Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

Archive for the ‘Ensayo’ Category

Defensa de la hispanidad de Ramiro de Maeztu en Libertad Digital

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El pensamiento tradicionalista español ha sufrido tres derrotas. La primera, contra un liberalismo que lo venció. La segunda, bajo un franquismo que lo anuló; y la tercera, bajo una democracia que lo ignora. La editorial Homo Legens recupera una de sus obras más emblemáticas con la publicación de Defensa de la Hispanidad de Ramiro de Maeztu, otro esfuerzo por rescatar al tradicionalismo de la irrelevancia.

Estamos ante una obra dominada por el pensamiento de Marcelino Menéndez Pelayo, cuyos estudios y teorías impregnan lo escrito por Maeztu. Idea clave del santanderino es la que asegura que donde no se conserve la herencia de lo pasado, no puede surgir un pensamiento original y duradero. Maeztu recoge esta idea y expone la tradición como camino que hay que seguir para encontrar las claves para el futuro. Ante las visiones simplistas que se tienen del tradicionalismo, Maeztu explica la disyuntiva de Menéndez Pelayo:

“Sus compatriotas estaban divididos, desde hacía más de un siglo, en dos grupos: los que seguían la tradición patria en la línea del tiempo, pero vueltos de espaldas a lo que en el mundo acontecía y como temerosos de que les fuera dado porvenir tan enemigo como en el pasado; y los que vivían con las miradas fijas en el mundo exterior, dispuestos en cualquier momento a aceptar sus ideas y dar a la novedad el valor de la verdad, pero ignorantes y despreciadores de su propio pasado.”

En esta mirada al pasado, Maeztu rescata, además de a Menéndez Pelayo, a otros pensadores como Francisco de Vitoria, Solórzano Pereira, Jaime Balmes, Fray Juan González Arintero o Donoso Cortés; y reconociendo que un pensamiento eminente no puede estar disociado de una historia gloriosa, Maeztu defiende la hispanidad como concepto histórico y cultural. El autor realiza una defensa cerrada de la monarquía hispana, a la que atribuye la cualidad fundamental de ser católica y, por lo tanto, misionera. El pensador vasco rechaza la idea de que España acudió a las indias con otra intención que no fuera la de la prédica, y aunque evidentemente reconoce que se produjeron abusos por parte de los colonizadores españoles en América, recalca que

“se prohibió la esclavitud, se proclamó la libertad de los indios, se les prohibió hacerse la guerra, se les brindó la amistad de los españoles, se reglamentó el régimen de encomienda para castigar los abusos de los encomenderos, se estatuyó la instrucción y adoctrinamiento de los indios como principal fin e intento de los reyes de España, se prescribió que las conversiones se hiciesen voluntariamente y se transformó la conquista de América en difusión del espíritu cristiano.”

Maeztu proclama las bondades del imperio hispano frente a las naciones del resto de Europa, que acudieron a América, África y Asia con ánimo explotador y actitud racista; creyéndose intrínsecamente superiores por ser temporalmente más poderosas. El mestizaje biológico y cultural del mundo hispano, desde luego, no se ha reproducido en otros imperios. Como concepto central, el vitoriano habla de las distintas actitudes frente a la idea de igualdad, y explica que mientras que otras naciones cristianas y laicas han creído en el dogma de la igualdad de cuerpos, España ha defendido la igualdad de almas:

“Hay algo anterior al amor al prójimo, y es que al prójimo se le reconozca como tal, es decir, como próximo”.

Tras elogiar esta actitud misionera que emana de la monarquía y que impregna a todo el pueblo, Maeztu reconoce que la cosmovisión que hizo grande a España está en crisis, y advierte que toda esa energía misionera tiene que dedicarse ahora a reconquistar a las gentes de nuestro país.

– Las afinidades de Maeztu –

A pesar de que adscribimos a Maeztu decididamente dentro de la corriente del tradicionalismo, su pensamiento no debería ahuyentar a otro tipo de lectores. Maeztu y su Defensa de la Hispanidad se ganaron los elogios de personajes tan diversos como Ortega y Gasset, Antonio Machado, Gabriela Mistral, Josep Plá, Eugenio d’Ors, Azorín o Pérez de Ayala. Su perspectiva también encontrará acomodo con cierta corriente que ve en el pasado la consumación del respeto a las libertades del hombre, como la defendida por el particular liberalismo de Ángel López Amo. Dice Maeztu:

“No hay quien custodie a los custodios; no hay quien nos proteja contra el estado que debe protegernos. Y es el ideal mismo que inspiró la creación de los Estados modernos lo que está en entredicho. La Edad Media se fundaba en una armonía de sociedades (communitas communitatum), que era también un equlibrio de principios, en el que se contrapesaban la autoridad y la libertad, el poder espiritual y el temporal, el campo y las ciudades, los reinos y el Imperio. Se rompió la armonía.”

Su idea de la renovación social y política es elitista pero tiene como base el respeto al hombre. Así, critica tanto al comunismo como al liberalismo, que han convertido el trabajo en una actividad fisiológica, no espiritual. Su defensa del orden medieval y el trabajo complejo que dignifica al hombre lo acercan a filósofos como Chesterton o Heidegger; pero al contrario que estos encuentra la encarnación de estos valores positivos en el mundo hispano.

La vocación universal de éste no es caprichosa. Las naciones no surgen por la voluntad, sino por una serie de circunstancias históricas que configuran una nación o a un grupo de naciones en torno a una serie de conceptos. Si lo esencial del catolicismo hispano es la universalidad, las naciones que lo componen comparten una cultura que es compartida e ineludible. Prueba de la fuerza de esta tesis son los esfuerzos de los nacionalismos periféricos por dar una versión de la historia que justifique una supuesta singularidad.

– Vida y muerte –

Fue Zacarías de Vizcarra quien propuso el término ‘hispanidad’ para designar las esencias compartidas por las personas y las naciones de lo que habían formado parte del Imperio Español. Como concepto ideológico, enfatizaba el catolicismo, la monarquía y la igualdad racial desde una concepción teológica. Ramiro de Maeztu, a través de la revista Acción Española, fue el encargado de propagarlo, y con éxito, a pesar de haberse enfrentado a cierto ostracismo a causa de su defensa de la dictadura de Primo de Rivera. Defensa de la Hispanidad recogió sus escritos en la revista, que explican con un estilo heterodoxo, accesible y erudito las bases del concepto de la hispanidad en forma de alegato.

Llegó su éxito el 13 de octubre de 1934, mismo día en que los revolucionarios asturianos destruyeron las aulas, los archivos y la biblioteca de la Universidad de Oviedo. El arzobispo Gomá se refería al concepto de la hispanidad y a Maeztu, quien recibió las palabras del prelado con regocijo. Pero los hechos de Asturias, de los que tuvo noticia después, le llevaron a profetizar con insistencia su propia muerte de forma violenta.

Fue asesinado el 29 de octubre de 1936 junto con Ramiro Ledesma Ramos por milicianos del Frente Popular. Su alegato a favor de la hispanidad quedará quizá como su obra más perdurable por su exhaustividad, relevancia y vigencia.

El camino de Roma de Hilaire Belloc – La Gaceta

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“Partiré de este lugar donde, por mis pecados, serví bajo las armas; haré a pie todo el camino y jamás utilizaré máquina alguna que ande sobre ruedas; dormiré al raso y recorreré treinta millas al día; oiré misa todas las mañanas y estaré en la Misa Mayor que se oficie en San Pedro el día de San Pedro y San Pablo”. Así comienza la peregrinación de Hilaire Belloc que le lleva desde la Alsacia hasta Roma. Por el camino, Belloc quebranta uno a uno todos sus votos, pero el lector de esta juguetona crónica sabrá perdonarle.
Es Belloc un peregrino abierto a las experiencias, enemigo de la queja y proclive a la conversación y al disfrute. Imposible no contagiarse de su entusiasmo por la arquitectura, la gastronomía y la naturaleza. El texto, como su nombre indica, sólo se centra en el camino, pero la diversidad de aventuras colmarán al lector que quiera compartir la hazaña de recorrer Europa a pie a principios del siglo XX.
Con un marcado estilo periodístico, El camino de Roma comparte vivencias de manera generosa: anécdotas, conversaciones y hasta dibujos. Así, nos formamos una idea clara de la arrolladora personalidad de Belloc, que incluso participa con un lector imaginario (aunque ligeramente irritante) en estrafalarias conversaciones que recuerdan más a Tristram Shandy que a los contenidos reportajes de un peregrino piadoso. Y es que Belloc es un caminante alegre, que vive los paisajes y las experiencias como un milagro y no como simple medio para alcanzar una meta. Disfruta y nos hace disfrutar con las cosas sencillas; con las vías y bosques que marcan su recorrido.
Éste combina momentos de placidez con otros de verdadero peligro, como en el fallido cruce de los Alpes. Belloc describe evocadoramente cada uno de estos instantes, y su natural curiosidad y tendencia a la charla con cualquiera que se le cruce en el camino nos acerca a sus vivencias y nos da la sensación, al llegar a Roma, de haber realizado con él la peregrinación.
La sencillez y la erudición de este volumen despertarán en quien no haya leído antes a Belloc el deseo de examinar su prosa más a fondo, y quien ya sea un habitual de su obra quedará satisfecho tras la exploración de este camino con un magnífico acompañante, que quebranta sus votos por causa de fuerza mayor pero cumple un objetivo más importante: avivar en sus lectores el fervor del peregrino.

Written by pursewarden

octubre 19, 2011 at 7:02 am

Agapito Maestre: una forma de pensar – Revista de Letras

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Sostiene Agapito Maestre que en ningún lugar se ha entendido e interiorizado la obra de Nietzsche como en Hispanoamérica. Si, como dice Nicolás Gómez Dávila, los grandes filósofos no nos enseñan qué debemos pensar, sino cómo debemos hacerlo, Nietzsche nos ofrece un enfoque metodológico que recupera inspirado por los presocráticos. Si estos exigían una explicación del universo para extraer de ella conclusiones morales pero sin depender de una demostración científica (como haría por ejemplo Demócrito con el átomo), Nietzsche encarna para Maestre la idea de que “no hay cultura, civilización, pensamiento al margen de la vida. Todos tenemos que personalizar la moral y el arte (…)”. No trabaja el filósofo alemán siguiendo un método científico, sino que explica las cosas como necesidad. Y son necesidad porque lo contrario es inhibirse de la vida. Si bien esta afirmación de la vida no obedece al método científico – por lo que se considera irracional – su defensa sí requiere “reflexión, drama, tragedia, escritura y procedimiento”. Así, en Hispanoamérica han sido muchos quienes han tratado de “captar y proseguir esa sutilísima verdad de Nietzsche: la cultura sin vida no es nada.”
Quizá sea por eso que los libros de Maestre, todos ellos, eluden caer en las trampas de cierta filosofía formal, en su excesiva búsqueda de la categoría y la jerga (a veces incomprensible, como en los conocidos casos de Judith Butler o Homi Bhabha). Tanto las Meditaciones de Hispano-América como el Viaje a los ínferos son textos a la vez profundos y accesibles. El primero podría ser una conversación y el segundo una narración, conectados ambos por la idea de la ida y la vuelta, como los cantes que se traían los flamencos de América. Son creaciones sin principio ni final, que cuentan con mil antecedentes – ¡el pensamiento hispanoamericano, nada menos! – y dejan abierto el campo para la discusión, para más libros, más reflexión. No sólo por parte de Maestre, sino también, gracias a su accesibilidad, a cuenta de cualquiera. Gusta el filósofo de citar obras y sugerir ideas que piden a gritos lectores que las desarrollen. Sirva de ejemplo esta observación acerca de la mencionada influencia de Nietzsche en nuestra cultura: “desde que, en 1902, Azorín publicara su obra maestra, La voluntad, hasta los cientos de estudios que hoy se dedican a Nietzsche en nuestras universidades y revistas culturales, pasando por los ensayos de Ortega, Zambrano, Felipe González Vicén o Savater sobre algún aspecto de la obra de Nietzsche, muy pocos son los filósofos o profesionales de la filosofía que no hayan visitado el texto nietzscheano, desde Alfonso Reyes hasta Octavio Paz, pasando por Borges, Gaos, Xiray y García Bacca, pocos son los ensayistas, poetas, narradores o filósofos iberoamericanos que no se hayan detenido en el creador de Así habló Zaratustra.”
Maestre viene a ser heredero de esta tradición en lengua española que “frente al positivismo dogmático, ha logrado que la poesía, la escritura sutil del alma, sea el último reflejo de la ansiada y verdadera geometría de los más elegantes antiplatónicos de todos los tiempos.” Y condensa esta idea tan propia de nuestra cultura con una frase lapidaria: “Escribir es vivir”. No estamos ante un filósofo que elabore complicados sistemas de pensamiento, sino ante uno que acude al ágora y habla con quienes se cruzan en su camino. Estos pueden ser gente de la calle, taxistas o libreros, o pueden ser creadores como José Luís Garci, Jorge Santayana o Sor Juana Inés de la Cruz, ante cuya obra Maestre no trata de elaborar una exégesis unidireccional sino que entabla fructíferos diálogos acerca de los más variados temas.
Incómodo ante el encasillamiento del género, porque habla de literatura y política, por ejemplo, como si fueran una misma cosa, los ensayos de Maestre no pueden englobarse bajo un epígrafe: resulta por ello mucho más exacto tratarlos de conversaciones o narraciones, como hacíamos más arriba. De ahí que la cosa política sea para él “más un sentimiento que una idea, [una] reflexión, a todas luces tentativa e inconclusa, (…) la democracia considerada como método resulta insustituible para actualizar nuestra quebrada libertad”. Una libertad que permite precisamente esta mescolanza de ideas, que posibilitan que la conversación, la escritura, la emisión de un voto – cristalicen en exactamente lo mismo: la experiencia vital. Una vida en comunidad, de encuentros y discrepancias que, como sus textos, nunca terminan sino que abren más caminos por los que el lector puede transitar libremente.
El Viaje a los Ínferos es una narración que nos lleva de Méjico hasta Cuba pasando por Venezuela, y en ella se entremezclan las experiencias de Maestre con las ideas que éstas le sugieren. Las Meditaciones de Hispano-América son el examen al que somete Maestre a un gran número de pensadores y creadores que él entiende que han configurado la hispanidad, de Menéndez Pelayo a Buñuel, de Goya a Pérez Galdós, pasando por muy especialmente Ortega y sus discípulos. Ambos textos se complementan y ante todo buscan ese diálogo que siga estructurando la idea de hispanidad, un tema a la vez particular y universal. Como dice Cioran, los filósofos españoles examinan España como problema propio, “una paradoja que les atañe íntimamente”. En la tensión entre lo íntimo y lo público germina esa filosofía que exigía Nietzsche, recogió Ortega y culminó Zambrano. Entre el narrador y su entorno nacen estas obras que son filosofía, es decir, vida.


AGAPITO MAESTRE: VIAJE A LOS ÍNFEROS. Holo (Madrid), 2011.
AGAPITO MAESTRE: MEDITACIONES DE HISPANO-AMÉRICA. Escolar y Mayo (Madrid), 2010.

Agustín de Foxá y la tauromaquia, en Burladero

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Hablemos de un libro extraordinario, y que como tal, no se puede encontrar en España salvo en librerías de viejo y portales de Internet como Todocolección o Iberlibro que permiten al coleccionista hacerse con algunas joyas fuera de los circuitos habituales. Se trata de un libro que describe así una tormenta:  “Ha estallado la tempestad; los relámpagos hacen instantáneas del paisaje; cerros y picachos aparecen de color violeta en las desgarraduras de la noche, como la entrañas de un caballo en una antigua corrida.” Su autor, Agustín de Foxá, es uno de los mejores prosistas españoles del siglo pasado, pero apenas se le estudia en el colegio y las universidades; puede que por falangista o porque quienes diseñan el plan de estudios de nuestra juventud son poco amigos de la lectura. Gracias a ellos, las víctimas de la LOGSE y posteriores descubrimos textos como éste fuera de las aulas, por ejemplo, de la manera que voy a relatar.

Juan Soto Ivars, un escritor de primera, anunció en una cena familiar que iba a dedicarse a eso precisamente, a ser un escritor de primera. Bueno, lo de que sea de primera es un añadido mío, él se conformó con anunciar que iba para escritor. Su abuelo, un hombre sobre el que narra las más desmesuradas anécdotas (que no le quitaré el gusto de publicar primero), decidió hacerle un regalo para conmemorar la ocasión. Se trataba de un antiguo ejemplar de Por la Otra Orilla, que narra el viaje que hizo Foxá por las Américas desde Argentina hasta los Estados Unidos. Juan tuvo el libro en su poder durante unos años hasta que decidió prestármelo. Craso error. Tras leerlo, se lo di a otro escritor de primera, Gabriel Sofer. La copia seguirá pululando porque para ellos, como para mí, la maestría de Foxá es evidente.

¿Pero qué sentido tiene reivindicar un libro de crónicas en un portal taurino, por bueno que éste sea (el portal y el libro)? La razón es que se me ha quedado grabada una frase que debe dar algo de esperanza al aficionado ante la fiebre prohibicionista que asola España. Avisa Foxá que “Varias veces han estado a punto de desaparecer nuestras corridas de toros ante la sanción internacional desencadenada, tenazmente, por los anglosajones y entre gritos lastimosos de las sociedades protectoras de animales.” Estamos ante un texto de principios de los años 60. Y acudir a las hemerotecas será suficiente para ver cómo la fiesta, desde que existe, ha estado asolada por melindrosos de todo tipo. Foxá, como la fiesta, vive horas bajas. Se le edita poco (aunque algunos sí se atreven) y se le lee menos. Andar ‘descubriendo’ un libro así a estas alturas no deja de ser desolador. Pero las manifestaciones culturales serias y brillantes permanecen, a pesar de los bienpensantes. El silencio es la censura de nuestro tiempo, pero frente a él no sirven los gritos sino la razón.

Se ignora por moda pero las modas van y vuelven. Quedan, afortunadamente, textos como Por la Otra Orilla, donde más allá de esta breve reflexión, encontraremos en una serie de anécdotas e ideas que harán las delicias del aficionado, como cuando acude Foxá a La Méjico, plaza de toros con mayor aforo del mundo. “Sobre esta plaza me contó el Arzobispo de Méjico que, habiendo bendecido uno por uno sus tendidos, habíale dicho a Manolete, ‘he dado la vuelta al ruedo antes que usted’. (…) También narró Manolete (…) que como le preguntara un periodista mejicano que por qué toreaba tan serio, había respondido: ‘más serio está el toro’.”

Conjugando el sentido del humor hispano y una capacidad de análisis reservada a unos pocos, avanza Foxá por un viaje lleno de trazas de nuestro país, en el que sobreviven nuestras costumbres, como la tauromaquia, pero con un matiz diferente. “Méjico es tan español, que muchos mejicanos critican a España”, pero a ambos lados del Atlántico se nos hiela la sangre con un muletazo de Manolete.

Por fortuna para Juan, cuidamos su magullada copia de Por la Otra Orilla con cuidado quirúrgico, conscientes de su valor. Algunos amigos han conseguido comprar una copia por Internet. Ojalá otros consigan hacer lo propio hasta que alguna editorial valiente se atreva a reeditar a un autor que muestra toda su agudeza y capacidad de polémica en su definición de la tauromaquia, “el espectáculo de un pueblo religioso acostumbrado por su sangre a pasearse con toda naturalidad entre el más acá y el Más Allá”.

Tratado de la Vida Elegante de Honoré de Balzac en Libertad Digital

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Como sabe cualquier francés, un tratado de estética no es sino un permisivo decálogo de ética, una rama tan veleidosa como necesaria de ésta. Dice Balzac que “al dictar las leyes de elegancia, la moda abarca todas las artes”. Como buen cristiano, no concibe contenido válido sin un digno continente.

Abre el Tratado de la vida elegante con una división en tres de los oficios del hombre. Primeramente está aquel que trabaja, representante de la vida ocupada; el hombre que piensa, paladín de la vida del artista; y el hombre que no hace nada, protagonista del ensayo y heraldo de la vida elegante.

Si, como dice Laurence Sterne, las ideas que concibe un hombre afeitado no son las mismas que alumbra un hombre barbudo, el hombre elegante debe colocarse, por utilizar los términos de Aranguren, en el talante adecuado. Este talante o estado de ánimo conducen, no a la creación (tarea del artista), sino al arte de animar el descanso, a la perfección de la vida exterior.

Esta ciencia de los modales es la que hace y deshace sociedades, y no es un tema a ser tratado demasiado a la ligera. En efecto, a pesar de la impresión que pueda llevarse el lector en primera instancia, el Tratado de la vida elegante es un escrito contra el dandismo.

“La vida elegante no excluye el pensamiento ni la ciencia, más bien las consagra”.

El dandi, en cambio, es un ser radicalmente no-pensante. El error que lleva a convertir el texto en un tratado exclusivamente acerca del continente es el mismo que ha llevado a París a convertirse en una ciudad donde ya no sucede nada, salvo que Woody Allen saca una serie de postales de lugares y personas para hacerlo pasar por película. Un muerto al que le crecen el pelo y las uñas: ciudades-dandi son París o Barcelona, triunfos del continente en los que el contenido ha tiempo que se agotó.

Así, no es cierto que ‘el hombre que no hace nada’ no haga, estrictamente, nada. Su ociosidad trae consigo una gran responsabilidad, y no disfruta de la elegancia sólo para pasearla por los salones, que también, sino que

“El tiempo, el dinero y el talento le garantizan el monopolio del mando.”

Balzac, un monárquico que ha heredado del siglo XVIII la confianza en el progreso, celebra que la inteligencia, “eje de nuestra civilización”, sustituya a la fuerza, y confía en un mañana aún mejor:

“La aristocracia y la burguesía pondrán en común, la primera, sus tradiciones de elegancia, buen gusto y alta política; la segunda sus prodigiosas conquistas en las artes y las ciencias. Después, las dos, guiando al pueblo, lo conducirán por una vía de civilización y de luz”.

Más allá de constatar el triste hecho de que los derroteros de la política hayan sido otros, en los que dudamos de que los más capaces sean quienes acceden a puestos públicos de responsabilidad, basten estos ejemplos para probar que la vida elegante es un estar en el mundo, mientras que el dandismo es una evasión. Si el verdadero aristócrata es elegante por naturaleza, el dandi trata de serlo gracias al estudio de una existencia que no es la suya. Es un burgués que preferiría no serlo.

Cierra el ensayo Balzac reflexionando que la indumentaria es la expresión misma de la sociedad, una afirmación que prueba examinando el pasado y que puede llevarnos a sacar interesantes conclusiones del presente, cuando la uniformización del capitalismo-proletario lleva a los ricos y a los pobres a vestir de la misma manera; a Rosalía Mera y a Willy Toledo gritar juntos: ¡Democracia Real Ya!

“Ya sea en el pie, en el busto, en la cabeza, siempre encontraremos, formulándose bajo alguna parte de la indumentaria, un progreso social, un sistema retrógrado o algún tipo de lucha encarnizada”.

El Tratado de la vida elegante, con su mezcla de reflexión y aforismo, es un texto que ofrece mucho más de lo que promete. Balzac juega en la frontera entre la filosofía y la frivolité como sólo saben hacerlo algunos maestros, y que este tratado haya sido calificado por algunos de mero divertimento evidentemente no denota incapacidad del autor para escribir, sino del crítico para leer. Descúbralo el lector por sí mismo.

A 40 kms del Pacífico y 30 de Charles Chaplin de Jardiel Poncela, en Libertad Digital

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Contratado por la Fox, Enrique Jardiel Poncela (o Ponsella, como se resignó a que le llamaran) acudió en los años treinta a Hollywood para trabajar de guionista. A 40 kms del Pacífico y 30 de Charles Chaplin – Los Ángeles, para que nos entendamos – es la crónica del genial escritor español acerca de su viaje a los EEUU.

Jardiel aprovecha el viaje a California para hablar de las estrellas – las cósmicas – con guapas señoritas, escribir poesía, maravillarse ante la profusión de automóviles en los Estados Unidos (uno por cada séis habitantes. A principios de los 60, cuando Foxá se pasea por la otra orilla, hace la misma observación: entonces los norteamericanos salen a coche por tres habitantes) y disfrutar de innumerables fiestas que acaban muy pronto por la mañana. De todo, menos aprender inglés. Y es que no hay frase en este idioma que esté correctamente escrita en el libro, incluyendo el prólogo de su hija, que consigue cometer faltas en la traducción de dos de tres novelas de su padre.

Perdonando estos detalles, que a alguno podrán descentrar, la edición es divertida, llena de fotografías, recortes y dibujos; y con esa escritura jardeliana que no comete ese contemporáneo error de confundir ingenio con falta de hondura.

“Un tren atraviesa de pronto una calle. ¿No mata a nadie? Sí; todos los días mata a ocho o diez personas; pero, pasando ese tren por en medio de la ciudad, las verduras llegan cinco minutos antes.”

Ecos de escritores que en España apenas existen y que desde luego no se leen. De Mihura, de Edgar Neville, de Wenceslao Fernández Flórez… Sólo Jardiel parece estar recibiendo la atención editorial que merece, y al menos por eso hay que congratularse.

Centrándonos en el viaje, la aventura de Jardiel le lleva por París, El Havre, un transatlántico, Nueva York y Chicago, antes de llegar a California. En la travesía, Jardiel nos informa de que

“Miss Joërgen me dice que su marido ‘no la comprende’.
(Esto significa que le va a engañar en cuanto pueda).
Pero el marido no deja ni a sol ni a sombra a su mujer.
(Lo que significa que, en realidad, ‘la comprende’ perfectamente).”

Ya en los Estados Unidos, nos ofrece una mirada sincera, como de paleto consciente de serlo, capaz de ver en los estadounidenses tanto su energía como su ingenuidad. Nos dibuja Nueva York, “la ciudad menos parecida a Madrid que más se parece a Madrid”, con una mezcla de admiración e indiferencia, como el que lee la noticia de un avión de pasajeros supersónico y tiene el buen gusto de no emocionarse demasiado.

La evocación que hace del Hollywood de los años treinta no es, desde luego, paradigmática. Al contrario, la prosa es puro Jardiel, y el libro está mucho más indicado para los admiradores de su escritura que para alguien interesado en la época y el lugar, a quien podría gustar más Some Time in the Sun, la biografía que escribe Tom Dardis acerca de la inmersión de grandes escritores – Fitzgerald, Faulkner, Nathanael West – en el mundo del cine. A 40 kms del Pacífico y 30 de Charles Chaplin contiene observaciones geniales acerca de aspectos muy concretos de la experiencia hollywoodiense, sobre todo de la colonia española que allí hizo su aparición y que luego se pasaría por los estudios Joinville de París, antecediendo a la pléyade de artistas del celuloide que hoy en día cruzan el charco.

Se agradece esta visión particular, pues cuanto más universales son las observaciones de Jardiel, menos interesantes nos parecen por ser lugares comunes. Creador de un universo propio que se ríe del nuestro, siempre nos quedaremos con sus anuncios inventados, imposibles de ver en nuestro mundo pero que no existirían sin él.

“Tacos de billar automáticos: para ser campeón usted no necesita saber jugar.

Thompson, la mejor ametralladora para casos de huelga.

Por cuatro dólares sabrá usted el día y la hora de su muerte: garantizamos puntualidad.”

Y así, jugando en la frontera entre lo casi real y lo demasiado real, se nos muestra un autor que no por sus extravagantes burlas está hablando de entes ficticios: se ríe de nosotros.

Diálogos españoles del Renacimiento, en Libertad Digital

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La Biblioteca de Literatura Universal, dirigida por Luis Alberto de Cuenca, ha editado junto con la editorial Almuzara una antología de once autores españoles del Renacimiento entre los que encontramos a Alfonso de Valdés, Cristóbal de Villalón, Hernán Pérez de Oliva, Francisco de Sosa o Pedro de Mercado.


Los autores de diálogos combinan el respeto por las ideas clásicas con las preocupaciones propias del Renacimiento español. En concreto, una gran cantidad de estos escritores son erasmistas. Menéndez Pelayo incluso dedica un capítulo entero a Alfonso de Valdés en su repaso a erasmistas y protestantes de la Historia de los heterodoxos españoles. Hay que preguntarse, sin embargo, si hay alguna razón para leer estos textos hoy en día o si su lectura se queda en un ejercicio de erudición.
Afortunadamente, la vigencia de estos diálogos es plena, especialmente para aquellos lectores que busquen puntos de vista enfrentados a las imposiciones del pensamiento posmoderno.

Por sus características (la necesidad de convencer al contrario, de defender una opinión frente a otra) el diálogo renacentista se aleja al máximo del relativismo posmoderno, y exige un rigor del que autores como Adrienne Rich, Barbara Smith o Jacques Derrida carecen. El diálogo tiende a definir conceptos e ideas compartidas, llegando a sus últimas consecuencias en un marco común, mientras que Rich, Smith o Derrida inventan una problemática o unos términos propios que solucionan utilizando las mismas condiciones que han creado ellos. Un ejercicio esotérico, según el cual sólo los iniciados pueden penetrar en el mundo creado para acomodar las teorías de estos autores. Todo lo contrario que el diálogo, cuya intención didáctica acerca al lector en lugar de alejarlo.
Los autores renacentistas están reaccionando ante cierta escolástica, sobre todo de raíz aristotélico-tomista, para la que etiquetar y categorizar es parte central de su pensamiento. Por ello es que los diálogos son tan accesibles, sobre todo si la comparamos a esas clasificaciones tan sui generis de Derrida. Como dice Ana Vián en su excelente introducción:
“Pero al margen de la forma argumentativa que un diálogo adopte, pedagógica o erística, siempre será didáctico, pues la enseñanza es consustancial a un género de ideas, en el periodo medieval y en cualquier otro. La forma argumentativa ayudará a estructurar el tema – de modo diferente en cada caso -, y la impersonación añadirá siempre el factor de amenidad y suavidad en la transmisión de la enseñanza que otros géneros no tienen – o sólo en menos grado -, por lo que el diálogo tendrá una difusión potencial siempre más amplia que la estrecha guarida de los lectores más especializados.”
También resultan los diálogos un bálsamo en su trabajo de buscar lo universal ante la obsesión posmoderna por la excepción, a centrar su trabajo en identidades, acciones o temas extremadamente minoritarios. Tal es el caso de la propia Barbara Smith o de Judith Butler, que a menudo apoyan sus argumentos en casos marginales, y que crean sus argumentos para colectivos (lesbianismo-negro-feminista) a los que no sólo pertenece un número reducido de personas, sino que argumentan sólo para esas personas. Los diálogos renacentistas tratan de problemas que conciernen a todo el mundo conocido en ese momento desde una perspectiva internacionalista, bebiendo de griegos, latinos, franceses u holandeses.
Finalmente, los diálogos renacentistas tratan de definir lo real, lo que es, frente a los filósofos de la duda, de Nietzsche a Foucault, cuyo pensamiento se basa en la crítica pero que a pesar de sus propias afirmaciones, no ofrecen una salida a su propia crítica, una respuesta esperanzadora. En palabras del filósofo Juan Bautista Fuentes:
“De aquí que, en efecto, la obra de Nietzsche, que se ha querido presentar a sí misma como afirmación jubilosa de la vida definitivamente superadora del idealismo desencarnado, haya quedado sin embargo a la postre penetrada de principio a fin por la sospecha y la desconfianza, así como por una suerte de arrogancia desesperada carcomida por la angustia (…)”
Los diálogos están escritos en un contexto de cambio optimista y de afirmación del hombre y de su historia. Lo clásico – autores como Cicerón, Luciano de Samosata, Aristóteles, Boecio o Agricola – se examina para construir sobre él un nuevo mañana, no de forma rupturista; siguiendo el modelo de Erasmo frente al de Lutero.
Más allá del valor teórico, los textos que nos encontramos no son sólo amenos, sino que hay verdaderas obras maestras entre ellos, como El diálogo de la dignidad del hombre, de Hernán Pérez de Oliva. Tenemos aquí un tema filosófico típico del Renacimiento, tratado con profundidad y una prosa que se escapa de la pura utilidad, buscando la belleza dentro del estilo renacentista. Destacan también el Diálogo de Mercurio y Carón de Alfonso de Valdés, el Coloquio de la moxca y de la hormiga de Juan de Jarava o los diálogos de Pedro de Mercado, aunque el nivel es generalmente excelente. Predomina en estos autores una mirada irónica, sensible y valiente.
La edición de Ana Vian, que cubre más de 150 años años (de 1469, boda de los Reyes Católicos, a 1621, muerte de Felipe III) y que cuenta con casi 1.500 páginas, es una labor titánica donde cada antólogo ha tenido libertad para proponer notas como mejor le ha parecido. El resultado es un trabajo menos unificado y más irregular que en otras propuestas similares (como podría serlo una antología Norton, cuyas reglas son muy estrictas) pero quizá más interesante, donde podemos encontrar una gran variedad de planteamientos.
La Fundación BLU y Almuzara añaden este volumen a su lista de colaboraciones, entre las que encontramos su trabajo sobre moralistas franceses, la Introducción a la Historia Universal de Ibn Jaldún, Viajes y crónicas de China en los siglos de oro o las obras completas de Goethe, Shakespeare y Camoens. Una colección para bibliófilos que siempre merece la pena revisar, especialmente en aquellas obras que, como ésta, podemos descubrir a autores cuyo trabajo no es del dominio público, y que nos ofrecen, como en este caso, un pensamiento que encuentra en el pasado las claves para el futuro.

 

Fuente: Libertad Digital