Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

El Hombre que fue Jueves de GK Chesterton en Libertad Digital

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En el Londres eduardiano, una liga de hombres, quizá extraordinarios, quizá confusos, luchan por mantener el orden frente al caos. Pero antes, tienen que descubrir quién es el extraño hombre contra el que luchan, y si realmente tiene la capacidad para sumir al mundo en la anarquía. Esta novela encumbró a un joven Chesterton, que unos años después se consolidaría como maestro del género con los libros del Padre Brown.

El Hombre que fue Jueves empieza como un relato de policías y ladrones. Tras el primer encuentro del protagonista con un grupo anarquista, la narración se vuelve más onírica, abriendo interrogantes que desembocan en un final surreal, donde los personajes dan paso a símbolos, acertijos y reflexiones bajo la batuta de un Chesterton tan presente que hasta se materializa en personaje del libro. Lo que comienza siendo un misterio de detectives y sociedades secretas termina convirtiéndose en un rompecabezas metafísico.

Al leer este libro de Chesterton, el lector recordará inevitablemente algún relato de Bioy Casares y sobre todo de Borges: esos mundos que parecen el nuestro, pero contemplados por un observador infinitamente más preciso. Este ojo para lo insólito, para lo milagroso, evoca lo que escribirá Chesterton después sobre la visión de los poetas, para quienes “vivimos en un mundo crepuscular que no sabemos donde termina. (…) Puede haber una zona fronteriza, un mundo que esté más allá del que conocemos, pero del que sólo percibimos vislumbres cuando nos llegan.”

Gracias a una imaginería y un sentido del humor singulares, la novela acaba convertida en un cruce entre P.G. Wodehouse y Lewis Carroll, salteada con divertidos ataques reaccionarios contra el vegetarianismo, el materialismo, el nihilismo y el animalismo (“murió mártir de la fe que tenía en una mezcla higiénica de la cal y del agua, como sustitutivo de la leche, bebida que consideraba como propia de bárbaros, por la crueldad que supone para con las vacas. La crueldad y cuanto de cerca o de lejos se le pareciera, lo ponían fuera de sí”).

Frente a estos valores destructivos, Chesterton contrapone el sentido del honor, el compromiso y la responsabilidad, que impide a los personajes traicionar incluso a sus enemigos más abyectos, planteando en su lugar una lucha noble y difícil. Gabriel Syme, protagonista de la historia, estuvo “rodeado, desde la infancia, por todas las formas de la revolución” y acaba así revolucionando “en nombre de lo único que le quedaba: la cordura”. Son personas así quienes son reclutadas por un misterioso hombre cuyo objetivo es luchar contra un movimiento anarquista que parece más peligroso que el típico “puñado de locos que combinan [sic] el intelectualismo con la ignorancia”.

Chesterton, con maestría, nos lleva a hacernos pequeñas preguntas acerca de la trama que dan lugar a preguntas cada vez más considerables, para en última instancia llevarnos a dudar de la trama en sí, de todos sus componentes. Estamos ante un libro que realmente es un viaje de la forma en la que lo son todos los grandes libros de misterio.

La edición, con un diseño excelente, nos ofrece un brillante prólogo de Felipe Benítez Reyes. Desafortunadamente, la traducción elegida es la de Alfonso Reyes de principios de siglo pasado, que a pesar de su buena reputación es rígida y confusa hasta tal punto que molesta a la lectura. “Sí, necesitamos la palabra ‘lusch’ [sic], que quiere decir ‘jugoso, lozano, fácil de arar’ y que, como usted sabe, se aplica al pasto”. Aparte de la falta de ortografía, ¿no hubiera resultado mejor una nota al pie? Vemos demasiados tiempos verbales mal elegidos (“Espero que se disipará esa nube”) y unos diálogos apergaminados, que contrastan con el ingenio y la agilidad del original. La prosa que Orson Welles calificó de “desvergonzadamente bella” se convierte aquí en un conglomerado un tanto ortopédico. Y no es que carezcamos de buenos traductores de Chesterton en España: Ana Nuño, Mariano Vázquez Alonso o María Raquel Bengolea han demostrado con creces ser capaces de mantener el espíritu de los textos de un autor cuyo estilo, ciertamente, no encaja con naturalidad en nuestro idioma.

No quiere decir esto que Alfonso Reyes estropee esa prosa por completo. El lector que se acerque a esta edición disfrutará del libro, y mucho, gracias a un ritmo y un equilibrio perfectos. Simplemente sabrá a quién atribuir los errores que encuentre.

 

Versión sin editar del artículo aparecido en Libertad Digital.

2 comentarios

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  1. María Raquel Bengolea es Argentina

    Ignacio Pollice

    octubre 22, 2010 at 3:40 am

  2. Cuando hablo de España no me refiero a la nacionalidad del traductor, sino a las editoriales. Queda poco claro en el texto, gracias por el aviso.

    pursewarden

    octubre 22, 2010 at 7:05 am


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