Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

El Hombre que Comía 10 Espárragos de Leandro Fernández de Moratín – Libertad Digital

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Generaciones de escolares recuerdan a Leandro Fernández de Moratín con cierto aburrimiento, como autor de una de esas plomizas obras de teatro con mensaje, tan sencillo que era comprensible hasta para víctimas de la Logse.

El mayor problema del Sí de las Niñas es que el mensaje nos daba exactamente igual, ya que hacía tiempo que sabíamos que de mayor la chica del pupitre de al lado podría casarse con quien le viniera en gana, y hasta divorciarse 3 o 4 veces si se lo dictaba su humor ésta o aquella mañana. Afortunadamente, Moratín no se limita al Sí de las Niñas; ni siquiera al género teatral. Avisa Julián Marías: “Los que sólo conocen de Moratín su teatro y sus poesías, no tienen la menor idea de quién fue”.

El Hombre que se Comía Diez Espárragos es una antología de la prosa de Moratín entre 1792 y 1797, época que el autor dedicó a viajar por Europa bajo los auspicios subvencionadores de Godoy. Comienza en Inglaterra, donde en una carta a Gaspar Melchor de Jovellanos informa de la situación en la cercana Francia: “Las cosas de París van mal. La Fayette se escapó, huyendo de la Guillotina, que le amenazaba; el Rey está en una torre del Temple con un Municipal que no le pierde de vista y mil hombres de guarda; los Jacobinos han renovado las proscripciones del Triunvirato; nadie vive seguro, y todo el que puede escapar escapa.”

Asiste también a debates sobre la obra de Thomas Payne, explora la tendencia de los ingleses a beber y a suicidarse, visita Windsor y lo compara con Aranjuez. Todo ello de forma cercana, hasta algo gamberra. Nos informa una nota al pie que en el manuscrito original de uno de los textos, hay una anotación del primer compilador de las cartas de Moratín donde leemos acerca de su contenido: “Tiene poco interés y el vocablo mierda”.

Continúa viajando por Suiza e Italia. La edición intercala con acierto las crónicas oficiales de Moratín, escritas con ánimo de ser publicadas, con cartas privadas. Así, después de una minuciosa descripción de la iglesia de la Anunciata en Venecia, podemos encontrar una carta a un amigo: “Y ¿qué hago en Venecia? Maldita la cosa, bien que esto debe quedarse entre los dos (…) porque a los otros les has de decir que me ilustro y me oriento y me auroro, y que estudio como un animal, y que es increible la utilidad que puede sacar España y sus Indias de mis adelantamientos.”

¿Y a qué dedica Moratín el tiempo, si no enteramente a estudiar y a ilustrarse? Alguna pista podemos sacar de la estima que dice tener el autor por los alcahuetes de Nápoles, y aunque menos mención hace a sus protegidas, no se requiere gran imaginación para suponer que nuestro insigne escritor tiene buen trato con ellas. Y en cada ciudad, donde habita una raza distinta de mujer, Moratín no escatima esfuerzos en señalarnos con esmero las similitudes y diferencias entre unas y otras. En Génova “hay muchas bonitas, blancas, ojos negros y expresivos, carriredondas, formas menudas, buen cuerpo, abren mucho las puntas de los pies y el andar es algo hombruno y marcial”.

Son estos detalles, entreverando las crónicas del viaje con cartas a sus amigos, los que muestran el contraste entre el Moratín público y el privado, entre el autor canónico que estudiamos en el instituto y el mujeriego y cínico escritor que mira al Duomo milanés y dice que “se empezó en 1386, y no se acabará jamás”.

Cada visita a un lugar viene acompañada, además de por las mencionadas observaciones acerca de la mujer autóctona, por una buena colección de antecedentes y datos históricos de la zona, a la manera de los ensayos de Montaigne, y una narración de las visicitudes del viaje. Con los detalles sociales y culturales de cada ciudad, el lector puede apreciar lo perdurable de la situación de algunos pueblos: “Nápoles ha sido siempre famosa por las raterías y navajazos. (…) Si en Nápoles no hay justicia, no es por falta de tribunales y jueces”.

Pero no es la valiosa colección de observaciones y datos que hacen de la prosa de Moratín algo estimable. En El Hombre que se Comía 10 Espárragos encontraremos literatura de la buena, de la que nos permitirá a los antiguos escolares, antes vencidos por el tedio, hacer ahora las paces con un autor que – quién lo hubiera dicho – divierte, escandaliza y hace pensar.

Ésta es la versión sin editar del artículo aparecido en Libertad Digital.

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