDAD VIVE EN LA IMPERFECCIÓN

“Tan fuerte, tan cerca”. Jonathan Safran Foer. Traducción de Toni Hill. Editorial Lumen. Barcelona, 2005. 441 páginas.

Cuando Salman RushdieJohn UpdikeSusan SontagJoyce Carol Oates muestran interés por un autor novel, mucha gente presta atención. Después de ‘Todo está iluminado’, el nuevo trabajo de Jonathan Safran Foer (1977) ha suscitado una controversia tan fuerte que el crítico del New York Press, Harry Siegel, incluso ha llegado a publicar un artículo titulado ‘Why the author of Everything Is Illuminated is a fraud and a hack’ (Por qué el autor de Todo Está Iluminado es un fraude y un vendido’). La misma publicación ha nombrado a Foer uno de los ’50 neoyorquinos más detestables’. Se podría decir que ha cumplido las expectativas.

‘Extremely Loud & Incredibly Close’ (editado por Lumen en nuestro país y misteriosamente traducido como ‘Tan fuerte, tan cerca’) es un libro ambicioso, conmovedor, inmaduro, valioso. En él conviven algunos momentos carentes de tensión narrativa con otros (los más) llenos de fuerza y belleza. A pesar de que el eje de la novela es el 11-S, el libro evita el sentimentalismo fácil: el padre de Oskar Schell muere en el atentado de las Torres Gemelas, y Oskar, un niño prodigio, es incapaz de comprender el por qué de su muerte. Un día encuentra una llave entre las pertenencias de su padre, y decide probar todas las cerraduras de Nueva York en busca de la cerradura en la que encaje. A partir de allí se teje una historia cuyos temas centrales son la familia y el miedo.

Un alto porcentaje de los críticos ha coincidido en señalar que el principal problema de la novela es su exceso de experimentación: Foer ha elegido incluir fotografías, páginas con una sola frase, palabras superpuestas progresivamente hasta formar una masa negra y hasta 15 imágenes al final en las que la secuencia de la famosa grabación de un hombre cayendo de una de las Torres Gemelas se revierte para que parezca que vuelve a entrar por la ventana. ¿Cómo no estar de acuerdo cuando el crítico de una publicación de masas dice que Foer “experimenta demasiado”? Pues claro que sí. Los experimentos formales no son algo a lo que debería dedicarse un bestseller.

El problema es que Jonathan Safran Foer no pertenece al mundo de los bestsellers, aunque por volumen de ventas esté habitando en él. Él no ha planteado una novela para ser simplemente leída, sino un libro orgánico, un libro para ser manoseado, que explora y juega con el espacio. Foer es un discípulo de Sterne con los manierismos de Wes Anderson. Y claro, eso no vende nada, nada. En palabras del autor: “La idea del arte, o al menos parte de la idea, es explorar cosas nuevas. (…) Es bueno que la literatura no haya caído del acantilado del sentido [como el mundo del arte], pero también ha sufrido por no caer. Debido a que los editores y críticos han sido tan protectores con los límites de la novela, cualquier tipo de intrusión se considera como un artificio”.

No sorprende pues que Harry Siegel incluya en su crítica una nostálgica mirada atrás, cuando revistas como Playboy o Atlantic publicaban a Isaac Bashevis Singer y otros “escritores con talento”. Ah, los buenos tiempos. Cuando las revistas publicaban relatos porque los escritores tenían talento. Es posible que Siegel tenga un muy buen gusto para la literatura. Le gusta Bashevis Singer. Le gusta Faulkner. Pero leyendo su lacrimoso lamento sobre el estado de la literatura contemporánea, uno no puede evitar sospechar que su buen gusto se quedó anclado en el siglo pasado. Tampoco pasa nada. Y es que para ser crítico del New York Press (y de la mayoría de grandes publicaciones), mirar a nuevos autores con desprecio o al menos condescendencia seguramente sea un requisito.

Esto no quiere decir que ‘Tan fuerte, tan cerca’ no peque de exceso de ambición mal resuelta o de cierta descompensación narrativa. Cuando la trama se va complicando con la introducción de nuevos personajes (antepasados de Oskar), da la sensación a veces de que el libro se salva del tedio por sus recursos visuales. Sin embargo, es en este punto donde encontramos algunos de los pasajes más intensos, como cuando Stephen Hawking le confiesa a Oskar en una carta: “I wish I were a poet (…) I’ve spent my life exploring the universe, mostly in my mind’s eye. It’s been a tremendously rewarding life, a wonderful life. I’ve been able to explore the origins of time and space with some of the great living thinkers. But I wish I were a poet”.

También la ingenuidad del protagonista puede resultar irritante para algunos lectores, o les puede parecer, como a muchos críticos estadounidenses, un personaje mal construido. En el Houston Chronicle se preguntaban cómo un niño que lee ‘Breve historia del tiempo’ y que es capaz de transcribir el último mensaje que le deja su padre al código morse puede no saber quién es Winston Churchill. Pero Oskar es un estudiante híper-selectivo, un googleador compulsivo que se construye una cultura sin referentes académicos. Molesta asimismo a algunos que el personaje parezca no tener nueve años, como si la característica de un niño prodigio no fuera precisamente la de parecer mayor. Es precisamente esta descompensación la que hace a Oskar un personaje interesante y salva a la novela de ser otra tediosa crónica de despertar preadolescente (“fue la primera vez que me fijé en los pechos de una mujer”, y esas cosas).

Foer demuestra su buen hacer literario en frases como ésta: “A man stood there without saying anything, and it was obvious he wasn”t a burglar. He was incredibly old and had a face like the opposite of mom”s because it seemed like it was frowning even when it wasn”t frowning.” ¿Se necesita más información? Con dos frases, Foer nos describe a tres personajes. Y son este tipo de recursos los que acaban justificando la escritura fragmentaria que se vislumbra en gran parte de las nuevas generaciones de novelistas norteamericanos.

No se trata de un libro perfecto, pero un libro así no lo puede ser. La genialidad está en saber explorar, e incluso en equivocarse. Es un collage, reflejo de esta nueva generación de escritores que se han educado con Google y la información despedazada de la CNN; un estilo que ya se anunciaba en novelas como ‘Los detectives salvajes’ de Bolaño (traducida este año al inglés con un enorme éxito). Y Foer no olvida que “todo buen libro quiere hablar sobre los mismos temas, más o menos: familia, muerte, sexualidad y cosas así. El problema es que llevamos tanto tiempo expresándolas o intentando hacerlo que las palabras están empezando a morir. (…) Una expresión como “te quiero” virtualmente no tiene sentido ya. Todo el mundo la ha oído. Probablemente de un número de personas. ¿Cómo se puede expresar con algo de sentido? (…) Tienes que encontrar nuevas formas de decirlo. A lo mejor puedes utilizar las mismas tres palabras pero en un lugar distinto. O con una inflexión distinta, para que estés constantemente tratando de expresar a la persona a quien se lo dices por qué significa algo. Los libros son lo mismo”.

La crítica a Foer se tiene que realizar desde esta perspectiva: sabiendo cuáles son sus objetivos. Y uno de ellos es renovar el lenguaje de la novela. Si acaba contribuyendo a ello o no se verá con el tiempo, pero mi impresión es que tanto ‘Todo está iluminado’ como ‘Tan fuerte, tan cerca’, con todas sus carencias, son pasos en la dirección acertada.

Fuente: El crítico