Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

Archive for the ‘Religión’ Category

Hildegarda de Bingen: la reforma mediante la belleza – Libertad Digital

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El 18 de diciembre saltaba la noticia: el Papa Benedicto XVI canonizará y nombrará Doctora de la Iglesia a Hildegarda de Bingen, una abadesa alemana del siglo XII. Podría parecer una noticia destinada exclusivamente a eruditos y teólogos, pero la extraordinaria naturaleza de la implicada la acerca a los fieles y no tan fieles de hoy en día. Así corresponde a la figura de un Doctor de la Iglesia, nombrado por la vigencia de su pensamiento. Sólo hay 33 hasta la fecha (más el español Juan de Ávila, que será nombrado este año), de los cuales tres son mujeres.


La cuarta, Hildegarda, es una mística que se dedicó a la medicina, la biología, la teología, la literatura y la música. De lo mucho que legó, empezando por sus tratados científicos y continuando por la lengua que inventó y que llamó lingua ignota (lengua desconocida), lo que ha sobrevivido mejor al paso del tiempo son sus extraordinarias composiciones musicales y tres libros de visiones: Scivias, Liber divinorum operum y Liber vitae meritorum. En cada uno de ellos aparecen dibujadas sus visiones, junto con una explicación teológica de cada uno.


Por lo tanto, de Hildegarda de Bingen se han podido decir muchas cosas, unas más acertadas que otras: que ha sido una protofeminista, una visionaria, una sabia, una naturista o una profeta, entre otras. Aunque algunas de estas cuestiones se deben discutir y precisar,  aquí queremos rescatar a Hildegarda especialmente como profeta privilegiada que revela las maravillas de Dios y que por tanto es una amante de la belleza, una trovadora de Dios.


La profecía es definida por Abelardo como “la gracia de interpretar y exponer las palabras divinas” y por Hugo de San Víctor como “una inspiración divina que hace conocer el advenimiento de cosas escondidas en su verdad inmutable”. Hildegarda se presenta en este sentido como esa voz ‘elegida’ en un momento turbulento (recordemos que en esta época proliferan los profetas y las corriente heréticas)  que expone las palabras divinas para guiar y conducir al hombre en el mundo. El hecho de que Eugenio III y San Bernardo de Claraval (también Doctor de la Iglesia éste último) aprobaran las visiones de Hildegarda, no puede sino entenderse sino como el reconocimiento de que ella era un canal de Dios, lo que la valió el apodo de la ‘Sibila teutonica (o renana)’.


Precisamente, su figura ha interesado a Benedicto XVI por su trabajo como reformadora. Como destacó el Papa, los cátaros proponían reformar la Iglesia para combatir los abusos del clero. Ella les reprendió por querer subvertir la naturaleza misma de ésta, alegando que la verdadera renovación no se consigue derribando las estructuras, sino mediante un espíritu de penitencia y un camino continuo de conversión.


Este espíritu de reforma sólo puede entenderse a través del testimonio que deja de sus revelaciones. Su Liber divinorum operum,  por ejemplo, nos descubre una cosmovisión en la que predominan la poética y belleza. Su primera visión reza: “Yo contemplé entonces, en el secreto de Dios, en el corazón de los espacios aéreos del sur, una maravillosa figura. Tenía apariencia humana. La belleza, la claridad de su rostro eran tales que mirar al sol hubiera sido más fácil que mirar ese rostro (…)”. En esta misma obra, Hildegarda expone su concepción sobre el hombre y la mujer, que también preña de belleza y que ha supuesto según algunos críticos la primera teoría completa sobre la complementariedad de sexos: “la mujer es en quien el hombre se reconoce, forma de gran belleza, y ninguno de ellos puede vivir separado del otro. El hombre designa la divinidad del Hijo de Dios, y la mujer, Su humanidad”.


Sin duda, en esta complementariedad total, indisoluble de principios, podemos encontrar la determinación de Hildegarda por reivindicar la unidad cosmológica en todos los planos: macrocosmos-microcosmos, Dios-humanidad, hombre-mujer, forma-idea. En este juego de correspondencias tan propio del medievo, la forma de entender la belleza reluce con especial fuerza.


Los rituales que realizaba en su congregación, en los que se disfrazaban cual primorosas novias de Dios con claros vestidos y adornos en el pelo; su música, sus celebraciones y descripciones de la naturaleza no son sino la cristalización de este espíritu. Es decir, que mediante la acción, mediante la afirmación de la vida – de la creación de Dios – Hildegarda pretendía corregir las desviaciones dentro y fuera de la Iglesia, cuyos miembros demasiado a menudo vivían (viven) de espaldas a las esencias del mundo. En otras palabras, no realizaban ese continuo camino de conversión al que se refería Benedicto XVI, cuya base sería afirmar la creación divina.


Pese a ser una mujer reformadora y notable en su tiempo por su valía, hasta el punto de granjearse envidias por abades que en la jerarquía eclesiástica estaban por encima de ella, no hay que confundir sus logros y caer en lecturas feministas que poco corresponden al momento. Aunque muchos se han empeñado en ver en Hildegarda una rara excepción que contrariaba la concepción aristotélica de la mujer y el hombre, ella no se contemplaba a sí misma ni mucho menos como una revolucionaria, sino como una paupercula feminea forma (una pobre criatura femenina) a través de la cual Dios obra en tiempos de caos. Si salió indemne de los enfrentamientos que tuvo con cierta jerarquía eclesiástica es porque siempre encontró poderosos defensores. Su historia, así, es similar a la de innumerables santos y reformadores como San Francisco de Asís o San Juan de la Cruz.


Hildegarda es ya santa y fue una de las primeras personas a quien Roma aplicó el proceso de canonización, pero éste se topó con tantas trabas que se paralizó del todo. Ahora Benedicto XVI por fin formalizará esta santificación antes de nombrar a Hildegarda Doctora de la Iglesia, una distinción que, teniendo en cuenta que honra la erudición y distingue a quienes han sentado las bases de la doctrina, no puede ser más pertinente.

Diana Barnes Pardos y Alejandro García Ingrisano

El camino de Roma de Hilaire Belloc – La Gaceta

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“Partiré de este lugar donde, por mis pecados, serví bajo las armas; haré a pie todo el camino y jamás utilizaré máquina alguna que ande sobre ruedas; dormiré al raso y recorreré treinta millas al día; oiré misa todas las mañanas y estaré en la Misa Mayor que se oficie en San Pedro el día de San Pedro y San Pablo”. Así comienza la peregrinación de Hilaire Belloc que le lleva desde la Alsacia hasta Roma. Por el camino, Belloc quebranta uno a uno todos sus votos, pero el lector de esta juguetona crónica sabrá perdonarle.
Es Belloc un peregrino abierto a las experiencias, enemigo de la queja y proclive a la conversación y al disfrute. Imposible no contagiarse de su entusiasmo por la arquitectura, la gastronomía y la naturaleza. El texto, como su nombre indica, sólo se centra en el camino, pero la diversidad de aventuras colmarán al lector que quiera compartir la hazaña de recorrer Europa a pie a principios del siglo XX.
Con un marcado estilo periodístico, El camino de Roma comparte vivencias de manera generosa: anécdotas, conversaciones y hasta dibujos. Así, nos formamos una idea clara de la arrolladora personalidad de Belloc, que incluso participa con un lector imaginario (aunque ligeramente irritante) en estrafalarias conversaciones que recuerdan más a Tristram Shandy que a los contenidos reportajes de un peregrino piadoso. Y es que Belloc es un caminante alegre, que vive los paisajes y las experiencias como un milagro y no como simple medio para alcanzar una meta. Disfruta y nos hace disfrutar con las cosas sencillas; con las vías y bosques que marcan su recorrido.
Éste combina momentos de placidez con otros de verdadero peligro, como en el fallido cruce de los Alpes. Belloc describe evocadoramente cada uno de estos instantes, y su natural curiosidad y tendencia a la charla con cualquiera que se le cruce en el camino nos acerca a sus vivencias y nos da la sensación, al llegar a Roma, de haber realizado con él la peregrinación.
La sencillez y la erudición de este volumen despertarán en quien no haya leído antes a Belloc el deseo de examinar su prosa más a fondo, y quien ya sea un habitual de su obra quedará satisfecho tras la exploración de este camino con un magnífico acompañante, que quebranta sus votos por causa de fuerza mayor pero cumple un objetivo más importante: avivar en sus lectores el fervor del peregrino.

Written by pursewarden

octubre 19, 2011 at 7:02 am

Economía básica para católicos, de Samuel Gregg – La Gaceta

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Samuel Gregg, experto en filosofía moral, ha escrito un libro para explicar los fundamentos de la economía a lectores no avezados, especialmente aquellos que buscan conciliar la preocupación por la justicia social con la vida en un sistema capitalista.

El libro consta de dos partes. En la primera, Gregg nos ofrece un ensayo sobre la historia de la economía; sus principales planteamientos y cómo han tratado esta disciplina distintos pensadores, especialmente cristianos. Dos ideas destacan de esta sección. Primero, que la solidaridad es una virtud que ha de ser practicada voluntariamente, producto de nuestro libre albedrío. No sorprende, pues, que la red social obligatoria sea fabricación de un país protestante, Alemania. Segunda es tratar la economía como una rama de la filosofía y no de las matemáticas. La economía, nos dice Gregg, puede y debe ser parte del pensamiento moral, y como tal, un católico no debe temerla sino comprenderla.

Contribuye a esta comprensión con la segunda parte del libro, una selección de textos de filósofos, eclesiásticos y economistas agrupados por temáticas; empezando por la propiedad, pasando por el comercio o los salarios y acabando con los impuestos, por aquello de que, junto con la muerte, son lo único inevitable en la vida. Esta selección, aunque incluye a todo tipo de autores desde Marx hasta von Mises, muestra claramente una tendencia libremercadista. Descubrirá el lector que la ausencia de tecnicismos y la elección autores preocupados por las esencias de la economía producen un corpus accesible, que no exige conocimientos previos.

Aunque encontraremos fragmentos de los Santos Tomás y Agustín o los escolásticos salmantinos, hay en la Economía básica para católicos más de economía que de teología. En ese sentido, se asemeja más a los estudios de escolástica de Grice-Hutchinson que a los escritos distributistas de Chesterton.

Se enmarca el libro dentro de la colección del Buey Mudo sobre economía que nos ha brindado libros tan estimables como el de Las raíces cristianas del libre mercado de Chafuén; La Iglesia y la Economía de Woods; o Los límites de la cordura de Chesterton, aunque el de Gregg sea el más sencillo de todos y nos ofrezca claves para comprender los demás. Un instrumento, en definitiva, para que el lector católico se posicione frente a los problemas básicos de la economía.

Pluma en Ristre de Leonardo Castellani, en La Gaceta

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Pluma en Ristre es una colección de artículos recogidos por Juan Manuel de Prada, quien avisa en el prólogo de la expresividad, la erudición y el humor de Leonardo Castellani. Acierta el zamorano, ya que estamos frente a un autor que sigue – y no desmerece, lo cual son palabras mayores – el estilo chestertoniano de coger lugares comunes, ideas y dichos y darles la vuelta para desafiar los dogmas del pensamiento moderno, ejercicio que sólo está al alcance de algunas inteligencias.

Encontramos en el libro las claves de por qué, como se ha dicho, Castellani vivió peleado con todos, salvo con Dios. Su artículo Un Pasito Adelante, por ejemplo, supone a la vez una de las más lúcidas críticas al protestantismo y al Concilio de Trento que se hayan escrito. Castellani no juzga poniéndose del bando que mejor le cobija, sino que analiza sin misericordia todos los lados de un problema. No se sorprenda el lector al enfadarse y adherirse a las tesis de Castellani en un mismo artículo.

No debemos entender por esto que Castellani fuese un heterodoxo. Al contrario, fue un defensor de la más firme ortodoxia católica que tuvo la valentía de decir: “Tal como anda hoy el mundo (…) un mínimo de anticlericalismo es necesario para la salvación eterna”. El comentario, naturalmente, no es a favor de los anticlericales, sino en contra de los malos clérigos; y es desde este prisma que debemos entender a Castellani como un firme defensor de la Fe católica.

Uno de los aciertos del libro, que lo acerca a un buen número de lectores, es la cantidad de temas tratados. Dividido en secciones que versan acerca de conceptos como España, el dinero, la política, el dogma o la cultura; hay algo en Pluma en Ristre para todos, y las minuciosas anotaciones de Prada garantizan el correcto entendimiento de unos artículos que por la inmediatez propia del género, hacen a veces referencias que exigían el buen trabajo de un antologista.

No son sin embargo los artículos de Castellani víctimas de la actualidad. Como los grandes periodistas, sus razonamientos trascienden a tal o cual controversia u adversario, y sus reflexiones se leen como a un Chesterton o un Camba.

Castellani es un autor imprescindible no porque reforzará nuestras opiniones preestablecidas, sino porque nos incomodará: Su inteligencia nos hará sentir a veces descobijados, tal y como le hizo sentir a él.

Written by pursewarden

abril 11, 2011 at 7:29 am