Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

La literatura de Corea del Norte

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Casi nada se puede decir de la literatura del país más totalitario del planeta, de donde no nos llegan sino retazos ocasionales de algo que no es información, sino anécdotas o imágenes kitsch de culto al líder. Corea del Norte, donde hasta los viajes de extranjeros están organizados por el gobierno, es la gran incógnita de nuestra sociedad de la información. No han sido pocos los esfuerzos de occidentales por conocer algo del país, pero dadas las circunstancias, la mayor parte de ellos han chocado contra la prohibición o la propaganda. De los pocos ejemplos que hemos podido encontrar, destacan la novela gráfica “Pyongyang”, del canadiense Guy Delisle (publicada en España por Astiberri, 2005), en la que se narra de forma autobiográfica un viaje a la capital de Corea del Norte, y el documental “Welcome to North Korea”, de los cineastas holandeses Peter TetterooRaymond Feddema, que ganó el Emmy en su categoría en 2001. Ambos son intentos de conocer algo, de comprender, pero generalmente no consiguen más que ofrecernos sospechas o intuiciones de lo que sucede bajo el régimen de Kim Jong-il.

En cuanto a la literatura del país, aprendemos sin sorpresa que todo lo que allí se publica se hace a través del gobierno, especialmente en la revista literaria “Chosôn Munhak”, la más importante del país. Gracias al trabajo de Stephen Epstein, profesor de estudios asiáticos en la universidad de Victoria (Nueva Zelanda) y aHa-yun Jung, escritora y traductora surcoreana, conocemos un poco de la literatura que allí se hace. El trabajo de ambos puede encontrarse en la revista digital “Words Without Borders”, que en los últimos años se ha dedicado a dar a conocer literatura internacional (para ellos, que no esté en inglés), centrándose en la medida de lo posible en los países que George W. Bush calificó como “eje del mal”: Irán, Irak y Corea del Norte. También han publicado recientemente traducciones al inglés de Rubén DaríoAntonio Muñoz Molina.

¿Quiénes son los autores más importantes de Corea del Norte? Por haber conseguido una mínima relevancia fuera de su país, habría que destacar a Hong Sok-chung, autor de la novela “Hwangjini”, único libro importado oficialmente a Corea del Sur y que fue un éxito de crítica y público, llegando incluso a ganar un importante premio literario en ese país. Esta difusión fue posible por tratar el libro un tema histórico – la vida de Hwang Jin-i, una legendaria kisaeng (similares a las geishas del Japón) coreana del siglo XVI, famosa por su belleza, inteligencia y habilidad escribiendo sijos, breves composiciones poéticas de carácter bucólico o metafísico que se estructuran siempre de la misma manera: presentación del tema – elaboración – conflicto – resolución. Reproducimos dos de los sijos más importantes de Hwang Jin-i a continuación:

Si pudiera capturar la esencia de esta profunda noche invernal
Y doblarla suavemente en la bocanada de una colcha de luna de primavera,
Después abrirla con ternura en la noche del regreso de mi amado.

Respetable Byuk Kye-Soo, no alardees de marcharte tan pronto.
Cuando salgas al mar, será difícil el regreso.
La luna llena y brillante sobre la montaña vacía, qué te parece quedarte aquí a descansar.

A pesar de que existe poca evidencia histórica de la existencia de Hwang Jin-i, es un icono cultural en el Norte, y gracias a la novela de Hong Sok-chung, ahora también en el Sur. Tanto es así que el año pasado se rodó una película surcoreana basada en su libro. La necesidad que tiene el régimen de Kim Jong-il por presentar a sus ciudadanos una cultura propia, diferenciada de la de sus vecinos del sur, hace que se espolee la creación de este tipo de obras historicistas que se apropian de figuras coreanas para la causa. Pero más allá de este bestseller y otros ejemplos del género de la novela histórica, la información se vuelve aún más exigua. Existe una extraña web con dirección de contacto en Canadá llamada North Korea Books (www.north-korea-books.com), que ofrece libros norcoreanos traducidos al inglés y publicados por dos editoriales: Kum Song Youth Publishing House, de la que no se encuentra prácticamente información en internet, y Foreign Languages Publishing House, una editorial de Corea del Norte que se dedica a la difusión de obras de su país y de la Rusia soviética en el extranjero. Sin embargo, la información disponible en la red tampoco es muy aclaratoria. Vemos, eso sí, que las novelas que se traducen al inglés son siempre anónimas, salvo las supuestamente escritas por Kim Jong-il y por su padre, Kim Il-sung. Entre ambos, oficialmente han escrito varios miles de libros.

Los autores norcoreanos aún en activo que se conocen, aparte de Hong Sok-chung, son sólo tres: Kim Byung-hunKim Hong-ikHan Ung-Bin. No existe información biográfica de ninguno de los tres, pero sí existen versiones en inglés de sus relatos, traducidos por Ha-yun Jung y Epstein. ¿Cómo podemos realizar su crítica? Epstein indica que el análisis de la literatura de Corea del Norte “casi invariablemente comienza con discusiones sobre su relación a las políticas del arte oficial, ya que más que en cualquier lugar del mundo la producción artística está sumergida por directivas que vienen desde arriba. El régimen proclama con entusiasmo que su arte no sirve para el entretenimiento sino para la ideología, y que sus autores, en una frase notoria que Kim Il-sung tomó prestada de la Rusia soviética de los años 30, deben ser “ingenieros del alma”. Los estudios de literatura norcoreana en occidente son escasos y sus enfoques centrados en la relación con el desarrollo de la ideología Juche y el culto a la personalidad de Kim ha excluido en ocasiones un análisis detallado de textos individuales. Hasta los estudios más frecuentes provenientes de Corea del Sur que tratan trabajos en profundidad tienden a utilizarlos primordialmente como vehículo para comprender a la sociedad de la RPDC más que para examinar cómo funcionan literariamente. No sorprende quizás que en general una mala evaluación de la calidad de la literatura de la RPDC también haya contribuido a la escasez de análisis detallado: Kwon Young-min, por ejemplo, se queja de que las directrices oficiales establecidas por la teoría del arte y la literatura Juche han eliminado la creatividad individual”.

Nosotros queremos darle otro giro basándonos en una pregunta que se hace Tetteroo en su documental: ¿Verdadero o falso? Esta incógnita se puede aplicar a todos los aspectos de la vida norcoreana. ¿Son los escritores de ese país críticos con el régimen, o no? ¿Hay sutilezas en sus textos que los censores no detectan? ¿Está la política tan omnipresente en la literatura como cabría sospechar? Desde luego no parece así cuando se lee un relato como “Deseos de buena fortuna”, de Han Ung-bin. La historia trata de un hombre que viaja al pueblo de su esposa para hacer de celestina de su nuera. Con un tono intimista, chejoviano (si algo ha llegado a Corea del Norte han sido los rusos), el relato comienza con un diluvio: “Rápidamente me cobijé bajo un árbol al lado de la carretera, que me mantuvo seco durante un rato, pero con el paso de los minutos, sus hojas se llenaron de lluvia y comenzaron a echarme agua encima una tras otra.” Pero la influencia de la primera literatura coreana, de origen chamánico y también budista, no sólo se aprecia en pasajes como éste. También: “El silencio era más difícil de soportar para mí que la conmoción. El ensordecedor rugido del viento y el arroyo del valle parecían ahondar en el silencio, haciéndome sentir como si mi propia existencia se hubiera convertido en parte del viento o el agua, sin la habilidad del lenguaje.”

Las voces de los demás personajes se oyen a lo lejos. Es ésta una historia solitaria y orgánica, hecha de agua y de barro. Ni una referencia al régimen, todo lo contrario que en el relato “Segundo encuentro”. Aquí, un guía para extranjeros nos narra un encuentro que tuvo con un periodista cuya procedencia no se llega a mencionar. A pesar de abusar del diálogo, el cuento está muy bien estructurado y hace una crítica tan buena del gobierno como de los extranjeros “salvadores”. Así, mientras la tesis del relato parece claramente marxista, la aparición de un amigo de infancia del protagonista es la clave encubierta de la historia. El narrador recuerda una inspección que se llevó a cabo en su colegio:

“Al final del encuentro, “mi amigo” se estaba durmiendo y uno de los inspectores se dio cuenta. – No dormiste bien anoche, hijo? – (…)
– No señor, no dormí bien.
– ¿Y por qué es eso?
– Estaba recogiendo la clase.
– ¿Que tipo de limpieza estabas realizando que tardaste toda la noche?
Su respuesta nos vertió agua helada por la espalda.
– Porque nos dijeron que venían a inspeccionarnos.” El extranjero, que hace demasiadas preguntas, no debe hablar con el amigo de infancia. Las razones están claras. Eso sí, el narrador se refiere a su amigo como un tonto, un hombre simple que no sabe lo que puede y no puede ser dicho. De esta forma, el tonto también se lleva la reprimenda de su jefe: “¡No te hagas el inocente! Estábamos a mitad de la primera prueba exitosa de nuestro sistema automático, y tú dices que si yo hubiera dado mi visto bueno antes, podría haber sucedido hace 3 meses. ¿No te quedas a gusto a no ser que estropees cada ocasión con ese tipo de comentarios?
Mi amigo pestañeó con violencia. – ¿Por qué es eso un insulto? Se me pasó por la cabeza y era verdad…”.

Verdad, la palabra clave. Lo verdadero y lo falso. El que dice la verdad es tratado como un paria. El problema es que nadie quiere conocerla, y mucho menos el periodista extranjero, demasiado preocupado por encontrar fallos superficiales en el sistema que es incapaz de ver los más profundos: “Ahhhhh- El largo sonido emitido por mi compañero reflejaba no admiración, sino una considerable decepción por la posesión de mi amigo de un trabajo y una casa.” Por lo demás, el cuento relata con sorprendente franqueza la diferencia entre la buena situación económica del país en los 80 y la crisis de los 90, y lo hace a través del optimismo de su narrador, cuya esperanza es que regresen los buenos tiempos, en los que la URSS financiaba el país. De cómo podría suceder esto, no se nos da ninguna pista. Al final del relato, en el que hasta el periodista ha declarado su admiración por Corea del Norte en un periódico, sólo un personaje permanece preocupado (kôkchôngsûre). Se trata de la hija del narrador, de la que se nos cuenta que va a ir a vacunarse un momento después del cierre de la historia, sin más referencia a ello. Epstein aclara la ambigüedad lanzando la siguiente pregunta: ¿está preocupada por el miedo a las agujas, o por los problemas sanitarios de una nación con índices de mortandad anormalmente elevados?

Otro relato donde la política hace aparición, aunque de forma menos central, es “Él está vivo”, de Kim Hong-ik. Los acontecimientos tienen lugar el día de la muerte de Kim Il Sung y están narrados desde el punto vista de una anciana cuya existencia está dedicada a cuidar de un jardín que el dictador visitó hace años. El día de su fallecimiento, toda la gente de su pueblo viene a pedirle flores para llevar a Pyongyang. Pero ella les pide que no lloren, “Nuestro Gran Líder no ha muerto. Prometió que regresaría aquí. He estado cuidando de estas flores para dar la bienvenida a Nuestro Gran Líder el día que venga, así que ¿cómo voy a dejar que os las llevéis?”. Todo el relato ahonda en el sentimiento generalizado de histeria y descreimiento que produjo la muerte de Kim Il Sung, y cuando al final Kim Byung-hun nos dice que la anciana “fue una de esas personas que abarrotaron la ciudad de Pyongyang durante diez días y diez noches”, nos entra la duda de si toda esa gente no habrá viajado allí para comprobar si la muerte es real. Unos días después de su fallecimiento, el gobierno norcoreano declaró que Kim Il Sung no había muerto, sino que estaba durmiendo en su monumental mausoleo.

Otros ejemplos de literatura norcoreana contemporánea que hemos leído están por debajo del nivel mostrado en estos dos autores. Tal es el caso de “Amigos en el camino”, de Kim Byung-hun, un relato sobre el azar y el amor de tono cursi y recursos facilones (“las lágrimas cayeron de sus ojos como gotas claras de rocío, como si fuera incapaz de aguantar la irrefrenable felicidad y gratitud. (…) Supongo que las lágrimas no son sólo expresiones de tristeza, sino también de otras profundas emociones”) o la propagandística biografía de la vida de Kim Il-sung escrita por Baik Bong. En el otro extremo está Song Hye-rang, escritora autobiográfica (con una fuerte influencia de Chéjov) y tía de un hijo ilegítimo de Kim Jong-il, exiliada de Corea del Norte y que vive en un lugar desconocido de Europa bajo una identidad falsa desde que su hija fuera asesinada. O Baek Sok, padre de la poesía modernista coreana que tuvo que dejar de escribir cuando su dialecto fue prohibido por el gobierno. Todos ellos, los autores buenos y malos, viven en un anonimato pynchoniano (en más de un sentido). Son el tipo de personajes marginales que podrían aparecer en un manual como “La literatura nazi en América”, de Roberto Bolaño, o en algún delirio de Rodolfo Wilcock, empujados a los bordes de la literatura por las extrañas circunstancias del país del que proceden. Lo único que sabemos de Han Ung-bin es que fue minero antes de enviar sus relatos a una revista estatal y ser contratado por el gobierno. Ahora sabemos que vive mejor que un minero y que algún día probablemente podamos tener acceso a sus obras completas traducidas al inglés. ¿Y no debería ser así la literatura?

Fuente: El Crítico

Written by pursewarden

mayo 30, 2008 a 5:22 pm

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