Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

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Defensa de la hispanidad de Ramiro de Maeztu en Libertad Digital

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El pensamiento tradicionalista español ha sufrido tres derrotas. La primera, contra un liberalismo que lo venció. La segunda, bajo un franquismo que lo anuló; y la tercera, bajo una democracia que lo ignora. La editorial Homo Legens recupera una de sus obras más emblemáticas con la publicación de Defensa de la Hispanidad de Ramiro de Maeztu, otro esfuerzo por rescatar al tradicionalismo de la irrelevancia.

Estamos ante una obra dominada por el pensamiento de Marcelino Menéndez Pelayo, cuyos estudios y teorías impregnan lo escrito por Maeztu. Idea clave del santanderino es la que asegura que donde no se conserve la herencia de lo pasado, no puede surgir un pensamiento original y duradero. Maeztu recoge esta idea y expone la tradición como camino que hay que seguir para encontrar las claves para el futuro. Ante las visiones simplistas que se tienen del tradicionalismo, Maeztu explica la disyuntiva de Menéndez Pelayo:

“Sus compatriotas estaban divididos, desde hacía más de un siglo, en dos grupos: los que seguían la tradición patria en la línea del tiempo, pero vueltos de espaldas a lo que en el mundo acontecía y como temerosos de que les fuera dado porvenir tan enemigo como en el pasado; y los que vivían con las miradas fijas en el mundo exterior, dispuestos en cualquier momento a aceptar sus ideas y dar a la novedad el valor de la verdad, pero ignorantes y despreciadores de su propio pasado.”

En esta mirada al pasado, Maeztu rescata, además de a Menéndez Pelayo, a otros pensadores como Francisco de Vitoria, Solórzano Pereira, Jaime Balmes, Fray Juan González Arintero o Donoso Cortés; y reconociendo que un pensamiento eminente no puede estar disociado de una historia gloriosa, Maeztu defiende la hispanidad como concepto histórico y cultural. El autor realiza una defensa cerrada de la monarquía hispana, a la que atribuye la cualidad fundamental de ser católica y, por lo tanto, misionera. El pensador vasco rechaza la idea de que España acudió a las indias con otra intención que no fuera la de la prédica, y aunque evidentemente reconoce que se produjeron abusos por parte de los colonizadores españoles en América, recalca que

“se prohibió la esclavitud, se proclamó la libertad de los indios, se les prohibió hacerse la guerra, se les brindó la amistad de los españoles, se reglamentó el régimen de encomienda para castigar los abusos de los encomenderos, se estatuyó la instrucción y adoctrinamiento de los indios como principal fin e intento de los reyes de España, se prescribió que las conversiones se hiciesen voluntariamente y se transformó la conquista de América en difusión del espíritu cristiano.”

Maeztu proclama las bondades del imperio hispano frente a las naciones del resto de Europa, que acudieron a América, África y Asia con ánimo explotador y actitud racista; creyéndose intrínsecamente superiores por ser temporalmente más poderosas. El mestizaje biológico y cultural del mundo hispano, desde luego, no se ha reproducido en otros imperios. Como concepto central, el vitoriano habla de las distintas actitudes frente a la idea de igualdad, y explica que mientras que otras naciones cristianas y laicas han creído en el dogma de la igualdad de cuerpos, España ha defendido la igualdad de almas:

“Hay algo anterior al amor al prójimo, y es que al prójimo se le reconozca como tal, es decir, como próximo”.

Tras elogiar esta actitud misionera que emana de la monarquía y que impregna a todo el pueblo, Maeztu reconoce que la cosmovisión que hizo grande a España está en crisis, y advierte que toda esa energía misionera tiene que dedicarse ahora a reconquistar a las gentes de nuestro país.

– Las afinidades de Maeztu –

A pesar de que adscribimos a Maeztu decididamente dentro de la corriente del tradicionalismo, su pensamiento no debería ahuyentar a otro tipo de lectores. Maeztu y su Defensa de la Hispanidad se ganaron los elogios de personajes tan diversos como Ortega y Gasset, Antonio Machado, Gabriela Mistral, Josep Plá, Eugenio d’Ors, Azorín o Pérez de Ayala. Su perspectiva también encontrará acomodo con cierta corriente que ve en el pasado la consumación del respeto a las libertades del hombre, como la defendida por el particular liberalismo de Ángel López Amo. Dice Maeztu:

“No hay quien custodie a los custodios; no hay quien nos proteja contra el estado que debe protegernos. Y es el ideal mismo que inspiró la creación de los Estados modernos lo que está en entredicho. La Edad Media se fundaba en una armonía de sociedades (communitas communitatum), que era también un equlibrio de principios, en el que se contrapesaban la autoridad y la libertad, el poder espiritual y el temporal, el campo y las ciudades, los reinos y el Imperio. Se rompió la armonía.”

Su idea de la renovación social y política es elitista pero tiene como base el respeto al hombre. Así, critica tanto al comunismo como al liberalismo, que han convertido el trabajo en una actividad fisiológica, no espiritual. Su defensa del orden medieval y el trabajo complejo que dignifica al hombre lo acercan a filósofos como Chesterton o Heidegger; pero al contrario que estos encuentra la encarnación de estos valores positivos en el mundo hispano.

La vocación universal de éste no es caprichosa. Las naciones no surgen por la voluntad, sino por una serie de circunstancias históricas que configuran una nación o a un grupo de naciones en torno a una serie de conceptos. Si lo esencial del catolicismo hispano es la universalidad, las naciones que lo componen comparten una cultura que es compartida e ineludible. Prueba de la fuerza de esta tesis son los esfuerzos de los nacionalismos periféricos por dar una versión de la historia que justifique una supuesta singularidad.

– Vida y muerte –

Fue Zacarías de Vizcarra quien propuso el término ‘hispanidad’ para designar las esencias compartidas por las personas y las naciones de lo que habían formado parte del Imperio Español. Como concepto ideológico, enfatizaba el catolicismo, la monarquía y la igualdad racial desde una concepción teológica. Ramiro de Maeztu, a través de la revista Acción Española, fue el encargado de propagarlo, y con éxito, a pesar de haberse enfrentado a cierto ostracismo a causa de su defensa de la dictadura de Primo de Rivera. Defensa de la Hispanidad recogió sus escritos en la revista, que explican con un estilo heterodoxo, accesible y erudito las bases del concepto de la hispanidad en forma de alegato.

Llegó su éxito el 13 de octubre de 1934, mismo día en que los revolucionarios asturianos destruyeron las aulas, los archivos y la biblioteca de la Universidad de Oviedo. El arzobispo Gomá se refería al concepto de la hispanidad y a Maeztu, quien recibió las palabras del prelado con regocijo. Pero los hechos de Asturias, de los que tuvo noticia después, le llevaron a profetizar con insistencia su propia muerte de forma violenta.

Fue asesinado el 29 de octubre de 1936 junto con Ramiro Ledesma Ramos por milicianos del Frente Popular. Su alegato a favor de la hispanidad quedará quizá como su obra más perdurable por su exhaustividad, relevancia y vigencia.

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De amicitia et politica – Letras Libres

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“Para que dos hombres sean íntimamente amigos deben atraerse y rechazarse sin cesar por algún concepto: se necesita que estén dotados de genios de igual fuerza, pero de diferente especie; de opuestas opiniones, pero de principios semejantes; de odios y de amores diferentes, pero de la misma sensibilidad en el fondo; de temperamentos contradictorios, pero de inclinaciones idénticas; en resumen, de grandes contrastes de carácter y de grandes armonías de corazón.”

El Genio del Cristianismo, François-René de Chateaubriand

Jorge Semprún no era demasiado amigo de los prólogos. De los pocos que escribió queda uno clavado en mi memoria, que aparece en la biografía que hizo Carlos Abella del genial torero Luís Miguel Domingín. Dice Semprún que a pesar del disgusto que le producían la amistad y el respeto que sentía el torero por el general Franco, quería escribir un prólogo “por el deseo y la nostalgia de un vínculo fraternal por encima de las peripecias de la vida, de sus avatares.”

Dominguín compartió amistad con Agustín de Foxá, Dionisio Ridruejo, Julio Camba, Pablo Picasso o Salvador Dalí; gente de ideas políticas tan dispares como controvertidas. Pero él, al fin y al cabo, no se significó especialmente. Más llamativos aún son dos personajes como Marcelino Menéndez Pelayo y G.K. Chesterton, que a pesar de su afición a la disputa intelectual mantuvieron la amistad de gente tan alejada de su pensamiento como Clarín, Benito Pérez Galdós, Juan Valera, Pío Baroja o Felipe Trigo, el primero; y de George Bernard Shaw, H. G. Wells o Bertrand Russell, el segundo. Hay más casos de sonadas amistades que perviven a pesar de fuertes desacuerdos políticos, como la de Gabriel García Márquez con Álvaro Mutis, o la de T.S. Eliot con Ezra Pound.

Otras historias rompen ese misterio que tiene la amistad entre personas discrepantes. J.R.R. Tolkien y C.S. Lewis se pelearon por razones teológicas, Sartre y Camus por culpa del comunismo, Norman Mailer quiso dilucidar diferencias de política exterior con un miembro del gobierno de Lyndon B. Johnson a puñetazos. Yo publico un puñado de artículos en distintos medios cada mes que por fortuna o por desgracia pasan tan desapercibidos como la mayor parte de la sección cultural de cualquier medio, pero en cuanto mento elogiosamente la producción de algún escritor fascista (como lo fueron Camba y Foxá), me gano una serie de insultos de desconocidos y (ex) amigos que me dejan rascándome la cabeza ante el ordenador. Y eso que quitando a falangistas y comunistas, en España casi nos quedábamos sin literatura del siglo pasado.

Ayer mismo, un amigo me enviaba alarmado un artículo de The Guardian que informaba de que la policía británica recomendaba a los ciudadanos de ese país denunciar la presencia de anarquistas en su vecindario. En España, no resultan menos espectaculares las denuncias de ciertos periodistas de derechas ante el movimiento anticapitalista de indignados en España, que suponen lanzado y financiado secretamente por el candidato socialista a la presidencia, Alfredo Pérez Rubalcaba.

El diario El País gusta de publicar artículos que avisan de un supuesto auge de la extrema derecha, a pesar de que la Falange Española, el partido de extrema derecha más votado, contó en las últimas elecciones generales con tan solo 14.000 votos (el 28 de España). Ante esta realidad, existe otra tendencia consistente en denunciar que toda esa extrema derecha (seguidores por igual de Franco, Bush y el Tea Party) se encuentra dentro del Partido Popular. El diario incluso alberga un blog, llamado El Ojo Izquierdo que promete sumergirse “en lo más profundo de la derecha española, tan vociferante y venenosa.” Aparecen allí retratados con regularidad columnistas de toda la prensa de derechas española. Una bitácora polémica, aunque de allí a llamar al periódico más vendido de España “gacetilla sectaria del izquierdismo cutre”, como hacía Hermann Tertsch en el diario ABC, hay un paso. La acusación favorita de todo periodista que se precie a los periódicos y políticos rivales es que promueven el odio y se mueven entre la estupidez y la maldad. Baste esta joya de Tertsch, tan culto como dado a los excesos verbales: “La mentira ya no era eficaz y la remontada imposible. Ahora llega el tiempo del miedo. Están dispuestos a utilizar todos los medios del Gobierno y el Estado para acabar con el rival.”

Fuera del mundo del periodismo, la convivencia no es mejor. La cantante indie Russian Red se declaraba de derechas en una entrevista y saltaba una enorme polémica que su compañero de profesión Nacho Vegas zanjaba diciendo que “cualquiera que se declare de derechas ha de ser un cretino o un cabrón”. Por otro lado, la jovencísima poeta Luna Miguel escribía en un arranque de lirismo fallido publicado en el diario Público que ante la inminente victoria del Partido Popular en las próximas elecciones generales no podía “hacer el amor sin pensar en los próximos cuatro años de retroceso y penita”.

Tan mal estamos, que la situación política nos induce a la denuncia y nos impide hacer el amor sin ser asaltados por imágenes de un país gobernado por malvados derechistas o ignorantes progres. El adversario político no defiende posturas contrarias, sino que viste diferente, vive en barrios diferentes con colegios diferentes y pasa los domingos en lugares diferentes – rezando a Sarah Palin mientras la familia se reúne para sacarle brillo a su arsenal de armas, o despiojándose las rastas antes de acudir a un recital de bongos etíopes. Convertir en puro símbolo al contrario dificulta entablar conversaciones con él.

No pretendo ser relativista. No sólo pienso que algunas ideas políticas son aberrantes, sino que comparto la tendencia de la mayoría de los mortales de razonar que éstas son justamente las que no coinciden con las mías. Pero a pesar de que tipos como Hamsun, Céline, Neruda o Cortázar tomaran decisiones políticas tan equivocadas, me hubiera gustado enormemente conocer a cualquiera de ellos. Hemingway, un hombre de izquierdas, insistía en que Ezra Pound “ defiende a sus amigos cuando alguien les ataca, les introduce en revistas y les saca de la cárcel. Les presta dinero. Escribe artículos acerca de ellos. Les presenta a mujeres ricas. Convence a editores para que les publique. Se pasa la noche con ellos cuando dicen estar muriendo. Les paga las facturas del hospital y les convence de que no se suiciden.”

Me gusta también la anécdota que narra Plinio Apuleyo Mendoza acerca del encuentro entre Carlos Alberto Montaner y Gabriel García Márquez, quienes se conocieron en una cena. Antes de marcharse Apuleyo Mendoza y Montaner, García Márquez se llevó aparte al primero y dijo, “qué tipo tan formidable es Montaner. Caramba, lástima que sea anticastrista”. Al subirse ya los dos amigos al coche, fue Montaner quien comentó que “Gabo es maravilloso, que simpática su conversación. Lástima que sea castrista”. No hay sólo admiración recíproca en la historia, sino también una nostalgia como de quien dice: ‘nunca más nos volveremos a ver’. Queda ese paréntesis, ese momento fugaz de entendimiento entre dos personas que, como Semprún, han sentido el deseo del vínculo fraternal por encima de los avatares de la vida, aunque estos se hayan hecho presentes al final de la noche y para siempre.

De Política y Amistad, artículo publicado en Letras Libres.