Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

Zoo o Cartas de No Amor, de Viktor Shklovski – Libertad Digital

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Traicionaría el espíritu de este libro si no empezara hablando de ella. Aunque en las cartas se llama Alia, se trata en realidad de Elsa Triolet, futura mujer de Louis Aragon y cuñada de Vladimir Mayakovsky. Nada más conocerla, el teórico y escritor ruso Viktor Shklovski se enamoró.

Alia y Viktor eran exiliados rusos en el Berlín de entreguerras, un hervidero intelectual donde se dieron cita algunos de los nombres más deslumbrantes del arte del siglo XX: Vladimir Nabokov, Paul Klee, Fritz Lang, Alfred Döblin, Arnold Schönberg, Greta Garbo, Mies van der Rohe… Un planeta desordenado que enriquecen las decenas de miles de rusos que, luego de la Revolución, no tienen lugar en su país. Para estos exiliados, “el humo de la clase trabajadora del norte de Berlín es oscuro e incomprensible”.

El Berlín ruso no viaja a ninguna parte. No tiene destino.

Al igual que en muchos relatos de la época, imbuidos del espíritu descompuesto del Berlín de Weimar, la historia de amor entre Alia y Viktor no prospera. La razón es tan sencilla como dolorosa para él: ella no le ama, sino que busca su amistad y una compañía que puede manejar caprichosamente, a sabiendas de que Viktor se plegará a cualquier exigencia. La que da lugar a Zoo, o Cartas de no amor es que Shklovski evite mencionar el amor en sus cartas.

Pretendiente dócil y a la vez tozudo, Shklovski redacta una serie de misivas que hablan del zoológico, del automóvil, de la antroposofía, del exilio, de Marc Chagall; pero que naturalmente son sobre el amor. Por eso, aunque Zoo es un libro que parece exigir movimiento entre el artificio y el sentimiento, es este último el que invariablemente se impone. Incluso con juegos tipográficos que recuerdan a Tristram Shandy, prevalece en cada carta el amor doloroso y humorístico de Shklovski por Elsa, perdón, Alia.

¡Alia, no sé contener las palabras!

Zoo es un libro pequeño, que por tamaño y tema puede parecer poco importante. Pero si ha recibido los elogios de la crítica de todo el mundo es porque Shklovski consigue producir ese raro encuentro entre la total falta de grandilocuencia y el regalo constante de unos momentos con los que el lector se emocionará y se identificará, sin sentir la inquietante sensación de que el autor está manipulando sus sentimientos.

A través de su enamoramiento, Shklovski parece querer aferrarse a una constante, luchar con su amor imposible contra un exilio inevitable. A su alrededor, los rusos están locos o cansados, pero él mantiene vivo su humor, a veces lastimero, aunque sin tremendismos. Tampoco se queda Shklovski en el ingenio, la ocurrencia; lo cual resultará refrescante para el que lea mucha novela contemporánea. Es profundo pero no serio. E incluso los que sí lloran en ese Berlín, como Piotr Bogatiriov, no lo hacen “por sentimentalismo”;

fue igual que el llanto de los cristales de una habitación, cuando se enciende la estufa después de un largo periodo de frío.

Las réplicas de Alia también son de un gran mérito literario. Son las que la verdadera Elsa Triolet envió a Shklovski a lo largo del infructuoso cortejo, y dejan entrever la mezcla de afecto y crueldad que sólo puede desplegar plenamente una mujer mientras espera que su amante virtual y desengañado se aburra de no ser correspondido. Una de estas cartas, debidamente retocada y expandida, se convertiría en una novela de la autora, que empezaría su trayectora de escritora profesional animada por Gogol y el propio Shklovski. Tras esta novela, tituladaTahití, Triolet se consolidaría como literata y ganaría el prestigioso Prix Goncourt.

En la mencionada carta, Triolet narraba un viaje precisamente a esa isla pacífica. En el plúmbeo Berlín, el tiempo del autor sigue detenido, y sin embargo Alia está de viaje en una exótica ínsula de la Polinesia francesa. Nada resume mejor el amor de Shklovski y la incesante lejanía de Alia que ese viaje. No sólo por la distancia sino por lo imposible, lo inabarcable de un trayecto así. Alia retrata el alejamiento con esta sentencia: “Escribes sobre mí, para ti; yo escribo sobre mí y lo hago para ti”.

Hay muchos seres en este mundo y cada uno blasfema o loa a Dios a su manera.

Sabemos que Elsa Triolet se irá a vivir a Francia y dejará atrás a los exiliados rusos en Berlín. A Shklovski; a Boris Pasternak, que “parece a la vez un árabe y su caballo”; a Aleksei Remizov, a quien “no dejan vivir en paz y a su manera, a pesar de que eso es todo lo que pide”. Pero a lo largo de Zoo da la sensación de que Alia se ha pasado todo el libro viviendo en otro país, en Francia o en Tahití, alejada del humo incomprensible de Berlín. El enamorado ha intentado acercarla a esa realidad, en vano. Desengañado, viendo cómo el amor no ha triunfado, Shklovski zanja el libro con una vuelta a la realidad más vulgar imaginable:

Todo es muy sencillo, directo y elemental.
Abajo el imperialismo.
Arriba la hermandad de los pueblos.
Si debemos morir, que sea por eso.
¿Es concebible que, por esta perla de sabiduría, haya tenido que viajar tan lejos?

Fuente: Libertad Digital

Una respuesta

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  1. ¡Oh! ¡No sabía que…! ¡Qué bien! Un abrazo.

    No a todo

    julio 1, 2010 at 11:23 am


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