Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

Prólogo de Pitcairn, por Juan Soto Ivars

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El abuelo de Alejandro García Ingrisano fue uno de los primeros aviadores estadounidenses y descubrió por qué morían los pilotos al alcanzar cierta altura con aquellas escobas voladoras aparatosas. Hoy comienza la carrera literaria de un escritor que contará ésta y muchas otras historias a lo largo de su obra.

 

Ya la primera vez que lo vi supe que ese personaje estrambótico era un escritor, pero no que me encontraba frente al que sería un gran amigo. ¿Cómo se puede descubrir a un escritor a primera vista? Sencillo: él estaba rematadamente borracho entre los asistentes a un congreso sobre escritores traidores en Alemania, tenía diecinueve años mal cumplidos y vegetaba en un sofá de tamaño geológico. Estaba hablando solo pero lo hacía en mi idioma, así que me acerqué un poco. Escuché: un tipo con aspecto de snob se me está acercando. Me quedé estupefacto y oí: me mira con cara de imbécil. Hice un gesto con la mano, que rápidamente fue descrito por el borracho. Decidí largarme, y el narrador apuntó rápidamente mi quiebro. Observándolo desde la distancia me di cuenta de que narraba todo cuanto le pasaba por delante, ejercicio bastante habitual entre sus manías, que son muchas y suelen divertir a quien las descubre. Pensé que no volvería a verlo, pero la vida da muchas vueltas.

 

Un tiempo después manteníamos una intensa correspondencia manuscrita y yo dirigía una gacetilla universitaria. Le propuse participar y Alejandro, que sobrevivía comiendo patatas para pagarse los carísimos calcetines de rombos que serán, imagino, una constante en su vida y en su literatura, me envió un artículo erudito y muy denso sobre Frank Zappa. Estaba escrito a mano porque el autor no podía soñar con pagarse un ordenador.

 

De aquella revista apenas conservo otro recuerdo que el de la tarde de trascripción con la que tuve que cargar mientras la necesidad de seguir leyendo se hacía más y más grande.

 

La vida de Alejandro en Berlín era misteriosa. Había abandonado la carrera de Historia del Arte en Madrid antes de terminar su primer curso, metió en la maleta alguna ropa de etiqueta (que compraba entonces en mercadillos de segunda mano) y se fue para allá. Desde el congreso de literatura a mi viaje a Berlín, ya con la amistad epistolar edificada, se extiende un periodo cuya reconstrucción resulta totalmente infructuosa: he perdido muchas de aquellas cartas, y en muchas otras no había más que fantaseos, ideas dispersas, listas interminables de las composiciones que escuchaba (Ligeti, por alguna razón que todavía no comprendo) y algunas propuestas, como la de compartir piso cuando él regresara a España. De tanto en cuando, una noticia sobre sus progresos con una novela que finalmente descartaría por enloquecida.

 

Pero toda aquella vida de mendigo elegante de Alejandro en Berlín sí cristalizaría en una novela, y la prueba es este libro que usted sostiene entre las manos y que es, a partes iguales, la causa de mi admiración y de una envidia incontrolable.

 

Una novela sobre todo aquello que Alejandro imaginaba que podía ser la vida mientras las patatas y el tabaco escaseaban. Una historia de personajes originales y distinguidos que se ven obligados a abandonar su apacible dolce far niente y correr por el mundo huyendo de un dictador, profundizando entretanto en sus relaciones gentiles y al mismo tiempo traicioneras.

 

Insólita. Así es esta novela en España. Así entre las primeras novelas de los escritores. Insólita por la madurez, por la estructura (creo que acabo de entender por qué escuchaba a Ligeti) y por el carisma de sus personajes. Por la potencia de la voz de un narrador que sabe mucho más de lo que dice y diserta sin cuidado sobre lo que sabe. Porque la originalidad en ningún momento se come al sentido del texto, porque no está disfrazado y está lleno de máscaras. Porque se puede leer de nuevo, impulso natural cada vez que la memoria rescata algún fragmento.

 

Para mí es mucho mejor la publicación de esta novela que la de mis propios textos literarios, y sospecho que para la literatura española va a ser una alegría inesperada y duradera. La botella con la que se inaugura la nave literaria de Alejandro contiene el mismo champán que beben sus protagonistas: el más caro del mundo. El más exquisito.

 

Juan Soto Ivars, Reikjavik, verano de 2011

 

 

Prólogo a mi novela Pitcairn, editada en El Olivo Azul

Written by pursewarden

noviembre 2, 2011 a 9:41 am

Una respuesta

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  1. […] Soto Ivars y yo nos conocimos de manera delirante, compartimos piso en Madrid cuando dábamos nuestros primeros pasos en prensa y literatura y […]


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