Alejandro García Ingrisano

Opinión de literatura, política, cine, toros…

Vieja en Torno de mi Cráneo de Frigyes Karinthy – El Crítico

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“Es una experiencia clásica, sin la cual no se puede estudiar medicina”, le dice su mujer a Frigyes Karinthy: “El alumno de primer curso creerá pasar inevitablemente por todas las enfermedades que encuentra durante sus estudios. Padecerá la viruela, el cólera, la tuberculosis y el cáncer, exactamente en el mismo orden en que estudia esas enfermedades en sus libros de texto, o a medida que ve casos en los hospitales.” Y gracias a su detallismo y franqueza, ésta es la incómoda sensación que tiene el lector al leer ‘Viajes en torno de mi cráneo’, obra biográfica en la que el escritor húngaro Frigyes Karinthy relata cómo, en 1936, fue sometido a una operación para extirparle un tumor cerebral.

“Estoy harto ya de toda esta historia; me aburre la enfermedad y me aburre la muerte, que nada tiene de terrible, ni de conmovedor, ni de sublime o aterrador: no es más que un aburrimiento que, como perro cobarde, traicionero y alborotador, me sigue a cada paso”, declara Karinthy en una de sus típicas muestras de sinceridad que dan verosimilitud a una historia desconcertante.

Con un sentido del humor cínico y una oralidad que añade fluidez a la narración (bien respetada por el traductor, F. Oliver Brachfeld), Karinthy narra de forma lineal y poco ornamentada desde los primeros síntomas hasta su regreso a Budapest después de la operación en Estocolmo. Este sentido del humor, que a veces puede parecernos incluso frívolo, lo redimen momentos de escritura de calidad: “Adiós pues, Cini”, le dice a su hijo cuando se marcha de Budapest. “Si por un motivo ajeno a mi voluntad no pudiera regresar… te recomiendo… ejem, ¿qué quieres que te recomiende? Déjate crecer la barba; cuando seas mayor, eso te conferirá sin duda más seriedad de la que he tenido yo. Cini no contesta; ríe nerviosamente; toda su cara se ruboriza y sus grandes orejas, muy separadas de la cabeza, parecen dos pimientos rojos de Hungría. En este momento, su rostro me resulta muy conocido. ¿A quién se parece tanto? ¡Ah!, ya sé: a un retrato suyo de hace cuatro años.” Con un envoltorio de bromas irrelevantes, Karinthy ha conseguido decirnos que su hijo parece haberse hecho más pequeño al ver marcharse a su padre.

Su actitud cínica florece también cuando imagina las reacciones de la gente de su ciudad frente a su operación (Karinthy era una celebridad en Budapest en esta época), como en esta conversación entre dos hombre anónimos que supone el día de su operación: “Sí, lo he leído. Hoy o mañana. Es una cosa seria, amigo. / Desde luego. Sería una lástima. Era una bellísima persona. / ¿Le conociste? / Hemos hablado tan solo una vez, superficialmente.” Son las reacciones de los demás uno de los ejes del libro, a través de las que una persona enferma puede adivinar el estado de su propia enfermedad y los sentimientos que albergan hacia él sus amigos y conocidos. El médico húngaro que le trata sofoca un bostezo en la reunión donde anuncia que le enviarán a Estocolmo: “¡Oh, doctor, ese bostezo significó para mí mucho más que unas lágrimas de cocodrilo llenas de falso patetismo, al promulgar la sentencia de Dios ante el reo que yo era!
Y el doctor continúa, como si nada hubiera sucedido…”

Y tras observar las reacciones de los demás, queda enfrentarse a uno mismo, averiguar, reflexionar, tomar conciencia. Karinthy tiene para esto una fascinación científica muy útil, y que recuerda a otros escritores fascinados con la ciencia. En los primeros instantes, en los que Karinthy muestra su interés por el rigor y el análisis, a Oliver Sacks; en los momentos en los que visita el manicomio de Viena donde trabaja su esposa, a Nunquam, la novela de Lawrence Durrell; y durante la operación, en el momento cumbre del libro, a PoePhilip K. Dick.

El riesgo de daños durante una intervención al cerebro disminuye un 25% si el paciente está consciente. Karinthy aprovecha esta consciencia para narrar sin piedad cada sensación durante la operación, desde el momento en que le trepanan la cabeza y le rompen los huesos del cráneo hasta que le empiezan a extirpar el tumor. Desgraciadamente, a las dos horas pierde la consciencia, y sólo puede relatar el tiempo restante a partir de lo que le cuentan los médicos. A pesar de esto, el capítulo de la operación es sin duda el mejor del libro, por su descriptividad, su narración y su cierre.

‘Viaje en torno de mi cráneo’ termina como la historia de un superviviente. Pero a diferencia de las habituales historias de supervivencia, Karinthy no vuelve “del umbral de la vida y de la muerte (…) con geniales intuiciones, con impresiones grandiosas, como algunos románticos entusiastas y malos observadores podrían creer”. Vuelve solamente con más tiempo de vida, y la cercanía de este libro a la ciencia y la crónica se puede comprender a través de la admiración que suscita en Karinthy ‘Mi prisión’, de Silvo Pellico. “Siempre me ha gustado ese libro, con su tenue y deliciosa objetividad, que nos narra los inhumanos sufrimientos del autor, como si su única intención fuera la de mostrarse como un modesto experto de los calabozos cavados en las rocas.”

La fascinación que puede producir el libro de Karinthy se basa en que su modesta experiencia ha sido extraordinaria, y que el viaje en torno de su cráneo (la idea del círculo y la espiral es un leitmotiv a lo largo de la obra, máxime cuando en un estado avanzado de la enfermedad no es capaz de caminar sino en círculos) nos llega de forma cercana, interesante y también incómoda; sobre todo para los más hipocondríacos de nosotros.

Fuente: El Crítico

Written by pursewarden

enero 30, 2008 a 5:25 pm

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