Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

Madrid, de Corte a Checa de Agustín de Foxá – Libertad Digital

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Agustín de Foxá saltaba a las páginas de actualidad hace unos meses gracias a Izquierda Unida, que prohibió en Sevilla un homenaje al poeta madrileño por “respeto a la memoria histórica”.

Como es habitual, abundaron en esos días las opiniones sobre la figura del Conde de Foxá, aunque no tanto las discusiones sobre su obra, que es de lo que se trata en estos casos. Sin embargo, la editorial El Buey Mudo ha reeditado la novelaMadrid, de Corte a checa, ofreciendo así al lector una oportunidad de acercarse al autor de poemas como “Cui-Ping-Sing”“Mar de los Abuelos”, coautor, por lo demás, del Cara al Sol, el himno de la Falange, de la que Foxá era militante.

José Félix, el protagonista de la novela, es un señorito que durante el reinado de Alfonso XIII juega a hacer la revolución. Él y sus amigos se encierran en la universidad y se dedican a hacer gamberradas. A la hora de comer, todo se interrumpe y los chavales vuelven a casa, a la manera de los universitarios en los años 70. Tras las elecciones del 31, Alfonso XIII abdica, ante el estupor general de la familia y los allegados de José Félix, todos aristócratas o gente adinerada. Ellos y muchos otros postergan su vuelta a España tras el veraneo, expectantes ante los acontecimientos. Finalmente, todos regresan a cuentagotas, dispuestos a retomar sus vidas. Escrita con un costumbrismo casi amable, esta parte del libro ofrece imágenes de un Madrid donde los novios pasean por un parque del Retiro recién regado y viven en casas en las que, naturalmente, hay una pianola. Aparecen calles, bares, personajes y acontecimientos fácilmente reconocibles: Chicote, Bergamín y hasta el propio Foxá.

José Félix se ha aburrido de la revolución, que han abrazado otros personajes más oscuros. Se suceden los episodios violentos, mientras que la aristocracia, empachada de comodidad, no se entera de nada. Un grupo de jóvenes falangistas hace frente a los revolucionarios, por los que el autor siente un desdén que no oculta. El tono del libro se recrudece, y todo estalla con el asesinato de Calvo Sotelo y el posterior pronunciamiento militar. Los burgueses y los aristócratas se ven frente a frente con la realidad. Se suceden las redadas, las detenciones y los asesinatos. Foxá consigue que el lector sensible se indigne ante la brutalidad de los milicianos, que meten a sus enemigos en pozos, los rocían con gasolina y los queman vivos. Pero no sólo a ellos:

Ya no caían, sólo, los falangistas, los sacerdotes, los militares, los aristócratas. Ya la ola de sangre llegaba hasta los burgueses pacíficos, a los empleadillos de treinta duros y a los obreros no sindicados. Se fusilaba por todo, por ser de Navarra, por tener cara de fascista, por simple antipatía.

Asistimos ahora al viejo intento revolucionario de aplastar toda manifestación aristocrática, sea de condición o de espíritu. Es la misma reflexión que realizó de forma teórica Edmund Burke tras la Revolución Francesa, o el Albert Camus que dice que la justicia que reclaman los rebeldes exige la suspensión de la libertad, y “el terror, pequeño o grande, viene entonces a coronar la revolución”. Estos autores nos descubren que la mentalidad revolucionaria es vengativa, más cercana a la brutalidad que a la utopía. Como dice Foxá: “Eran creyentes vueltos del revés”. El valor de Madrid, de Corte a checa reside en que saca estas reflexiones de su dimensión teórica y nos muestra con toda su crudeza la manifestación de la justicia rebelde. La narración se vuelve tendenciosa (el cadáver de un valiente asesinado termina “tirado en un solar, de cara al sol”), pero también apasionada y conmovedora. El testimonio del horror saca la novela del ámbito de lo cotidiano y la enmarca en cierta literatura propia del siglo XX que trata sobre la arbitrariedad totalitaria, más cerca del desafío de Solzhenitsyn que del absurdo de Platonov, de la esperanza de Semprún que de la desesperación de Primo Levi.

En este ambiente hostil, José Félix madura, se enamora y descubre en sí mismo valores nobles. Al igual que en la literatura de muchos de estos autores, surge la voluntad del individuo contra la represión. Antes de que la barbarie se apodere de la narración, vemos un Madrid variopinto, donde los cafés son el ágora en el que las opiniones se contraponen mediante coplas, gritos y algún tortazo.

Este es el testimonio que nos deja Agustín de Foxá sobre el Madrid de principios de los años 30, tan diferente a al mundo de hoy, donde en nombre de la corrección se rescinde la libertad de expresión. El lector que sienta interés por la literatura de la Guerra Civil hará bien en leer este libro (también a Max Aub o a Arturo Barea) y sacar sus propias conclusiones. La censura es labor de otros.

Fuente: Libertad Digital

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