Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

Mi madre es un pez, en Libertad Digital

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Hace unos años nació el Proyecto Yoknapatawpha, el esfuerzo de un puñado de jóvenes escritores por dar a conocer su trabajo homenajeando la tierra imaginada por William Faulkner. De ahí salió Sobre tierra plana, una colección de relatos publicada por la editorial Gens. La escasa repercusión del volumen, en el que participé, selló la muerte de aquél proyecto. O casi.–

Quedó la amistad entre uno de los escritores, Juan Soto Ivars, y el editor de Gens, Sergi Bellver. Cuando Bellver cambió de aires, traficando sus talentos en diversos proyectos personales (uno de los blogs literarios más exitosos del mundo hispano) y editoriales (Chéjov comentado, ed. Nevsky Prospects); los dos comenzaron a maquinar otro proyecto similar al de Sobre tierra plana. Si en éste el tema central era el del viaje, ahora la cosa gira en torno a la familia. El título del volumen hace alusión a un capítulo de Mientras agonizo, la obra más ambiciosa de Faulkner.

Hasta ahí las coincidencias. Si en Sobre tierra plana todos los autores teníamos una edad similar, Mi madre es un pez, editada por Libros del Silencio, cuenta con escritores de todas las edades, desde Eduardo Mendoza (1943) hasta Aixa de la Cruz (1988), aunque domina en él la generación de los 70. El volumen anterior, del que no repite nadie, fue una apuesta de Bellver por autores entonces noveles, pero el presente es la crème de la crème de la narrativa española, incluyendo no sólo al citado Mendoza, uno de los grandes de las letras de nuestro país, sino a cuatro de los escritores españoles más interesantes a día de hoy: Gabriel Sofer, Jon Bilbao, Alberto Olmos y Matías Candeira.

No decepcionan estos. Mendoza participa con un evocador relato acerca de una familia con Barcelona de fondo. Sofer nos sumerge en el mundo de José Faroles, un extravagante personaje andaluz del que quizá tengamos más noticias en el futuro: el relato dice estar sacado de un trabajo más extenso, y esperamos que así sea. Jon Bilbao, al igual que en sus novelas, consigue adentrarnos en un mundo donde lo extraño no es enemigo de lo creíble, y unos personajes magnéticos asisten a un pequeño evento que da lugar a la trama del relato. Candeira nos regala un cuento de ciencia ficción denso y misterioso, en el que confirma su maestría en el género. Quizá Olmos, cuyo trabajo aquí es correcto, pero más rutinario de lo que nos acostumbra, nos deja por esta vez con ganas de más.

Son estos los cuentos indispensables de la antología, junto con los de otros tres escritores a los que yo no había leído (a pesar de no ser noveles): Paula Cifuentes, Paula Lapido y Camilo de Ory. Cifuentes, conocida por su faceta novelística a pesar de su juventud, ha escrito un relato inquietante y juvenil. Se nota su implicación en lo narrado y se agradece. El sencillo cuento de Lapido es sin duda el más conmovedor de la colección. Camilo de Ory ha aportado una narración de una excentricidad subyacente, memorable.

Hay unos cuantos buenos relatos más. Rodrigo Fresán ha escrito un cuento muy en su línea posmoderna, que gustará a quienes gusten de la narrativa de Fresán. Jordi Soler y Ricardo Menéndez Salmón han contribuído dos cuentos excelentes, muy breves y que dejan con ganas de explorar más su trabajo. Contrasta el compromiso de Katya Adaui con el relato de Aixa de la Cruz, la benjamín de Mi madre es un pez, quien ofrece un planteamiento muy interesante que acaba perdiéndose en imposturas. Sin embargo, promete.

Así, valen la pena, mucho o bastante, una cantidad considerable de los relatos, lo cual avala la labor de los antólogos, cuyo trabajo resiste su propia ambición, que no es pequeña. Nada menos que 33 escritores hacen acto de presencia en Mi madre es un pez, un número algo excesivo pero que hubiese quedado equilibrado con la presencia de más autores nacidos entre los años 40 y 60. No me cabe duda de que más de uno de los nombres que en unos años se conviertan en habituales de las letras españolas habrán aparecido en esta antología. El tiempo confirmará el olfato de Soto Ivars y de Bellver, pero hasta que llegue ese momento, quien quiera ir haciéndose una idea de cuáles serán esos nombres harían bien en pasarse por las páginas de Mi madre es un pez, un trabajo que por extensión no podía sino ser imperfecto, pero cuyos errores no son óbice para que se convierta en referencia de la narrativa española actual.

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