Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

50 razones para defender las corridas de toros, de Francis Wolff – Burladero

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Circulaba a las puertas de la Monumental de Barcelona, junto con las recogidas de firmas contra la prohibición y los ‘antis’ dando el espectáculo en pelotas, un librito en francés escrito por el filósofo Francis Wolff. Se llamaba 50 raisons de défendre la corrida y alguna gente lo vendía, no sé si con permisos oficiales o con las taurinas artimañas del reventa. Cuando parecía que los interesados lo íbamos a leer en edición francesa o mediante traducción googlera – ríase usted de los del PCE en la dictadura – llega la editorial Almuzara y publica una edición a bajo coste (5€) y con una buena traducción. ¡Loados sean!

Wolff, que se foguea en las universidades más prestigiosas de Europa (a saber: La école normale supérieure, la París X y Oxford) defiende la tauromaquia de manera rigurosa, explicando por qué las teorías animalistas son falsas y proporcionando argumentos a favor de la pervivencia de la fiesta taurina. En esta época relativista, existen pocos actos más escandalosos que calificar algo de falso, pero Wolff demuestra sin exaltación que los Mosterín y la tropa sin ropa no es que tengan una opinión distinta (igual de respetable y todo eso), es que están en el error. Baste leer cualquier texto o ver las apariciones televisivas del susodicho filósofo para, libro de Wolff en mano, desmontar una a una todas sus conjeturas. Como dice Wolff:

“Sólo hay un argumento contra las corridas de toros y no es un argumento, es el imperio de algunas sensibilidades.”

No resonará con esta gente los argumentos de que los estudios hechos acerca del dolor del toro en la corrida ha arrojado pruebas en contra de las teorías animalistas, ni que el toro bravo vive mejor que cualquier otra res (y sobre todo, vive acorde con su naturaleza, ya que de todos  los mamíferos, el toro bravo es el único que no rehuye el castigo), ni que la prohibición acabaría con las dehesas, parajes naturales únicos, y con una raza animal entera del que sólo el 6% muere en el ruedo; el mismo 6% que mantiene a toda la especie viva. Es decir, que los argumentos animalistas chocan con los argumentos ecológicos. Repasar los cincuenta argumentos tampoco es tarea de una reseña, pero baste decir que el argumento animalista choca también con el científico, el cultural, el humanista o el ilustrado; y que todos ellos los esgrime Wolff con naturalidad.

Comienza el libro con dos admoniciones:

“¿Le gustan las corridas de toros? ¡Sepa defenderlas!

¿No le gustan las corridas de toros? ¡Sepa comprenderlas!”

Y con esa idea nos quedamos. El libro de Wolff es una contribución a elevar el nivel del debate, y tanto los taurófilos como los escépticos podrán encontrar información y razonamientos suficientes como para poder hablar sin decir tonterías, y asegurarse al menos que las discusiones fuera del parlamento sean inteligentes. Porque, por mucho que se empeñen los animalistas, los hombres somos – deberíamos serlo – distintos al resto de los animales.

Fuente: Burladero

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